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jueves, 18 de noviembre de 2010

ÓSCAR CASTRO: AQUEL RANCAGÜINO UNIVERSAL


por José G. Martínez Fernández.

Admirable como poeta y como narrador Óscar Castro es un rancagüino universal. Su bella sensibilidad -construida con luces innumerables- nos emociona, nos conmueve. No puede ser de otra manera.

Hace ya varios días -el uno de noviembre- se cumplió un año más de la muerte de Óscar Castro Zúñiga, el genial escritor de Rancagua.
Entender la narrativa y la poética de este gran literato no es difícil. Escribir tan sencillamente requiere de un talento y una sensibilidad muy peculiar, cosas que Castro poseía "a granel".
Desde mi pubertad admiré yo a Óscar Castro. Su cuento LUCERO me estremeció allá en un liceo de Arica; luego otros de sus relatos se nos pondrían ante nuestros ojos gracias al maestro de Castellano.
Y luego vendría su poesía. Ese mundo alto y bello que Castro edificó con los temas más comunes y más admirables: el amor, la tierra, la vida y la muerte.
Aquellos poemas hechos canciones -muchos años después de su muerte- nos emocionan hasta hoy. Y seguirán emocionando a otros.
¡Qué grandeza la del rancagüino! ¡Cuántos soles tenía en su corazón! Admirables soles que nos recuerdan un poema bellísimo de Manuel Machado.
Surgido a la luz de Federico García Lorca (quien influyera en su poética), recibió también el influjo de Juan Ramón Jiménez, sin dejar de ser, por ello, el gran creador de su propia poesía.
Nacido en 1910 se fue de fue de este mundo en 1947, es decir cuando sumaba escasos 37 años, pero dejó varias obras que son el deleite de millares de estudiantes chilenos y extranjeros, porque un escritor de la armadura de Castro es un autor universal.
En la cuprífera y agrícola Región del Libertador Bernardo O'Higgins -quien creó la Patria en 1818 y no 1810; por lo que nos faltan 8 años para festejar el real Bicentenario de Chile- Óscar Castro es el segundo hombre más célebre de Rancagua, precisamente tras El Libertador, a quien el poeta le dedicara uno de sus textos, con la emoción y admiración que el gran bardo tenía por el Padre de la Patria.
Por ello hablar de Óscar Castro hoy es de una singular importancia. Su narrativa y su poesía siguen muy vigentes.
El siguiente es uno de los poemas más célebres de aquel hombre que es el orgullo no sólo de Rancagua, sino que de todo Chile:

PARA QUE NO ME OLVIDES

Yo me pondré a vivir en cada rosa
Y en cada lirio que tus ojos miren
Y en todo trino cantaré tu nombre
Para que no me olvides

Si contemplas llorando las estrellas
Y se te llena el alma de imposibles,
Es que mi soledad viene a besarte
Para que no me olvides

Yo pintaré de rosa el horizonte
y pintaré de azul los alelíes
y doraré de luna tus cabellos
para que no me olvides.

Si dormida caminas dulcemente
por un mundo de diáfanos jardines,
piensa en mi corazón que por ti sueña,
para que no me olvides.

Y si una tarde, en un altar lejano,
de otra mano cogida, te bendicen,
cuando te pongan el anillo de oro,
mi alma será una lágrima invisible
en los ojos de Cristo moribundo
¡Para que no me olvides!

Óscar Castro es autor de los poemarios Camino en el alba (1938); Reconquista del hombre (1944) y otros, algunos de ellos publicados póstumamente. En narrativa sus libros mayores -todos publicados después de su muerte- son: Llampo de sangre (1950); La vida simplemente (1951), entre otros.

FUENTES:
1.- cienpoemaschilenosclaves.blogspot.com
2.- Otras.

domingo, 31 de octubre de 2010

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER: EL MAESTRO DE MAESTROS

por José G. Martínez Fernández.
Considerada "simplona" por algunos, la poesía de Bécquer es una fuente de inspiración, incluso hoy, para muchos poetas; como antes lo fuera para Rubén Darío, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez y otros ilustres bardos.
Bécquer vivió sólo 34 años (1836-1870) y esos años le bastaron para convertirse en uno de los más grandes poetas de la historia. En vida publicó sus poemas en forma aislada. Tras su muerte sus buenos amigos editaron en libro esos textos y sus leyendas para que el mundo comprendiera qué gran artista había sido el sevillano.
Bécquer, cuyo apellido real era Domínguez, escribe poemas desde los doce años. A los trece hace un texto en homenaje al poeta Alberto Lista, en razón de su fallecimiendo. Es increíble que un poeta de tal edad hiciera semejante obra. En esos años de poeta "primerizo" Bécquer sigue escribiendo buenos poemas.
Luego vendrá la gran etapa becqueriana. Entre 1858 y 1868 escribirá sus célebres RIMAS. Será la musicalidad que encierran la mayoría de ellas lo que sorprenderá a los críticos y a los poetas de su tiempo y, en especial, a los del período posterior a su muerte (1870), cuando sus cercanos -impactados por el enorme talento del sevillano- publican todos sus poemas.
Sus influencias las tuvo desde el ancestral latino Horacio, pasando por Petrarca y llegando a obtener las de románticos como su coétaneo Espronceda, los ingleses Shelley, Byron y los franceses Víctor Hugo, Lamartine y Musset.
Así como él tuvo a esos grandes maestros, él también influyó en otros grandes poetas.
Los poetas de la Generación del 98 le deben mucho, en especial Unamuno y Antonio Machado.
Los de la del 27 también, principalmente: Alberti, Cernuda y Altolaguirre.
Fuera de España su influencia recaerá en el cubano Martí, en el mexicano Nervo y nada menos que en el padre del modernismo: Rubén Darío.
Los grandes estudiosos de las letras de ayer, como Menéndez Pelayo y los contemporáneos como Dámaso Alonso y Carlos Bousoño lo aplaudirán.
Ramón Perés, se escribe así, -académico español- lo situaba en sus estudios como pieza fundamental de la lírica de España de todos los tiempos.
Para muchos Bécquer es el más grande poeta de España después de fray Luis de León.
Realmente el gran español pertenece a la época postromántica, pero todos lo llamamos simplemente poeta romántico.
El profesor de la célebre Universidad Complutense de Madrid, Ángel Valbuena, en su Historia de la Literatura Española, dice de él:
"La poesía de Bécquer es a la vez intensa y sencilla, honda, rica de contenido poético, sumida en las esencias de la naturaleza, en un sentido de panteísmo lírico, en que el creador de belleza se funde con los sones y los aromas de todas las cosas. Entre esa embriaguez tenue de ritmos, luces y sombras, en esa atmósfera de oros y cadencias, se perfilan versos de una belleza perfecta, que por su musicalidad, su encantadora sugerencia, su inefable emoción, quedan como firmes monumentos para un autor, fuera de su época y su estilo".
El mismo Valbuena agrega: "...la poesía de Bécquer, cima de su tiempo, da la mano a los grandes poetas de toda nuestra literatura".
Y qué cierto es esto.
Dijo Bécquer: "una flor se mecía/ en compasado y dulce movimiento"... En GLADIOLOS el gran poeta chileno Óscar Hahn señala algo parecido. Entre otros poetas recientes en que se muestra el influjo del verbo becqueriano está el nicagarüense Ernesto Cardenal.

José G. Martínez Fernández