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miércoles, 20 de febrero de 2013

CÉSAR VALLEJO Y SU LÍRICA CONTRA LA INJUSTICIA

Por José G. Martínez Fernández.

Perú –el país más rico en minerales de América Latina- es, a la vez, un espacio geográfico rico en hacedores de poesía.
Desde Tacna a Tumbes por la costa y entrando a la serranía y a la selva, Perú
-todo bello- ha tenido y tiene poetas cuyo canto pudiera explosionar sus quebradas, sus ríos, sus montes.
Hablar de los grandes poetas de Perú es tarea compleja. Tiene cientos. Por ello sólo citaremos a algunos: Chocano, Eguren, Oquendo de Amat, Rose, Hidalgo, Watanabe, Cisneros, Belli, Cornejo, Varela y el maestro, el icono, el mayor de todos ellos: César Vallejo Mendoza.
Aquel que nació en la serranía de Santiago de Chuco, cerca de Trujillo, allá en 1892 y que se fue de este mundo tan lejos de su patria, en Francia, el año 1938, muy joven aún.
Vallejo es el poeta símbolo de la patria de Atahualpa, de Túpac Amaru, de Micaela Bastidas.
Y Vallejo, como sucesor de la sangre ardiente de esos héroes, es, en su canto lírico, el signo del despertar social que los pueblos del mundo han realizado desde Espartaco y los hermanos Graco hasta los grandes revolucionarios del siglo veinte, pasando por los del diecinueve: luchadores franceses, alemanes, italianos, los mártires de Chicago y tantos otros.
En efecto el gran tema del centro poético de este innovador de la lírica es la lucha del hombre por una sociedad más justa con lo que interpreta -verbo a verbo- el caudal trágico del ser humano explotado, torturado y asesinado.
César Vallejo tiene mucha de esa sangre corriendo por los caudales de su poesía.
El poeta muy bien se expresa críticamente frente a un dios no sufriente, mientras ese sufrimiento, sin embargo, se encuentra en el hombre pobre. Ese dolor es el que César Vallejo siente en su carne propia, en su ser más íntimo, y así lo expresa.
La genialidad de Vallejo es múltiple.
Ya en sus poemas PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA, LOS HERALDOS NEGROS, y muchos otros, el sufrimiento mostrado por el poeta es el sufrimiento de la humanidad. Todo el mundo pesa sobre el alma de Vallejo, todo el mundo carga su pudrición, sus miserias, sus dolores y sus injusticias en el poeta peruano.
Sus poemas suelen tener una velocidad y audacia verbal que funcionan como una luz continua bajo un oscuro túnel. El desechar formas sintácticas y semánticas son propias de su capacidad creativa muy peculiar, quizá la mayor de este continente durante la pasada centuria.
Sus libros poéticos fundamentales son: LOS HERALDOS NEGROS (1918) TRILCE (1922) y los que se publicaron tras su muerte: POEMAS HUMANOS y ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTE CÁLIZ.
No hay duda que, cuando César Vallejo, escribió sus poemas miró el mapa de las injusticias y con los ojos iluminados tomó lápiz y papel y con rapidez, sin mayores dificultades, trazó las palabras que tenía allí en su ser y que le violentaban frente a un mundo plagado de injusticias.

viernes, 10 de febrero de 2012

MANUEL GONZÁLES PRADA:

LA INTELIGENCIA DE LA POESÍA SENCILLA

Por José G. Martínez Fernández.

Perú ha tenido pensadores brillantes.
Bástenos pensar en Mariátegui, Haya de la Torre y Gonzáles Prada; pero el país del incario (la más alta de las culturas prehispánicas), ha tenido un innumerable número de grandes poetas.
Pensamos en Vallejo, Eguren, Chocano, Rose, Melgar, Valdelomar, Barreto, Abril, Heraud, Salazar Bondy, Calvo, y tantos, tantos más.
En esos más está Manuel Gonzáles Prada…
Es decir a su tarea de gran pensador, pensador ácrata, se une el talento que tenía para hacer poemas.
La poesía de este enorme intelectual es de una simplicidad total y corresponde a la época en que le tocó vivir. Nació en 1848 y falleció en 1918.
Es decir fue un contemplador de la segunda mitad del siglo XIX y la primera parte del siglo XX.
Sus libros de filosofía –aún muy estudiados- son Páginas Libres y Horas de Lucha. Existe allí la fuerza libertaria que impusieron en su inteligencia los maestros Proudhon, Kropotkine, Bakunin y tantos otros que entregaron su vida a la lucha por la justicia.
Pero, reiteramos, que Gonzáles Prada, al mismo tiempo, fue un poeta. Y reiteramos que su poesía corresponde a la época en que el romanticismo imperaba en nuestra lengua. Allí, en la altura, estaba el gran Bécquer. El maestro Bécquer.
Gonzáles Prada será, entonces, un poeta de esa línea.
Será un aeda que canta con la sencillez de su alma y con la elocuencia de su inteligencia.
RONDEL se llama uno de sus poemas más importantes.

RONDEL

La música del alma ¡cómo suena!
¡En mar y bosque su murmullo vago!
¡Cómo suspende, arroba y enajena!
¡Con qué divino, irresistible halago
aduerme los clamores de la pena!

Desierto de aridez, región inerte.
Sin río ni ave, sin aduar ni palma,
resuena en el silencio de tu muerte
la música del alma.

Dejadme, si a deshoras, sin testigo,
el mudo vuelo de los astros sigo;
que en la nocturna sombra y en la calma,
entre el dormido resbalara de viento.

He allí la arquitectura formada por versos sencillos (así los llamaría el cubano Martí) en RONDEL.
Un poema que, para su tiempo, cumple con los cánones que, por estos lares, se daban ante el desconocimiento rupturista que en Estados Undidos cumplía Whitman y en la Francia de bohemia, alcohol y drogas, hacían Rimbaud, Baudelaire, Verlaine y otros.
De allí que en este poema encontremos palabras muy poco (o nada) usuales en este tiempo, como lo son: ADUERME de ADORMIR, es decir ADORMECER y ADUAR que significaría aquí el conjunto de algo, aldeas de casas o ranchos.
Un poema, aún así, muy sencillo este RONDEL, pero tocado por algunas pocas voces que, en el tiempo en que vivió Gonzáles Prada, fueron de lo más normal.

José G. Martínez Fernández