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jueves, 22 de marzo de 2012

VÍCTOR JARA: POETA MÁRTIR DEL PUEBLO CHILENO

Por José G. Martínez Fernández.

Víctor Jara Martínez vivió lo que sólo los criminales fascistas le permitieron: Poco más de cuarenta años.
Tomado prisionero por las hordas de Pinochet fue acribillado apenas a escasos días del funesto 11 de septiembre de 1973, luego de ser torturado en una forma que sólo poseen los más incivilizados.
Había nacido en 1932.
Su canto, su poesía, era fundamentalmente de denuncia, pero también solía mantener un lenguaje alegre en muchos de sus temas.
Él hacía las letras de sus canciones, porque era un poeta.
Un gran poeta que hacía de la lírica una función singular, simple, pensando quizás en todos los que escuchaban sus versos.
Su vida era alegre y la gente le quería en Chile y fuera de Chile.
Muchos no saben de esa alegría que Jara imponía en sus actuaciones.
En esa sonrisa y esos movimientos propios del poeta cantor.
Así como sus asesinos no saben que al matarlo mataban la paz, la lucha por la justicia.
Los fascistas no aman el arte.
Los fascistas aman el poder y la muerte.
El tema más célebre de Víctor Jara es, sin duda, TE RECUERDO AMANDA.
Aquel texto que habla del hombre pobre que al buscar un medio de sobrevivencia se enfrenta a la muerte.
La muerte de Manuel es el símbolo de la injusticia que impone un sistema inhumano.
Amanda es la figura fiel de aquel hombre y de su existencia golpeada.

TE RECUERDO AMANDA

Te recuerdo Amanda,
la calle mojada,
corriendo a la fábrica
donde trabajaba Manuel.
La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo,
no importaba nada, ibas a encontrarte con él,
con él, con él, con él, con él.

Son cinco minutos.
La vida es eterna en cinco minutos.
Suena la sirena de vuelta al trabajo,
y tú caminando, lo iluminas todo.
Los cinco minutos te hacen florecer.

La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo,
no importaba nada, ibas a encontrarte con él,
con él, con él, con él, con él.

Que partió a la sierra.
Que nunca hizo daño. Que partió a la sierra,
y en cinco minutos quedó destrozado.
Suena la sirena, de vuelta al trabajo.
Muchos no volvieron, tampoco Manuel.

He allí cómo Víctor Jara refleja a todo un sector aplastado por el poder del dinero. He allí como él contempla y denuncia las aberraciones de un sistema corrupto.
La poesía de Víctor Jara, el gran poeta y gran cantante, perdurará en el tiempo, mientras sus verdugos van cayendo a la fosa con la única cosa que tuvieron en las manos: la sangre de sus víctimas.
Tras su muerte su nombre se universalizó.
José G. Martínez Fernández

martes, 1 de mayo de 2007

Historias del baúl

Víctor Jara, el long grass y el trébol enano

-De cómo le arruiné el prado al cantautor y él, en retribución, me cantó “La Carta” de Violeta Parra.

La memoria falla a la hora de recordar fechas, sitios y nombres, pero es infalible ante los hechos importantes. Y parece ser que aquellos sucesos que de alguna manera marcan nuestras febles existencias cobran trascendencia con el paso de los años.

A fines de la década del 60 y a principios del 70 en Chile la vida caminaba por la calle de la esperanza, la alegría y de un sentimiento, me aventuraría a decir, cercano a la felicidad. La cultura popular estaba al alcance de todos, los libros eran baratos, las canciones llovían, el teatro florecía, los pobres aspiraban a la dignidad, los jóvenes contaban con oportunidades. La mayor parte de Chile sonreía y mostraba los dientes de leche de un Socialismo muy especial, el que debía encaramarse y sostenerse en una estructura política que parecía incompatible con sus postulados de búsqueda de justicia social.

Salíamos a la caza de noticias con aquello, metido a fuego en nuestra conciencia, de que el Periodismo tenía una responsabilidad social, que orientaba a las masas, informaba, ayudaba a formar opinión y entretenía. Era tan amplia nuestra visión y tan numerosas las gratificaciones espirituales hacia nuestro humilde y mal pagado oficio que creo, sin temor a equivocarme, que perdimos lo que algunos editores siúticos llaman "la capacidad de asombro". Un ejemplo que grafica el elevado nivel de nuestro quehacer y al cual, quizás, no le tomábamos el verdadero peso: El encargado de la clase magistral al iniciarse el año académico en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile de Valparaíso (hoy Universidad de Playa Ancha) a principios de 1967, fue Salvador Allende, entonces Presidente del Senado de la República. Todavía guardo en mi archivo la copia de aquel discurso que ahora cobra un valor de tesoro. (Creo que lo publicaré muy pronto)

Quienes reporteábamos el mundo del espectáculo (tan diferente a la hoy llamada farándula en la que abunda la vulgaridad, la superficialidad y la estupidez) nos topábamos casi a diario, y como si nada, con Daniel Viglietti, Alfredo Zitarrosa, Carlos Puebla, Víctor Jara, Pablo Milanés, los hermanos Parra, Rolando Alarcón, los nacientes Quilapayún y más tarde Inti Illimani y, en general la flor y nata de la llamada “Nueva Canción”. Era normal y hasta rutinario conversar en forma casi familiar con esos “monstruos” como quien charla con el vecino mientras riega el césped.

De aquellos años rescato una historia de la que al principio me avergonzaba, pero que al correr del tiempo me enorgullece y me ofrece algo importante que contarle a mis hijas.

Hacía mis primeras armas periodísticas en la revista-cancionero “El Musiquero” de propiedad de mi primo Oscar Olivares (integrante del desaparecido dúo Los Perlas) . Aquella publicación, editada y distribuida por la Editorial “Lord Cochrane”, perteneciente al clan Edwards, y que entre otras revistas publicaba “Ritmo”. “Paula” y “Vanidades”, intentaba defender los valores de los artistas populares chilenos frente a la invasión foránea (una suerte de antigua globalización) y trataba de adaptarse a las nuevas corrientes de avanzada sin dejar de lado los gustos menos comprometidos. No era extraño ver compartir la portada en colores a Isabel Parra con Sandro o encontrarse con una entrevista de Tito Fernández y a la siguiente página con otra a “Los Quincheros”.

No recuerdo la fecha exacta, pero mi misión era entrevistar a Víctor Jara en su casa de Las Condes, una vivienda enclavada en el barrio alto, pero modesta, típica de clase media. No fue una tarea difícil. Jara fue muy amable y se explayó acerca de sus orígenes campesinos, de su relación con el Teatro, de sus canciones, de su particular talento para tocar la guitarra y de su sensibilidad artística. Su esposa Joan no participaba. Ella se movía haciendo algunos quehaceres y se mantenía al margen. Estábamos en un patio pequeño, él acariciaba su guitarra y de vez en cuando le arrancaba algunos acordes y notas que parecían tonificar sus conceptos. Fueron dos horas de conversación profunda, pero a la vez amena.

Luego vino el momento de las fotografías. No teníamos en la revista un presupuesto muy alto y era usual que el encargado de tomarlas era el mismo que escribía, es decir, yo. Mientras Víctor Jara cantaba (preparaba un recital en una fábrica que celebraría su aniversario), yo me dedicaba a tomar los mejores ángulos. En un momento, que yo calificaría de fatal y desgraciado, y para lograr una mejor toma, retrocedí sin darme cuenta donde ponía mis zapatos (que eran unos bototos Bata de aquellos que nuestras madres solían llamar “engrasados”). Sentí que me hundía en algo blando y esponjoso. Giré levemente, ya sospechando cual había sido la desgracia, para confirmar que había puesto mis extremidades inferiores en una superficie que los Jara pretendían transformar en un pequeño prado. No sé qué cara puse, como tampoco recuerdo las estúpidas excusas que intentaba articular. El cantautor trataba de minimizar el desastre y fue muy amable, pero cuando de reojo y mirando las consecuencias de mi literal “metida de pata” observaba avergonzado el gesto de Joan (de nacionalidad inglesa), quería borrarme de la escena. Sabido es que los británicos son amantes devotos de los prados y un reportero metiche y torpe había arruinado su proyecto Quizás en ese momento habría valido aquella frase “Trágame tierra”. Lo cierto es que sólo me tragó parcialmente: hasta las rodillas. Los Jara, con mucha clase y delicadeza, intentaron sofocar mi bochorno. Víctor, quizás para mejorar las cosas, se propuso cantar para mí “La Carta” de Violeta Parra, tema que acababa de incluir en su repertorio. Al final de la canción me pidió una opinión sobre su especial interpretacion. No sé si lo hizo con el objetivo de que recuperara mi perdida dignidad, o bien fue una solicitud sincera en una actitud que con humildad demostraba su grandeza..

Con los años recuerdo aquella anécdota con una sonrisa, evocando a Víctor Jara cantando en el pequeño patio de su casa de Las Condes la canción de Violeta Parra. Pero esa sonrisa se transforma en una pena que duele hasta le médula al recordar su absurdo asesinato y de cómo la violencia puede cercenar su talento, sensibilidad artistica y su compromiso social.

Al poco tiempo tuve que dejar la revista “El Musiquero” para dedicarme a otras labores. Mi reemplazante fue mi amigo de la juventud Rafael Manríquez, también periodista y excelente cantautor (la mayor parte de su carrera se ha desarrollado en Estados Unidos). Para él fue puesta en la pauta de trabajo una nueva entrevista a Víctor Jara. El reportaje fue escrito y entregado al editor Carlos Vera. La revista estaba a punto de salir a circulación con Jara en la portada, pero eso nunca aconteció. Esa mañana “La Moneda” fue bombardeada y para Chile cayó la noche negra: 11 de septiembre de 1973.

- Ernesto Olivares Perke