por José G. Martínez Fernández.
Un Decreto (el Nº 2695) que Augusto Pinochet Ugarte dictó en 1979 es un DECRETO INMORTAL. El mismo permite el llamado "saneamiento" de propiedades...una manera siútica de llamar al robo perpetrado contra algunos propietarios de viviendas.
En la justicia chilena, tan corrupta en la mayoría de los casos, se conoce a dicho Decreto como el Decreto Ladrón. Sin embargo esa misma justicia avala, a veces, este robo perpetrado por el Estado chileno.
Don Augusto se ha inmortalizado en él, porque lo aceptaron los cuatro presidentes de la Concertación y lo avala hoy don Sebastián Piñera.
Ya se publican en diarios impresos avisos largos, y por ende costosos, de entregas de propiedades a quienes las ocupan y no tienen títulos de dominio...
Algunas propiedades, siendo de Bienes Nacionales, no tienen problemas al traspasarlas; pero a veces se cometen errores y se traspasa lo que ya tiene dueño; otras veces, simplemente, se EXPROPIA -a sabiendas- a los verdaderos propietarios.
En un Estado que acusa a los okupas de ladrones, se permite que otros, los verdaderos ladrones, "saneen" propiedades de terceros.
Los okupas, al menos, hacen eso: una ocupación periódica y pueden irse acusados por ese mismo Estado, el que entrega en bandeja otras propiedades a verdaderos usurpadores...que obtienen las propiedades con papeles y gozarán de ella de por vida y podrán testarla.
El Decreto de Pinochet es una infamia. Es un robo descarado y aplaudido fue por los gobiernos concertacionistas.
Hoy -establecida la Derecha en el gobierno- los caballeros del Ministerio de Bienes Nacionales siguen la misma política del señor de los anteojos negros.
Pero, reiteramos, ¿Nos podemos sorprender que un Decreto avalado por cuatro gobiernos concertacionistas siga vigente?
En este Estado nuestro los "ladrones decentes" tienen más posibilidades de obtener propiedades con sólo presentarse con infundios a las Seremías de dicho Ministerio y alegar que han estado allí “tantos años…”
No podrían alegar lo mismo los okupas, aunque tengan más de diez años en una propiedad.
El Ministerio de Bienes Nacionales es un espacio que beneficia a los cercanos suyos bajo la tutela gubernamental.
Para los okupas la política del Gobierno es totalmente distinta: palos con ellos y cárcel.
¿Quién es más beneficiador, entonces, del desorden?
¿El Estado o los okupas?
José G. Martínez Fernández.
domingo, 18 de julio de 2010
sábado, 17 de julio de 2010
REVISTA LITERARIA "LA CAZUELA" SIGUE SUMANDO
por José G. Martínez Fernández
Gastón Herrera Cortés es un trabajador cultural que hace su labor en la Región Arica-Parinacota... Es actor, gestor intelectual, poeta; además de tener otros dones.
Este artista es el fundador y director de la revista literaria La Cazuela, en la que muestra diversidad de escritos de autores de distintas regiones del planeta y de épocas diferentes.
Nutriéndose de un interés por difundir la cultura literaria, Gastón Herrera Cortés trabaja con paciencia de artesano su revista bimestral.
Tenemos ahora en nuestras manos la correspondiente a julio y agosto de 2010. Es la número 46.
¡46 números son bastantes para una revista de este tipo e impresa en papel!
En el norte chileno hay pocas revistas literarias impresas que han llegado a tan alto número: Hacia, hecha por el maestro Andrés Sabella; Palabra Escrita, construida por quien escribe estas notas.
En Internet el número más alto lo lleva Cinosargo, arquitecturada por ese maestro universitario y rebelde escritor que es Daniel Rojas Pachas.
Por Internet también anda Carlos Amador Marchant, el autor de Galpón de Redes Marinas.
Amar la palabra literaria es don de sacrificios y de vicios.
¿Acaso los cultores de las publicaciones no somos autoflagelantes al mantener revistas que no nos dan más beneficios que una fama que podría ser tan efímera como un fósforo encendido?
Pero allí estamos los porfiados directores haciendo las publicaciones.
Gastón Herrera Cortés posee ese don del trabajo de hacer público un arte que cuesta tanto difundir: las letras.
Y lo hace en las tierras infértiles del norte de Chile. ¿Infértiles?, dije. Me equivoco: el norte es un desierto, pero bajo él guarda tantas riquezas mineras...
Ah...y los trabajadores de la cultura están allí, haciendo lo suyo: difundiendo la palabra que debe ser y permanecer para que los literatos del futuro expresen su opinión sobre qué y cómo se hizo este espacio de luz artística en medio del sol, del viento, de la arena, de la costa siempre viva.
José Martínez Fernández
Gastón Herrera Cortés es un trabajador cultural que hace su labor en la Región Arica-Parinacota... Es actor, gestor intelectual, poeta; además de tener otros dones.
Este artista es el fundador y director de la revista literaria La Cazuela, en la que muestra diversidad de escritos de autores de distintas regiones del planeta y de épocas diferentes.
Nutriéndose de un interés por difundir la cultura literaria, Gastón Herrera Cortés trabaja con paciencia de artesano su revista bimestral.
Tenemos ahora en nuestras manos la correspondiente a julio y agosto de 2010. Es la número 46.
¡46 números son bastantes para una revista de este tipo e impresa en papel!
En el norte chileno hay pocas revistas literarias impresas que han llegado a tan alto número: Hacia, hecha por el maestro Andrés Sabella; Palabra Escrita, construida por quien escribe estas notas.
En Internet el número más alto lo lleva Cinosargo, arquitecturada por ese maestro universitario y rebelde escritor que es Daniel Rojas Pachas.
Por Internet también anda Carlos Amador Marchant, el autor de Galpón de Redes Marinas.
Amar la palabra literaria es don de sacrificios y de vicios.
¿Acaso los cultores de las publicaciones no somos autoflagelantes al mantener revistas que no nos dan más beneficios que una fama que podría ser tan efímera como un fósforo encendido?
Pero allí estamos los porfiados directores haciendo las publicaciones.
Gastón Herrera Cortés posee ese don del trabajo de hacer público un arte que cuesta tanto difundir: las letras.
Y lo hace en las tierras infértiles del norte de Chile. ¿Infértiles?, dije. Me equivoco: el norte es un desierto, pero bajo él guarda tantas riquezas mineras...
Ah...y los trabajadores de la cultura están allí, haciendo lo suyo: difundiendo la palabra que debe ser y permanecer para que los literatos del futuro expresen su opinión sobre qué y cómo se hizo este espacio de luz artística en medio del sol, del viento, de la arena, de la costa siempre viva.
José Martínez Fernández
martes, 13 de julio de 2010
Recuerdos del Riquet


Por Fredys Pradena, desde España.
Leyendo por Internet el diario “La Estrella” de Valparaíso, me enteré de que van a reabrir el Café Riquet, el antiguo y clásico café vienes ubicado en una de las mas pintorescas plazoletas del puerto chileno.
Fue cerrado hace más de un año, creo, debido a problemas con los nuevos propietarios del edificio.
Me alegro por la noticia. Me alegro mucho, porque aunque no puede competir en modernidad y playas con Viña del Mar, Valparaíso debe aprovechar su rico patrimonio arquitectónico y cultural para atraer turistas.
En febrero del presente año año tuve la suerte de volver a mi país, a mi región de adopción y dediqué un día a recorrer el centro de Valparaíso.
Comencé mi visita en la Plaza de la Victoria. Fue de verdad un placer volver a contemplar la belleza de las esculturas de bronce, por mucho que ya las hubiese visto antes. En especial la fuente. También me entretuve con el variopinto de las gentes.
A continuación, seguí mi paseo en dirección al puerto por la calle Condell. Esto no me gusto tanto. Esta arteria, que en su época concentró el comercio elegante, por los edificios tan bonitos que tiene, ahora se ve cubierta de enormes y horribles anuncios, adeás del obsoleto tendido eléctrico. Hay enjambres de cables por sobre tu cabeza, que, además de peligrosos, lo afean todo. Pero lo peor fue al llegar a la Plaza “Anibal Pinto“, y que pone en duda todo lo que se viene diciendo de progreso en nuestro país. Vi como una jauría de perros vagos allí instalados, evidentemente sucios y enfermos, se mezclaban con los transeúntes y a éstos no les importaba.
A los pies de la escultura de Neptuno, que preside la plazoleta, me dispuse a contemplar lo mismo que domina el rey del mar todos los días. Comenzando desde la izquierda: Se ve primero el enorme y sin gracia edificio de la Cooperativa Vitalicia; a continuación, una pérgola que divide la calle Cumming, una calle sube al cerro Concepción y la otra no me acuerdo. Luego, el faldón frondoso del cerro en donde se dibuja el pintoresco Hotel Brighton y el inicio del paseo Atkinson, la calle Esmeralda y finalmente, a la derecha, dos bellos aunque mal cuidados edificios.
Sabido es por todos los porteños, donde se albergaba el café Riquet.
Es un edificio de bella arquitectura. Tres plantas. Construed -dicen- en los años 1800 y tantos. La época de esplendor del puerto. De estilo clásico. En el frontis, en relieve, se asoman siete columnas griegas. Descolorido, descascarado, una muestra más de la decadencia generalizada.
La puerta del café están cerradas y las persianas abajo. Algunos grafitis colaboran para hacer el panorama más feo.
Final de Febrero, tarde de mucho calor. Tuve que sentarme en el borde de pileta, para digerir el momento.
Como la brisa del mar cercano vino a mi memoria un recuerdo lejano. El recuerdo de una tarde lluviosa, en aquel mismo lugar y del viejo café.
Se llamaba Eva.
Al principio de los años setenta, recién venido desde Santiago para trabajar en Casablanca (Ford Motors Co.) me pidieron mostrara la Planta (Armaduría) a un grupo de estudiantes. Por alguna razón el que debía hacerlo me pidió lo reemplazara. Sorpresa agradable fue saber que eran estudiantes del último curso de la Escuela Industrial Superior de Valparaíso. Colegio en donde yo había estudiado. Pero más sorprendido quedé al comprobar que se trataba de un grupo mixto. Era el primer curso en que egresarían chicas.
Al cargo de los estuidiantes venia una chiquilla muy bonita. De largos y rubios cabellos, hermosos ojos verdes y una preciosa boquita. Se presento: Eva Estay Peñailillo, Presidenta del Centro de Alumnos. De aproximadamente 17 años de edad, pero con una personalidad deslumbrante que la hacía aparecer mayor, como quedó demostrado en el control del grupo y sus preguntas respecto a la armaduria de un vehículo. Fue una visita muy provechosa.
Facilitó el vernos nuevamente el que me dijera cuando y donde era la próxima reunión de las juventudes de su partido político. Allí volvimos a encontrarnos.
Pero esa tarde habíamos quedado de encontrarnos en marquesina del Teatro Victoria.
La lluvia desbarató el paseo por el molo frente al paradero Bellavista. Paradero de trenes en donde luego cogíamos el automotor hacia el interior. Por eso le propuse “escampar” en el café Riquet. Habíamos estado antes ahí. El lugar ideal para arreglar el mundo en una época tan convulsa.
Sin paraguas, sólo bajo mi chaqueta corrimos por la calle Condell.
La lluvia torrencial empezaba a hacer pequeños ríos por las calles. Al llegar a la plaza, tuve que saltar para llegar a la calzada y Eva intentó hacer lo mismo. Con tan mala suerte que no llegó y hundió su pié en el agua con barro. Su uniforme de colegiala exigía ademas de chaqueta, jumper azul marino, camisa blanca y calcetines blancos. Costaba contener la risa de ver como quedaron esos calcetines. Pasado el momento de hilaridad, buscamos solución. Compramos unos nuevos en una de las tantas tiendas de esa calle.
Entramos al agradable y cálido Riquet.
Este antiguo local me hacía imaginarme en un ambiente de glamour en la soñada Europa. Paredes altas decoradas con cuadros al óleo y acuarelas. Muchas fotografías. Mobiliario vetusto, con sillas con apoya brazos no muy cómodas. En la planta de arriba, una sala de exposiciones, donde lo más valioso, según decían eran unos bocetos femeninos atribuidos a Camilo Mori. Al fondo se comunicaba con otro salón.
Pedimos lo de siempre. Y mientras nos traían el té con “kugen” de manzana, que era la especialidad de la casa. Disimuladamente, Eva comenzó la operación “Cambio de calcetines“. Pero tenía también los zapatos mojados. Por lo que tuve, tratando de no llamar mucho la atención -el camarero nos empezaba a mirar raro- a meterle servillas como plantilla en los zapatos. Y luego casi por debajo de la mesa, el cambio.
-¿Qué tal? me pregunto satisfecha.
-A ver, -le dije-, sólo falta subírtelas un poco más.
Antes de que ella reaccionara ya introducía me dedos por la media y la arrastraba hasta la rodilla. Mi contacto con su piel, produjo su sonrojo y a continuación de esos preciosos ojos color del mar, recibí la mas dulce y prometedora mirada.
Un estridente ruido de tambor con ritmo brasileño me sacó de mis pensamientos. Desde Condell entraba a la plaza un grupo de individuos medio disfrazados de payasos, que pedían dinero a los conductores y transeúntes.
Y me perdí por la calle Esmeralda en dirección al puerto.
Fredys Pradena
Leyendo por Internet el diario “La Estrella” de Valparaíso, me enteré de que van a reabrir el Café Riquet, el antiguo y clásico café vienes ubicado en una de las mas pintorescas plazoletas del puerto chileno.
Fue cerrado hace más de un año, creo, debido a problemas con los nuevos propietarios del edificio.
Me alegro por la noticia. Me alegro mucho, porque aunque no puede competir en modernidad y playas con Viña del Mar, Valparaíso debe aprovechar su rico patrimonio arquitectónico y cultural para atraer turistas.
En febrero del presente año año tuve la suerte de volver a mi país, a mi región de adopción y dediqué un día a recorrer el centro de Valparaíso.
Comencé mi visita en la Plaza de la Victoria. Fue de verdad un placer volver a contemplar la belleza de las esculturas de bronce, por mucho que ya las hubiese visto antes. En especial la fuente. También me entretuve con el variopinto de las gentes.
A continuación, seguí mi paseo en dirección al puerto por la calle Condell. Esto no me gusto tanto. Esta arteria, que en su época concentró el comercio elegante, por los edificios tan bonitos que tiene, ahora se ve cubierta de enormes y horribles anuncios, adeás del obsoleto tendido eléctrico. Hay enjambres de cables por sobre tu cabeza, que, además de peligrosos, lo afean todo. Pero lo peor fue al llegar a la Plaza “Anibal Pinto“, y que pone en duda todo lo que se viene diciendo de progreso en nuestro país. Vi como una jauría de perros vagos allí instalados, evidentemente sucios y enfermos, se mezclaban con los transeúntes y a éstos no les importaba.
A los pies de la escultura de Neptuno, que preside la plazoleta, me dispuse a contemplar lo mismo que domina el rey del mar todos los días. Comenzando desde la izquierda: Se ve primero el enorme y sin gracia edificio de la Cooperativa Vitalicia; a continuación, una pérgola que divide la calle Cumming, una calle sube al cerro Concepción y la otra no me acuerdo. Luego, el faldón frondoso del cerro en donde se dibuja el pintoresco Hotel Brighton y el inicio del paseo Atkinson, la calle Esmeralda y finalmente, a la derecha, dos bellos aunque mal cuidados edificios.
Sabido es por todos los porteños, donde se albergaba el café Riquet.
Es un edificio de bella arquitectura. Tres plantas. Construed -dicen- en los años 1800 y tantos. La época de esplendor del puerto. De estilo clásico. En el frontis, en relieve, se asoman siete columnas griegas. Descolorido, descascarado, una muestra más de la decadencia generalizada.
La puerta del café están cerradas y las persianas abajo. Algunos grafitis colaboran para hacer el panorama más feo.
Final de Febrero, tarde de mucho calor. Tuve que sentarme en el borde de pileta, para digerir el momento.
Como la brisa del mar cercano vino a mi memoria un recuerdo lejano. El recuerdo de una tarde lluviosa, en aquel mismo lugar y del viejo café.
Se llamaba Eva.
Al principio de los años setenta, recién venido desde Santiago para trabajar en Casablanca (Ford Motors Co.) me pidieron mostrara la Planta (Armaduría) a un grupo de estudiantes. Por alguna razón el que debía hacerlo me pidió lo reemplazara. Sorpresa agradable fue saber que eran estudiantes del último curso de la Escuela Industrial Superior de Valparaíso. Colegio en donde yo había estudiado. Pero más sorprendido quedé al comprobar que se trataba de un grupo mixto. Era el primer curso en que egresarían chicas.
Al cargo de los estuidiantes venia una chiquilla muy bonita. De largos y rubios cabellos, hermosos ojos verdes y una preciosa boquita. Se presento: Eva Estay Peñailillo, Presidenta del Centro de Alumnos. De aproximadamente 17 años de edad, pero con una personalidad deslumbrante que la hacía aparecer mayor, como quedó demostrado en el control del grupo y sus preguntas respecto a la armaduria de un vehículo. Fue una visita muy provechosa.
Facilitó el vernos nuevamente el que me dijera cuando y donde era la próxima reunión de las juventudes de su partido político. Allí volvimos a encontrarnos.
Pero esa tarde habíamos quedado de encontrarnos en marquesina del Teatro Victoria.
La lluvia desbarató el paseo por el molo frente al paradero Bellavista. Paradero de trenes en donde luego cogíamos el automotor hacia el interior. Por eso le propuse “escampar” en el café Riquet. Habíamos estado antes ahí. El lugar ideal para arreglar el mundo en una época tan convulsa.
Sin paraguas, sólo bajo mi chaqueta corrimos por la calle Condell.
La lluvia torrencial empezaba a hacer pequeños ríos por las calles. Al llegar a la plaza, tuve que saltar para llegar a la calzada y Eva intentó hacer lo mismo. Con tan mala suerte que no llegó y hundió su pié en el agua con barro. Su uniforme de colegiala exigía ademas de chaqueta, jumper azul marino, camisa blanca y calcetines blancos. Costaba contener la risa de ver como quedaron esos calcetines. Pasado el momento de hilaridad, buscamos solución. Compramos unos nuevos en una de las tantas tiendas de esa calle.
Entramos al agradable y cálido Riquet.
Este antiguo local me hacía imaginarme en un ambiente de glamour en la soñada Europa. Paredes altas decoradas con cuadros al óleo y acuarelas. Muchas fotografías. Mobiliario vetusto, con sillas con apoya brazos no muy cómodas. En la planta de arriba, una sala de exposiciones, donde lo más valioso, según decían eran unos bocetos femeninos atribuidos a Camilo Mori. Al fondo se comunicaba con otro salón.
Pedimos lo de siempre. Y mientras nos traían el té con “kugen” de manzana, que era la especialidad de la casa. Disimuladamente, Eva comenzó la operación “Cambio de calcetines“. Pero tenía también los zapatos mojados. Por lo que tuve, tratando de no llamar mucho la atención -el camarero nos empezaba a mirar raro- a meterle servillas como plantilla en los zapatos. Y luego casi por debajo de la mesa, el cambio.
-¿Qué tal? me pregunto satisfecha.
-A ver, -le dije-, sólo falta subírtelas un poco más.
Antes de que ella reaccionara ya introducía me dedos por la media y la arrastraba hasta la rodilla. Mi contacto con su piel, produjo su sonrojo y a continuación de esos preciosos ojos color del mar, recibí la mas dulce y prometedora mirada.
Un estridente ruido de tambor con ritmo brasileño me sacó de mis pensamientos. Desde Condell entraba a la plaza un grupo de individuos medio disfrazados de payasos, que pedían dinero a los conductores y transeúntes.
Y me perdí por la calle Esmeralda en dirección al puerto.
Fredys Pradena
viernes, 9 de julio de 2010
Maiakovski: ¡Qué gigante poeta!

Por José G. Martínez Fernández
Hay que visitar a Vladimiro Maiakovki con una enorme sed de poesía. Luego de leer su ESPERANZA uno sentirá en el alma y la razón un universo de múltiples estrellas. Cala tan hondo su fuerza verbal que uno respira tanta y tanta belleza. ¡Gracias gigante poeta por darnos tanta luz!
A Vladimiro Maiakovski le tocó un espacio físico muy singular: la de la Rusia convulsionada bajo el gobierno de los Zares. Hasta pasados los veinte años vivió bajo ese sistema de gobierno.
Nacido en 1893 tuvo, desde su adolescencia, un cariño especial por los asuntos sociales y así se involucró con los bolcheviques. Por ello estuvo encarcelado.
Al triunfar la Revolución se transformó en una especie de portavoz de la misma, especialmente a través de su poesía. Los grandes espacios públicos lo tuvieron en distintas ocasiones leyendo ante millares de obreros sus poemas militantes de la causa bolchevique, de la que se fue alejando cuando el régimen soviético se declaró opositor a la corriente poética llamada futurismo y a la que Maiakovski adhirió.
En 1930, cuando contaba sólo 37 años, se suicidó.
Cinco años antes se había matado la otra lumbrera de la poesía soviética: Sergio Esenin, cuando tenía sólo 30 años.
Toda la magia de la poesía rusa, nacida de la mano de Pushkin, se vino a caer de golpe con la muerte trágica de sus dos mayores poetas de la primera mitad del siglo veinte.
La poesía de Maiakovski se lee como si un torrente de luces, si como todos los campos eléctricos, se unieran y convulsionaran.
ESPERANZA
¡Devolvedme el corazón,
y la sangre hasta mis últimas venas!
¡Llenadme el cráneo de ideas!
Yo no he vivido del todo mi vida,
sobre la tierra.
Yo no he acabado de amar del todo.
Yo fui de dos metros de estatura.
¿Para qué quiero esta altura?
Para este trabajo,
se puede ser de una pulgada.
Me pasé la vida arañando con la pluma,
en un cuartucho de dos metros,
armado con anteojos,
en una pieza-estuche.
Yo haré gratis todo lo que quieran,
limpiaré,
lavaré,
cuidaré,
barreré.
Podría servir aunque no sea más que de portero.
¿Ustedes tienen porteros?
Yo fui alegre a veces,
pero que puedo hacer con esta alegría,
si nuestra desgracia es insondable.
Ahora,
todos en seguida muestran los dientes
para morder,
o para ladrar.
Por si poco fuera este dolor,
por si poco fuera nuestra pena.
¡Llamadme!
Yo trataré de entretenerlos,
con charadas e hipérboles,
con alegorías,
o con el malabarismo de mis versos.
Yo he amado en la vida.
No vale la pena recordarlo.
¿Duele?
¡Qué importa!...
Viviremos cuidando nuestras penas.
Yo amo también a los animales.
¿Ustedes tienen jaulas con animales?
Dadme un puesto de guardián de fieras.
Yo amo a las fieras.
Cuando veo un perrito,
aquí en la panadería hay uno,
todo peladito,
soy capaz de arrancarme mi propio hígado,
y decirle, toma,
come,
no me da lástima, querido.
Ese es el poema íntegro. El vigor expresivo del poeta parte desde un principio del texto, se mantiene en sus versos posteriores, para rematar en unos que ya hablan no sólo la inteligencia verbal del bardo, sino también su gran calidad humana:
"soy capaz de arrancarme mi propio hígado/ y decirle, toma,/ come/ no me da lástima, querido". El poema,a su vez, nos muestra ya al hombre desencantado de la poesía política y que entra directo hacia el ser mismo, en la profundidad, o simpleza, de su yo.
Sólo ese poema le bastaría a Vladimiro Maiakovski para vivir por siempre. Pero su poesía de alta calidad se refleja en muchos de otros textos.
Leerlo es emocionarse y el recordarle es hacerle justicia a este gigante de la poesía mundial.
Hay que visitar a Vladimiro Maiakovki con una enorme sed de poesía. Luego de leer su ESPERANZA uno sentirá en el alma y la razón un universo de múltiples estrellas. Cala tan hondo su fuerza verbal que uno respira tanta y tanta belleza. ¡Gracias gigante poeta por darnos tanta luz!
A Vladimiro Maiakovski le tocó un espacio físico muy singular: la de la Rusia convulsionada bajo el gobierno de los Zares. Hasta pasados los veinte años vivió bajo ese sistema de gobierno.
Nacido en 1893 tuvo, desde su adolescencia, un cariño especial por los asuntos sociales y así se involucró con los bolcheviques. Por ello estuvo encarcelado.
Al triunfar la Revolución se transformó en una especie de portavoz de la misma, especialmente a través de su poesía. Los grandes espacios públicos lo tuvieron en distintas ocasiones leyendo ante millares de obreros sus poemas militantes de la causa bolchevique, de la que se fue alejando cuando el régimen soviético se declaró opositor a la corriente poética llamada futurismo y a la que Maiakovski adhirió.
En 1930, cuando contaba sólo 37 años, se suicidó.
Cinco años antes se había matado la otra lumbrera de la poesía soviética: Sergio Esenin, cuando tenía sólo 30 años.
Toda la magia de la poesía rusa, nacida de la mano de Pushkin, se vino a caer de golpe con la muerte trágica de sus dos mayores poetas de la primera mitad del siglo veinte.
La poesía de Maiakovski se lee como si un torrente de luces, si como todos los campos eléctricos, se unieran y convulsionaran.
ESPERANZA
¡Devolvedme el corazón,
y la sangre hasta mis últimas venas!
¡Llenadme el cráneo de ideas!
Yo no he vivido del todo mi vida,
sobre la tierra.
Yo no he acabado de amar del todo.
Yo fui de dos metros de estatura.
¿Para qué quiero esta altura?
Para este trabajo,
se puede ser de una pulgada.
Me pasé la vida arañando con la pluma,
en un cuartucho de dos metros,
armado con anteojos,
en una pieza-estuche.
Yo haré gratis todo lo que quieran,
limpiaré,
lavaré,
cuidaré,
barreré.
Podría servir aunque no sea más que de portero.
¿Ustedes tienen porteros?
Yo fui alegre a veces,
pero que puedo hacer con esta alegría,
si nuestra desgracia es insondable.
Ahora,
todos en seguida muestran los dientes
para morder,
o para ladrar.
Por si poco fuera este dolor,
por si poco fuera nuestra pena.
¡Llamadme!
Yo trataré de entretenerlos,
con charadas e hipérboles,
con alegorías,
o con el malabarismo de mis versos.
Yo he amado en la vida.
No vale la pena recordarlo.
¿Duele?
¡Qué importa!...
Viviremos cuidando nuestras penas.
Yo amo también a los animales.
¿Ustedes tienen jaulas con animales?
Dadme un puesto de guardián de fieras.
Yo amo a las fieras.
Cuando veo un perrito,
aquí en la panadería hay uno,
todo peladito,
soy capaz de arrancarme mi propio hígado,
y decirle, toma,
come,
no me da lástima, querido.
Ese es el poema íntegro. El vigor expresivo del poeta parte desde un principio del texto, se mantiene en sus versos posteriores, para rematar en unos que ya hablan no sólo la inteligencia verbal del bardo, sino también su gran calidad humana:
"soy capaz de arrancarme mi propio hígado/ y decirle, toma,/ come/ no me da lástima, querido". El poema,a su vez, nos muestra ya al hombre desencantado de la poesía política y que entra directo hacia el ser mismo, en la profundidad, o simpleza, de su yo.
Sólo ese poema le bastaría a Vladimiro Maiakovski para vivir por siempre. Pero su poesía de alta calidad se refleja en muchos de otros textos.
Leerlo es emocionarse y el recordarle es hacerle justicia a este gigante de la poesía mundial.
martes, 29 de junio de 2010
Reforma Educacional en Chile
Lobos Disfrazados de Ovejas
Enviado por Giro País el 29/06/2010 a las 02:02 PM
Por Julio Sarmiento, Estudiante de Medicina, Senador Universitario, Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile.
Hoy se viven las consecuencias de la destrucción de la educación pública que proyectaron los asesores civiles que gobernaron con Pinochet en la década de 1980. Las universidades estatales quedaron gravemente heridas luego de funcionar durante tres décadas con aportes insuficientes y trabas administrativas. Se permitió de manera deliberada que floreciera un mercado privado de educación, para beneficio de potentes grupos económicos encabezados por los mismos que en dictadura trataron de destruir y debilitar desde el gobierno a las universidades estatales.
Hemos llegado al punto en el que la asimetría en la competencia por recursos y estudiantes ha favorecido tanto a los planteles privados, que estos se encuentran en condiciones de generar una ofensiva desde sus casas de estudio, el gobierno y los medios de comunicación, demandando subsidios del estado para sus propios negocios.
Lamentablemente Chile es el único país donde se ha dado plena libertad al mercado para cumplir tareas inherentes a lo público en rubros tan delicados como la educación. Donde a la motivación de lucro, disfrazada de emprendimiento, se le permite anteponer los bolsillos a las personas y exigir que el Estado les entregue recursos extras por eso.
Se ha propuesto una nueva institucionalidad para agrupar a todas las universidades acreditadas bajo el argumento que el Consejo de Rectores “discrimina” a las que fueron creadas después. Pretenden con la victimización convencer de que es lógico sentar a prestigiosos Rectores académicos elegidos entre sus pares, con administradores designados por empresarios. No les basta a los grandes consorcios la influencia de sus capitales y quieren hacerse un lugar en los espacios de deliberación política donde hasta ahora el prestigio académico les han impedido ingresar.
Otra medida ha sido el transformar el Aporte Fiscal Directo en Fondos concursables a los que pueda postular también cualquier privada acreditada. Han argumentado en la “calidad” sin referirse a que esta produzca o no un beneficio social, y nada han comprometido en relación a eliminar el lucro, que como motivación principal es en si mismo un argumento para no financiar con recursos fiscales a quienes van a privilegiar las ganancias privadas, independiente de que al otro lado haya un estudiante vulnerable, una familia pobre, o un consumidor desvalido.
Privilegiar el financiamiento en función de la calidad, hace capitular la excelencia propia de un quehacer académico basado en el prestigio y la tradición, frente a indicadores forzosamente introducidos por ideólogos de la liberalización económica. La igualdad de trato a que esto conlleva, implica ni siquiera esforzarse por alcanzar sino concretamente desmerecer, las características que hacen a las universidades tradicionales dignas de su sitial. Por eso los representantes de universidades privadas han evitado hablar de la diversidad de la composición socioeconómica de sus estudiantes, el pluralismo de su enseñanza, de la formación de valores democráticos, la participación de los estamentos en su gobierno, o cualquier otra cosa que huela a público, que ponga a la universidad al servicio de la sociedad y que les impida enseñar lo que quieren, de la manara que se les antoje y en función de los interese que le sean propios.
La reforma a la educación superior anunciada desde el MINEDUC ha escondido con pieles de oveja a peligrosos lobos de crecidos colmillos, que argumentando con eufemismos y lugares comunes su bienintencionado aporte, buscan asestar el golpe final a los universidades que ya una vez trataron de destruir. Han trabajado muy bien su discurso para encubrir las ansias enormes de aumentar su tajada en el lucrativo negocio de la educación superando las ultimas barreras que hacina del quehacer universitario una tarea pública de interés nacional, donde el objetivo ha sido preservar el interés común, la identidad cultural y los valores democráticos, al margen de cualquier influencia económica, política, doctrinaria o confesional.
Por Julio Sarmiento
Enviado por Giro País el 29/06/2010 a las 02:02 PM
Por Julio Sarmiento, Estudiante de Medicina, Senador Universitario, Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile.
Hoy se viven las consecuencias de la destrucción de la educación pública que proyectaron los asesores civiles que gobernaron con Pinochet en la década de 1980. Las universidades estatales quedaron gravemente heridas luego de funcionar durante tres décadas con aportes insuficientes y trabas administrativas. Se permitió de manera deliberada que floreciera un mercado privado de educación, para beneficio de potentes grupos económicos encabezados por los mismos que en dictadura trataron de destruir y debilitar desde el gobierno a las universidades estatales.
Hemos llegado al punto en el que la asimetría en la competencia por recursos y estudiantes ha favorecido tanto a los planteles privados, que estos se encuentran en condiciones de generar una ofensiva desde sus casas de estudio, el gobierno y los medios de comunicación, demandando subsidios del estado para sus propios negocios.
Lamentablemente Chile es el único país donde se ha dado plena libertad al mercado para cumplir tareas inherentes a lo público en rubros tan delicados como la educación. Donde a la motivación de lucro, disfrazada de emprendimiento, se le permite anteponer los bolsillos a las personas y exigir que el Estado les entregue recursos extras por eso.
Se ha propuesto una nueva institucionalidad para agrupar a todas las universidades acreditadas bajo el argumento que el Consejo de Rectores “discrimina” a las que fueron creadas después. Pretenden con la victimización convencer de que es lógico sentar a prestigiosos Rectores académicos elegidos entre sus pares, con administradores designados por empresarios. No les basta a los grandes consorcios la influencia de sus capitales y quieren hacerse un lugar en los espacios de deliberación política donde hasta ahora el prestigio académico les han impedido ingresar.
Otra medida ha sido el transformar el Aporte Fiscal Directo en Fondos concursables a los que pueda postular también cualquier privada acreditada. Han argumentado en la “calidad” sin referirse a que esta produzca o no un beneficio social, y nada han comprometido en relación a eliminar el lucro, que como motivación principal es en si mismo un argumento para no financiar con recursos fiscales a quienes van a privilegiar las ganancias privadas, independiente de que al otro lado haya un estudiante vulnerable, una familia pobre, o un consumidor desvalido.
Privilegiar el financiamiento en función de la calidad, hace capitular la excelencia propia de un quehacer académico basado en el prestigio y la tradición, frente a indicadores forzosamente introducidos por ideólogos de la liberalización económica. La igualdad de trato a que esto conlleva, implica ni siquiera esforzarse por alcanzar sino concretamente desmerecer, las características que hacen a las universidades tradicionales dignas de su sitial. Por eso los representantes de universidades privadas han evitado hablar de la diversidad de la composición socioeconómica de sus estudiantes, el pluralismo de su enseñanza, de la formación de valores democráticos, la participación de los estamentos en su gobierno, o cualquier otra cosa que huela a público, que ponga a la universidad al servicio de la sociedad y que les impida enseñar lo que quieren, de la manara que se les antoje y en función de los interese que le sean propios.
La reforma a la educación superior anunciada desde el MINEDUC ha escondido con pieles de oveja a peligrosos lobos de crecidos colmillos, que argumentando con eufemismos y lugares comunes su bienintencionado aporte, buscan asestar el golpe final a los universidades que ya una vez trataron de destruir. Han trabajado muy bien su discurso para encubrir las ansias enormes de aumentar su tajada en el lucrativo negocio de la educación superando las ultimas barreras que hacina del quehacer universitario una tarea pública de interés nacional, donde el objetivo ha sido preservar el interés común, la identidad cultural y los valores democráticos, al margen de cualquier influencia económica, política, doctrinaria o confesional.
Por Julio Sarmiento
sábado, 26 de junio de 2010
Chile: La Justicia a Paso de Tortuga
por José G. Martínez Fernández.
Parece que los tribunales de justicia de Chile están integrados por árbitros amateurs. Ni Milton Juica, el nuevo presidente de la Corte Suprema, le pone los cascabeles a los juzgados.
En este país la justicia es un aparato acongojado, envejecido de muy extraño quehacer.
¿En qué país del mundo la justicia demora mucho? En Chile.
¿En qué país del mundo se pierden los exhortos en tribunales? En Chile.
¿En qué país del mundo hay jueces que son amigos incondicionales de los acusados? En Chile.
La justicia en Chile es un ente ciego o, al menos, tuerto.
Esta justicia debe ser denunciada en nuestro país y fuera de nuestro país.
La periodista Alejandra Matus dio un ejemplo de valentía cuando publicó El Libro Negro de la Justicia en Chile. Apenas apareció, los tribunales usaron el método inquisitorio de la requisición de los ejemplares y luego una orden de detención en contra de ella, la que no se alcanzó a cumplir porque Matus emprendió vuelo horas antes que dicha orden se diera.
Argentina la recibió. Allí estas cosas, persecuciones, resultan medievales.
Si Chile tiene una justicia que no es tal, unos tribunales tramitadores, unas resoluciones que lindan en lo cómico o lo perverso, digna es la persona que la denuncia.
Deben existir los tribunales justos. Cuéntense de a uno...Dios mío...¡Cómo es posible que uno de los pueblos de mayor cultura de América aún tenga unos tribunales horrorosos!
Agresores de personas, ladrones de toda clase y hasta asesinos se han visto beneficiados por la vieja y nueva justicia chilena.
Jueces enemigos de la justicia, ambiguos individuos que no analizan bien los casos, hombres bajo cuyos ojos se pierden papeles importantes, documentos claves...
¿En qué país pasa ello? En Chile, amigos, en Chile.
Yo he vivido una experiencia espantosa en un tribunal sureño. Año y medio lidiando. Se ha perdido un documento importante y aún siguen a paso de tortuga su quehacer.
Por ello preparo un libro. Hastiado, como miles de chilenos, que no han recibido justicia a los legales derechos invocados, no queda otro camino.
Libertad de denuncia -aún con toda la desnudez que esos casos exigen- es lo que debe primar en la búsqueda de una sociedad chilena mejor.
José G. Martínez Fernández.
Parece que los tribunales de justicia de Chile están integrados por árbitros amateurs. Ni Milton Juica, el nuevo presidente de la Corte Suprema, le pone los cascabeles a los juzgados.
En este país la justicia es un aparato acongojado, envejecido de muy extraño quehacer.
¿En qué país del mundo la justicia demora mucho? En Chile.
¿En qué país del mundo se pierden los exhortos en tribunales? En Chile.
¿En qué país del mundo hay jueces que son amigos incondicionales de los acusados? En Chile.
La justicia en Chile es un ente ciego o, al menos, tuerto.
Esta justicia debe ser denunciada en nuestro país y fuera de nuestro país.
La periodista Alejandra Matus dio un ejemplo de valentía cuando publicó El Libro Negro de la Justicia en Chile. Apenas apareció, los tribunales usaron el método inquisitorio de la requisición de los ejemplares y luego una orden de detención en contra de ella, la que no se alcanzó a cumplir porque Matus emprendió vuelo horas antes que dicha orden se diera.
Argentina la recibió. Allí estas cosas, persecuciones, resultan medievales.
Si Chile tiene una justicia que no es tal, unos tribunales tramitadores, unas resoluciones que lindan en lo cómico o lo perverso, digna es la persona que la denuncia.
Deben existir los tribunales justos. Cuéntense de a uno...Dios mío...¡Cómo es posible que uno de los pueblos de mayor cultura de América aún tenga unos tribunales horrorosos!
Agresores de personas, ladrones de toda clase y hasta asesinos se han visto beneficiados por la vieja y nueva justicia chilena.
Jueces enemigos de la justicia, ambiguos individuos que no analizan bien los casos, hombres bajo cuyos ojos se pierden papeles importantes, documentos claves...
¿En qué país pasa ello? En Chile, amigos, en Chile.
Yo he vivido una experiencia espantosa en un tribunal sureño. Año y medio lidiando. Se ha perdido un documento importante y aún siguen a paso de tortuga su quehacer.
Por ello preparo un libro. Hastiado, como miles de chilenos, que no han recibido justicia a los legales derechos invocados, no queda otro camino.
Libertad de denuncia -aún con toda la desnudez que esos casos exigen- es lo que debe primar en la búsqueda de una sociedad chilena mejor.
José G. Martínez Fernández.
miércoles, 2 de junio de 2010
Woody Guthrie, el Auténtico Héroe Americano

Escrito por Fernando-Navarro
Blogs, Diario El País de España
Guillermo Altares, ex responsable de Babelia y ahora redactor jefe del diario El País, y Cristóbal Manuel, fotógrafo del periódico, se encuentran desde hace unos días en Arizona para cubrir la polémica suscitada por la Ley de Inmigración aprobada en ese Estado norteamericano. El otro día, Altares publicaba un interesante artículo titulado “Esta tierra es nuestra tierra”, que indudablemente traía a la memoria el título de la canción de Woody Guthrie. De alguna manera, tanto tiempo después, la obra de Woody Guthrie sigue estando presente. Aprovecho, por tanto, para traer a este blog mi colaboración con la revista Efe Eme, dentro de la sección "Forajidos".
"La vida de un hombre no vale nada si no vive de acuerdo con su conciencia”.
“La gran prueba” (“Friendly Persuasion”, 1956), dirigida por William Wyler.
El 23 de enero de 1943 el diario The Times sacaba el siguiente editorial: “Después de la guerra, el desempleo ha sido la enfermedad más extendida, insidiosa y destructiva de nuestra generación: es la enfermedad social de la civilización occidental de nuestra época”. Por aquel entonces, Woody Guthrie debía estar girando por algún lugar de Estados Unidos con los Almanac Singers, el grupo del joven Pete Seeger que simpatizaba con las ideas comunistas, mientras que, con su gorra a lo Oliver Twist y su cigarrillo a medio caer, desenfundaba su guitarra en la que se podía leer: “This machine kills fascists” (Esta máquina mata fascistas). Tras una Segunda Guerra Mundial asoladora y una depresión económica histórica, la prensa anglosajona buscaba definir la última década de un mundo que intentaba superar su estado terminal. Y, entre tanto, un pequeño hombre recorría su país, entonces ya primera potencia mundial, de arriba abajo, de este a oeste, para transmitir un mensaje de resistencia, de lucha diaria.
Décadas después de su muerte, Woody Guthrie representa todavía la voz de la clase trabajadora estadounidense. La voz del tipo que no fue bendecido, del hombre que la fortuna dejó varado en mitad de la carretera, pero cuya entereza era hierro forjado. Nacido el 14 de julio de 1912, la vida de este músico inquieto está marcada por la superación ante la catástrofe y la desidia. Se crió en Okemah, en el Estado de Oklahoma, motivo por el cual escuchó muchas veces en su vida el calificativo despectivo de Okie (nombre con el que se conocía a los habitantes de las Grandes Llanuras durante la época de la Gran Depresión), al que podía responder con un puñetazo. A los 15 años, Woody era un desastre en el colegio y limpiaba zapatos y recogía botellas vacías o chatarra para venderla. A los 17, se mudó con su familia a Pampa, Texas, después de que a su padre le diesen trabajo en una empresa petrolífera. Con el incipiente oro negro, Guthrie tenía opiniones claras sobre el nuevo mundo, donde unos ganaban mucho y otros apenas tenían para tirar. “El petróleo era lo que decidía si te trataban como un ser humano, como a un asno o como a un perro”, escribía el músico en su autobiografía, Rumbo a la Gloria (Bound for Glory).
El joven de la gorra entró pronto en contacto con la música y aprendió los entresijos de la guitarra, la mandolina y la armónica, incluso de instrumentos de percusión. Le encantaba escuchar las canciones de las emisoras de Pampa y allí sintió adoración por las composiciones folklóricas y el blues rural. Comenzó a componer para los Corncobs, una banda local, pero su primera canción en solitario daba buena cuenta de las que serían sus señas de identidad. Woody, el tipo deslenguado y batallador, se ponía en la piel del presidente Roosvelt y disparaba contra los responsables de las desigualdades sociales. Como buen forajido, no le faltaban balas. Siempre había a quién dar. Todas sus letras se ponían del lado de los oprimidos.
A principios de los años treinta, tras el crash del 29, la radiografía del país presentaba un aspecto desolador. En 1932, John Dos Passos, en su función de reportero de la conocida generación perdida, informaba que, por ejemplo, los parados de Detroit vivían en cuevas excavadas en enormes montones de arena abandonados. Su relato era el posterior reflejo de la realidad que Guthrie vería con sus propios ojos. Entre marzo de 1937 y septiembre de 1941, el músico se embarcó en siete viajes alrededor de Estados Unidos. En aquellas travesías, era un Huckberry Finn con guitarra, sin ataduras, en continua supervivencia. Robó fruta en las plantaciones, pescó en los ríos y cazó conejos en los campos. En la Gran Depresión, los hombres sin trabajo deambulaban por el campo en busca de alguna ocupación o se congregaban en las afueras de las grandes ciudades en colonias de chabolas de cartón, conocidas irónicamente en EE UU como hoovernilles, en honor a los despropósitos de las políticas económicas del presidente Hebert Hoover (1929-1933). John Steinbeck, otro narrador de la generación perdida, también documentó los hoovernilles en su magistral obra, Las uvas de la ira (1939). Estas chozas de los inmigrantes desheredados en su propia tierra fueron lugar de descanso y desamparo de Guthrie.
El músico, que también durmió bajo los puentes, aprendió qué clase de penitencia pasaba el obrero y el campesino en suelo americano. Woody descansaba entre los nómadas que se recogen en las fotografías de Dorothea Lange, a mitad, siempre, de la esperanza sujeta entre dientes y ningún sitio. Desde entonces, decidió convertirse en testigo de su tiempo. Como escribió en su autobiografía: “Con el negocio del petróleo en picado, el trigo llevado por el viento y la gente trabajadora dando tumbos asediada por hipotecas, deudas y facturas, enfermedades y preocupaciones de toda condición ruinosa, vi que tenía material para crear canciones”. A partir de ahí, nació un Charlot como el de Tiempos Modernos, pero con más mala leche y un instrumento de cuerdas entre las manos.
De la erosión de la tierra y las tormentas de arena llegó su paso a Nueva York y su encuentro con Pete Seeger con el que formó los Almanac Singers. El grupo, abierto a varios músicos, tenía su epicentro en Greenwich Village y tocaba canciones pacifistas. Sus integrantes, entre ellos Lee Hays de The Weavers, formaban parte del ala de la izquierda liberal, combativa y minoritaria estadounidense que en un principio se opuso a la entrada de Washington en la Segunda Guerra Mundial, más cuando Stalin pactó con Hitler en 1939. La participación en la guerra significaba ir contra la Rusia comunista. Sin embargo, los Almanac, influenciados por Guthrie, terminaron apoyando la lucha contra el nazismo para dar sentido a sus ideales de transformación global. Pero, después del ataque japonés de Pearl Habor en 1941, el FBI intensificó sus persecuciones comunistas y la sociedad receló del discurso de los cantantes. Los Almanac Singers dejaron de actuar.
Tras la guerra, Guthrie publicó artículos en panfletos y periódicos locales en los que llamaba a la resistencia contra el fascismo y los abusos del poder, mientras nunca paraba de tocar y componer cientos de canciones. Piezas de paso, improvisadas, según el público y el estado de ánimo, así como emblemas de su generación y las venideras, como ‘This Hard Land’. En un Diner de carretera, camino de Nueva York, escribió las primeras estrofas de este himno de la música popular estadounidense. Guthrie lo compuso en respuesta al tema ‘God Bless America’ de Irving Berlin. No podía soportar la complacencia de Berlin y su difusión generalizada por el país. Las emisoras de radio repetían una y otra vez ‘God Bless America’ cantada por Kate Smith, que a la postre se convertiría en la típica star singer con sus programas de televisión y sus actuaciones para el Ejército y los actos deportivos con regusto patriótico. La América de Guthrie no estaba bendecida por Dios, no daba gracias. El cantautor de Oklahoma señalaba otro rumbo, subido a un tren de mercancías o en la parte de atrás de una furgoneta de segunda mano. Hasta que la enfermedad se cruzó en su camino. En septiembre de 1954, ingresó en un hospital de Brooklyn. Iba cargado con un cuaderno de apuntes, su guitarra y el manuscrito de la segunda parte de su autobiografía, Seeds of Man. Enfermo de Huntington, poco a poco fue apagándose.
En octubre de 1967, Guthrie moría sin llegar a los 40 años. Mientras tanto, Irving Berlin llegaría a los 101, pasaría por Hollywood, se haría rico y recibiría todos los premios y condecoraciones nacionales posibles. De hecho, ‘God Bless America’ se considera el segundo himno nacional de EE UU. ‘This Hard Land’ no ha tenido la misma suerte, aunque guarda su pálpito cómplice, pasando como una antorcha entre generaciones de músicos y tocándose todavía entre trovadores anónimos de Washington Square.
“Canto para hacer que te sientas orgulloso de ti mismo y de tu trabajo”, declaró Guthrie en mitad de la tormenta de sus tiempos. En sus memorias, Bob Dylan, que abandonó su pueblo de Minnesota para conocer en persona al ídolo de su vida, cuenta que se sintió como si le transmitiese su energía. Cierto: su legado quedaba en buenas manos. En Los vagabundos de la cosecha, obra periodística de la Gran Depresión, Steinbeck escribía en uno de sus artículos: “Un hombre a quien llevan de un lado a otro como una bestia, rodeado de guardias armados, hambriento y obligado a vivir entre la suciedad, pierde su dignidad, esto es, pierde el lugar que legítimamente le corresponde en la sociedad”. A ese lugar, a esa dignidad, cantaba con todo el espíritu Woody Guthrie.
Blogs, Diario El País de España
Guillermo Altares, ex responsable de Babelia y ahora redactor jefe del diario El País, y Cristóbal Manuel, fotógrafo del periódico, se encuentran desde hace unos días en Arizona para cubrir la polémica suscitada por la Ley de Inmigración aprobada en ese Estado norteamericano. El otro día, Altares publicaba un interesante artículo titulado “Esta tierra es nuestra tierra”, que indudablemente traía a la memoria el título de la canción de Woody Guthrie
"La vida de un hombre no vale nada si no vive de acuerdo con su conciencia”.
“La gran prueba” (“Friendly Persuasion”, 1956), dirigida por William Wyler.
El 23 de enero de 1943 el diario The Times sacaba el siguiente editorial: “Después de la guerra, el desempleo ha sido la enfermedad más extendida, insidiosa y destructiva de nuestra generación: es la enfermedad social de la civilización occidental de nuestra época”. Por aquel entonces, Woody Guthrie debía estar girando por algún lugar de Estados Unidos con los Almanac Singers, el grupo del joven Pete Seeger que simpatizaba con las ideas comunistas, mientras que, con su gorra a lo Oliver Twist y su cigarrillo a medio caer, desenfundaba su guitarra en la que se podía leer: “This machine kills fascists” (Esta máquina mata fascistas). Tras una Segunda Guerra Mundial asoladora y una depresión económica histórica, la prensa anglosajona buscaba definir la última década de un mundo que intentaba superar su estado terminal. Y, entre tanto, un pequeño hombre recorría su país, entonces ya primera potencia mundial, de arriba abajo, de este a oeste, para transmitir un mensaje de resistencia, de lucha diaria.
Décadas después de su muerte, Woody Guthrie representa todavía la voz de la clase trabajadora estadounidense. La voz del tipo que no fue bendecido, del hombre que la fortuna dejó varado en mitad de la carretera, pero cuya entereza era hierro forjado. Nacido el 14 de julio de 1912, la vida de este músico inquieto está marcada por la superación ante la catástrofe y la desidia. Se crió en Okemah, en el Estado de Oklahoma, motivo por el cual escuchó muchas veces en su vida el calificativo despectivo de Okie (nombre con el que se conocía a los habitantes de las Grandes Llanuras durante la época de la Gran Depresión), al que podía responder con un puñetazo. A los 15 años, Woody era un desastre en el colegio y limpiaba zapatos y recogía botellas vacías o chatarra para venderla. A los 17, se mudó con su familia a Pampa, Texas, después de que a su padre le diesen trabajo en una empresa petrolífera. Con el incipiente oro negro, Guthrie tenía opiniones claras sobre el nuevo mundo, donde unos ganaban mucho y otros apenas tenían para tirar. “El petróleo era lo que decidía si te trataban como un ser humano, como a un asno o como a un perro”, escribía el músico en su autobiografía, Rumbo a la Gloria (Bound for Glory).
El joven de la gorra entró pronto en contacto con la música y aprendió los entresijos de la guitarra, la mandolina y la armónica, incluso de instrumentos de percusión. Le encantaba escuchar las canciones de las emisoras de Pampa y allí sintió adoración por las composiciones folklóricas y el blues rural. Comenzó a componer para los Corncobs, una banda local, pero su primera canción en solitario daba buena cuenta de las que serían sus señas de identidad. Woody, el tipo deslenguado y batallador, se ponía en la piel del presidente Roosvelt y disparaba contra los responsables de las desigualdades sociales. Como buen forajido, no le faltaban balas. Siempre había a quién dar. Todas sus letras se ponían del lado de los oprimidos.
A principios de los años treinta, tras el crash del 29, la radiografía del país presentaba un aspecto desolador. En 1932, John Dos Passos, en su función de reportero de la conocida generación perdida, informaba que, por ejemplo, los parados de Detroit vivían en cuevas excavadas en enormes montones de arena abandonados. Su relato era el posterior reflejo de la realidad que Guthrie vería con sus propios ojos. Entre marzo de 1937 y septiembre de 1941, el músico se embarcó en siete viajes alrededor de Estados Unidos. En aquellas travesías, era un Huckberry Finn con guitarra, sin ataduras, en continua supervivencia. Robó fruta en las plantaciones, pescó en los ríos y cazó conejos en los campos. En la Gran Depresión, los hombres sin trabajo deambulaban por el campo en busca de alguna ocupación o se congregaban en las afueras de las grandes ciudades en colonias de chabolas de cartón, conocidas irónicamente en EE UU como hoovernilles, en honor a los despropósitos de las políticas económicas del presidente Hebert Hoover (1929-1933). John Steinbeck, otro narrador de la generación perdida, también documentó los hoovernilles en su magistral obra, Las uvas de la ira (1939). Estas chozas de los inmigrantes desheredados en su propia tierra fueron lugar de descanso y desamparo de Guthrie.
El músico, que también durmió bajo los puentes, aprendió qué clase de penitencia pasaba el obrero y el campesino en suelo americano. Woody descansaba entre los nómadas que se recogen en las fotografías de Dorothea Lange, a mitad, siempre, de la esperanza sujeta entre dientes y ningún sitio. Desde entonces, decidió convertirse en testigo de su tiempo. Como escribió en su autobiografía: “Con el negocio del petróleo en picado, el trigo llevado por el viento y la gente trabajadora dando tumbos asediada por hipotecas, deudas y facturas, enfermedades y preocupaciones de toda condición ruinosa, vi que tenía material para crear canciones”. A partir de ahí, nació un Charlot como el de Tiempos Modernos, pero con más mala leche y un instrumento de cuerdas entre las manos.
De la erosión de la tierra y las tormentas de arena llegó su paso a Nueva York y su encuentro con Pete Seeger con el que formó los Almanac Singers. El grupo, abierto a varios músicos, tenía su epicentro en Greenwich Village y tocaba canciones pacifistas. Sus integrantes, entre ellos Lee Hays de The Weavers, formaban parte del ala de la izquierda liberal, combativa y minoritaria estadounidense que en un principio se opuso a la entrada de Washington en la Segunda Guerra Mundial, más cuando Stalin pactó con Hitler en 1939. La participación en la guerra significaba ir contra la Rusia comunista. Sin embargo, los Almanac, influenciados por Guthrie, terminaron apoyando la lucha contra el nazismo para dar sentido a sus ideales de transformación global. Pero, después del ataque japonés de Pearl Habor en 1941, el FBI intensificó sus persecuciones comunistas y la sociedad receló del discurso de los cantantes. Los Almanac Singers dejaron de actuar.
Tras la guerra, Guthrie publicó artículos en panfletos y periódicos locales en los que llamaba a la resistencia contra el fascismo y los abusos del poder, mientras nunca paraba de tocar y componer cientos de canciones. Piezas de paso, improvisadas, según el público y el estado de ánimo, así como emblemas de su generación y las venideras, como ‘This Hard Land’. En un Diner de carretera, camino de Nueva York, escribió las primeras estrofas de este himno de la música popular estadounidense. Guthrie lo compuso en respuesta al tema ‘God Bless America’ de Irving Berlin. No podía soportar la complacencia de Berlin y su difusión generalizada por el país. Las emisoras de radio repetían una y otra vez ‘God Bless America’ cantada por Kate Smith, que a la postre se convertiría en la típica star singer con sus programas de televisión y sus actuaciones para el Ejército y los actos deportivos con regusto patriótico. La América de Guthrie no estaba bendecida por Dios, no daba gracias. El cantautor de Oklahoma señalaba otro rumbo, subido a un tren de mercancías o en la parte de atrás de una furgoneta de segunda mano. Hasta que la enfermedad se cruzó en su camino. En septiembre de 1954, ingresó en un hospital de Brooklyn. Iba cargado con un cuaderno de apuntes, su guitarra y el manuscrito de la segunda parte de su autobiografía, Seeds of Man. Enfermo de Huntington, poco a poco fue apagándose.
En octubre de 1967, Guthrie moría sin llegar a los 40 años. Mientras tanto, Irving Berlin llegaría a los 101, pasaría por Hollywood, se haría rico y recibiría todos los premios y condecoraciones nacionales posibles. De hecho, ‘God Bless America’ se considera el segundo himno nacional de EE UU. ‘This Hard Land’ no ha tenido la misma suerte, aunque guarda su pálpito cómplice, pasando como una antorcha entre generaciones de músicos y tocándose todavía entre trovadores anónimos de Washington Square.
“Canto para hacer que te sientas orgulloso de ti mismo y de tu trabajo”, declaró Guthrie en mitad de la tormenta de sus tiempos. En sus memorias, Bob Dylan, que abandonó su pueblo de Minnesota para conocer en persona al ídolo de su vida, cuenta que se sintió como si le transmitiese su energía. Cierto: su legado quedaba en buenas manos. En Los vagabundos de la cosecha, obra periodística de la Gran Depresión, Steinbeck escribía en uno de sus artículos: “Un hombre a quien llevan de un lado a otro como una bestia, rodeado de guardias armados, hambriento y obligado a vivir entre la suciedad, pierde su dignidad, esto es, pierde el lugar que legítimamente le corresponde en la sociedad”. A ese lugar, a esa dignidad, cantaba con todo el espíritu Woody Guthrie.
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