El Consejo de la Cultura entregó Premio a las Mejores Obras Literarias 2010 y "Premio Roberto Bolaño". Desde el año 1993 el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, a través del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, entrega este reconocimiento a importantes escritores nacionales en las categorías Obras Publicadas y Obras Inéditas.
En esta oportunidad postularon 345 títulos (143 publicados y 202 inéditos), donde, por género, resultaron ganadores los siguientes autores en la categoría Obras Publicadas: José Gai en Novela, por su obra "Los Lambton", la cual da cuenta del drama social y la lucha de clases entre los mineros del salitre y el hierro.
En Poesía, Jorge Velásquez se adjudicó el premio con el título "Guaitecas", la obra utiliza como soporte material histórico y documental.
En género Cuento, Lilian Elphick Latorre fue quien ganó gracias "Bellas de sangre contraria"; ésta trata los mitos clásicos que involucran a la imagen de la mujer en forma paródico-satírica.
"Un juez en los infiernos. Benjamín Vicuña Mackenna" le valió el reconocimiento en el apartado Ensayo a Manuel Vicuña Urrutia. El jurado destacó el impulso ensayístico del autor en la forma de abordar una bibliografía.
Flavia Radrigán y Juan Radrigán con su obra literaria "En el nombre del padre y de la hija" fueron escogidos en género Teatro. En la creación, ambos dramaturgos (padre e hija) dialogan generacionalmente acerca de temas comunes, tales como la marginalidad en sus dimensiones sexual y artística.
El concurso premia, además, a la mejor obra literaria publicada para niños y niñas, denominada "Marta Brunet". Este año Alberto Rojas M. con "La hermandad del viento" fue distinguido gracias a la narración que realizó al estilo de las clásicas obras de aventuras.
En la categoría Obras Inéditas, Matías Kuntnstmann con la novela "Lo improbable de mí" resultó ganador en ése género.
En Poesía, César Cabello hizo lo mismo con su obra "Industrias Chile". Sergio Gómez fue premiado gracias a "Cinco escritores" en el género cuento y, finalmente, en ensayo, Rodrigo Gainza fue honrado con la obra titulada "Intencionalidad y evolución".
"El reconocimiento a los escritores nacionales consagrados y a los artistas emergentes que se están iniciando en los distintos géneros literarios, es una prioridad para nosotros como Consejo de la Cultura. La buena escritura es garantía de permanencia en el tiempo de la cultura y la idiosincrasia de los países, trascendiendo generaciones y constituyéndose una ventana abierta a quienes se interesen por nuestra historia y su relato", dijo el Ministro de Cultura, Luciano Cruz-Coke.
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miércoles, 20 de octubre de 2010
lunes, 25 de agosto de 2008
Literatura chilena al día
Los cuentos de Pepe
El escritor, periodista, dibujante y humorista gráfico, José Gai, acaba de publicar su nueva obra “El Veinte”, integrada por once relatos, entre ellos el que da el nombre al libro, como también “Lección de dibujo" que fue entregado como un adelanto en este blog hace unos meses.
La publicación (Tajamar ediciones, 141 páginas) se suma a la reciente novela del mismo autor, “Las Manos al Fuego” (un artículo acerca de ella puede también encontrarse en este blog), catalogada por la crítica especializada como la mejor novela negra escrita en Chile en los últimos años.
Los cuentos del “Pepe”, como cariñosamente le llaman los amigos de su cofradía, representan un conjunto de relatos muy entretenidos, pero a la vez profundos, sincronizados con nuestra realidad reciente y aderezados con una ficción-realismo altamente ima
He aquí un par de críticas de medios chilenos para “El Veinte”
ARTEMIO ECHEGOYEN, "LA NACION"
Misteriosamente, el anterior libro de ficción de José Gai (periodista, pintor, ilustrador) es una novela titulada "Las manos al fuego", y el cerebro del lector aprieta la neurona que almacena el título "Gracias por el fuego", de Mario Benedetti; asimismo, en este volumen de cuentos "El veinte" (que tenemos entre las manos) el primer relato se llama "El mejor puntero izquierdo del mundo", y el cerebro lector modula: "Puntero izquierdo", cuento de Benedetti. Cualquiera sea el vínculo de la poética narrativa de Gai con la del ya anciano autor uruguayo (poeta mediocre y buen cuentista), "El veinte" revela una prosa no sólo segura y bien terminada, precisa. "Siempre fuimos escasos los zurdos", comienza el cuento aludido de Gai, para más adelante decir, el protagonista, que él nunca se ha quejado de "esos derechos que se ganan la vida usurpando la banda izquierda". Fatalidad y lucidez, como corresponde a una voz que será capaz de narrar su propia muerte, o, mejor dicho, los instantes previos: si narra está vivo.
La narrativa chilena no ha fallecido aún: Gai nos alegra, aunque más no fuera porque escribe bien y con soltura, cualquiera sea el tema. La fatalidad mencionada es una marca aquí de los personajes, pero ¿acaso no es el caso de todo personaje literario? Un desafío de este libro es descubrir por qué son buenos estos cuentos que describen, por ejemplo, un incesto político: la mujer desangelada y de pequeñas tetas que periódicamente acude al taller de su cuñado para ser poseída por él, pese a que el súper ego le indica que please, non plus ultra, y el corazón del ganoso cuñado está a punto de fallar, más allá de sus borrosos sentimientos. Es que la cópula incestuosa política (sin vínculos de sangre directa) es, dicen los que saben, el non plus ultra, y "Jueves de Lourdes" agrega a ello el simulacro del fervor religioso y la evidencia oculta de que existen submundos sexuales bajo el suelo de toda familia chilena.
Hay espejos en que la familia chilena se contempla, aun sin admitirlo, y sin percibir sus trizaduras. En el cuento "El veinte" (titulante del libro) alguien romperá un espejo, simbólicamente; alguien a quien una mujer del futuro acusa de haber torturado a su marido, y es que los descendientes son especulares del rostro de los abuelos. ¿O es al revés? El género de ese cuento podría ser un "futurismo moral", una indagación poética de la culpabilidad. O de la identidad, algo que perturba también, tranquilamente, al narrador de "Un señor de respeto". Buenos cuentos.
MARCELO SOTO, REVISTA "CAPITAL"
Gai es un pájaro raro de la literatura chilena. No pertenece ni a la vieja “nueva narrativa”, ni a la actual generación post Bolaño. Quizá por lo mismo ha quedado un poco a la deriva, sin gozar del reconocimiento que se le otorga a otros nombres con menos méritos.
El veinte tiene la virtud de la diversidad, fuera de estar cruzado de un ánimo ligero, pero para nada grave, que se agradece en estos tiempos. Gai aborda diversos géneros con soltura, desde el relato policial al costumbrismo, desde el realismo sucio a la ciencia ficción.
El veinte tiene la virtud de la diversidad, fuera de estar cruzado de un ánimo ligero, pero para nada grave, que se agradece en estos tiempos. Gai aborda diversos géneros con soltura, desde el relato policial al costumbrismo, desde el realismo sucio a la ciencia ficción.
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viernes, 26 de octubre de 2007
Lección de Dibujo -Un relato breve de José Gai
José Gai es periodista titulado de la Universidad de Chile, escritor y pintor.
Su primera novela, “Las manos al Fuego”, ha sido muy bien acogida por la crítica especializada. También realiza ilustraciones en medios de prensa. Ha publicado dos libros (“Sabor a Gol”, Editorial Planeta, 1997, y “Ñoñobáñez, 20 años de fútbol chileno”). En el campo de la pintura ha realizado seis exposiciones individuales. En literatura ha sido finalista del concurso de cuentos de revista Paula en 2001 y 2003, y del Pedro de Oña, novela breve, en el 2000, entre otros. El presente relato fue finalista del concurso “Chile, 30 años”, organizado por Le Monde Diplomatique-Chile, en 2003.
(A Juan Chacon Olivares)
“¡Ahí viene el Jote!”, gritaba alguien -¿se acuerda, compadre?- y todos volábamos a ocupar nuestros puestos en la sala. Yo, más que nadie, porque tenía que correr desde el pizarrón, sacarme la tiza de las manos y hacerme el leso, aguantando la risa igual que todos cuando entraba Espinoza para empezar la clase de Historia y se encontraba con su perfil narigudo dibujado en el pizarrón, asomando del cuerpo de un pajarraco. Lo hice caminando, volando, cayendo a tierra, arrancando de unos perros, baleado por unos cazadores, laceado por unos niños, atravesado por flechas y puñales. El toque artístico fue ese año en que lo empecé a dibujar perdiendo poco a poco las plumas, y al final del curso, en la última caricatura, terminaba ya todo pelado, atravesado por un palo y dorándose encima de una fogata. El Jote Espinoza... ¿Se acuerda, compadre, que la primera vez preguntó indignado quién había sido? Pero nadie contestó. Algunos estuvieron tentados de delatarme, pero nosotros, los grandes, los pesados, fulminamos a los chicos con la mirada. Y todos nos quedamos castigados, una, dos y tres veces, pero nadie habló. Hasta que el Jote se aburrió. Entraba a la sala ya sin mirar el pizarrón y lo primero que hacía era ordenar, por riguroso orden de lista, que algún alumno lo limpiara.
Nos reímos mucho de Espinoza en esos años. ¿Se acuerda que una vez fuimos juntos hasta su casa y repetimos en la pared lo del pizarrón? Esa fue buena; el broche de oro. Después nos separamos. Yo partí a Santiago, y me empecé a acercar a los pocos compañeros que también habían podido ir a la universidad. La lejanía de la ciudad nos hizo amigos. Usted se quedó acá, se allegó al grupo de Flores y me dijeron que, como todos los de ese lote, anduvo dibujando svásticas y leyendo fascículos de la Segunda Guerra. Pero me estoy alejando de Espinoza, compadre. Cuando volvía con mi nuevo grupo para las vacaciones, lo divisábamos alguna vez caminando con su tranco desestibado, que era lo otro que lo asemejaba a los jotes. Entonces, lo seguíamos despacio en la camioneta de Miguelito y cuando estábamos al lado le gritábamos “¡Joteee…!” y arrancábamos en segunda, haciendo chirriar las ruedas. Lo encontrábamos divertido, para qué lo voy a negar.
Es que sabíamos poco de Espinoza. Que era masón, claro, y por eso no se llevaba bien con los dueños del colegio. Y que de tanto en tanto mandaba cartas al diario rebatiendo los editoriales. Pero fue al segundo o tercer año en la universidad, cuando empezamos a ver las cosas de otra manera y cuando el país mismo empezó a cambiar, que recién nos dimos cuenta de que el Jote era todo un personaje. A Miguelito ya le había ido mal en Santiago y estaba de vuelta. En una de sus cartas me contó la novedad: Espinoza iba de candidato a diputado por la lista del gobierno. En la respuesta le sugerí un lema para la campaña: “Despeguemos con Espinoza”. Debo de haberlo acompañado de una caricatura; seguro que fue así. Por los diarios supe que había perdido, y en su siguiente carta Miguelito me contó que lo había sentido mucho. Yo también lo lamenté, de verdad, al margen de las bromas. Recién ahí lo descubría como uno de los nuestros. Y cuando llegué ese invierno a trabajar en la Gobernación, luciendo mi título todavía fresco, me alegró ver en las paredes algunos afiches sobrevivientes del Jote. No lucía mal, fotografiado de frente, para disimular la narizota, y bien peinado. Nada que ver con el Jote que encontré al otro día de que nos detuvieron, y eso que sólo habían pasado unos meses de mi regreso.
A mí me obligaron a presentarme a la Gobernación, una semana después del golpe. Me tuvieron encerrado apenas un rato y me metieron con varios más en un camión. La vista vendada y amarrados con alambres, así partimos a la pampa. Creí que nos mataban ahí mismo, para qué lo voy a negar, compadre. Pero llegamos al campo de detención y allí, entre los presos, estaba el Jote. No lo reconocí; Miguelito tuvo que mostrármelo. Estaba sucio, flaco, golpeado. Casi sin pensarlo comencé a acercarme a él. Supe que lo había pasado muy mal, que lo acusaban de integrar una red para desembarcar armas, algo impensable en él y en esas circunstancias. Pero así constaba en los papeles del fiscal, y así también lo habían tratado. De vez en cuando lo llevaban a interrogatorio. Verlo regresar daba pena. Yo recordaba entonces mis dibujos en el pizarrón y sentía vergüenza. Pero nunca le hablé de eso. Ni siquiera una vez que estábamos juntos en su jaula, mirando por la ventanita una bandada de jotes que distraía su ocio planeando encima del campamento. “Cómo les envidio la libertad”, dijo Espinoza. Se quedó callado un rato y me miró. “Me gustaría ser un jote”, dijo y sonrió apenas, porque hasta sonreír le dolía, y yo di vuelta la cara para que no notara que se me empañaban los ojos.
Dos días después, por un carcelero boca suelta supimos que había condena para cinco presos. Los iban a fusilar al otro día, me contó Miguel. Le pregunté con la mirada y me contestó que sí, que Espinoza era uno de ellos. Esa noche fuimos a su jaula. Estaba tranquilo. Nos quedamos un rato largo. Nadie hablaba mucho. Él, sí; era como si nos estuviera haciendo clases, otra vez. Al final llegaron los guardias y ordenaron que cada uno se fuera a su celda. Espinoza se despidió de todos con un abrazo. A mí me mantuvo un rato más tomado de los hombros y me dijo bajito: “Usted, que es tan bueno para los parecidos, podría hacer algo. Grábese sus rostros y después dibújelos, para que podamos reconocerlos”.
No dije nada. Qué iba a decirle. “Para que podamos reconocerlos”, si él ya era hombre muerto. Pero así pensaba Espinoza, en plural. Ese mismo día, después de las descargas y del silencio eterno y ahogante de la mañana, empecé mi tarea. A fuerza de pura memoria fui grabándome en la mente, narices, ojos, orejas, proporciones. Al otro día de que me soltaron y me fletaron fuera del país, ya los tenía a todos en el papel. Los jefes y los carceleros más malditos, a todos ésos los tengo, y espero que algún día mis dibujos sirvan para ubicarlos. Y ahora que los terminé y puedo escribirle esta carta, le cuento que hice un dibujo extra. Sí, porque aunque yo estuviera encapuchado y usted cambiara la voz, igual lo reconocí cuando me interrogaban. Y le debo advertir que me quedó igualito, compadre. Como Espinoza en el pizarrón.
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