viernes, 8 de junio de 2012


LA SINGULAR VIDA Y POESÍA 
DE CARLOS OQUENDO DE AMAT

Por José G. Martínez Fernández.

El Perú ha tenido grandes poetas. Extraordinarios creadores de la palabra bella, tan bella como su naturaleza.
Pensar en la poesía de ese país es de inmediato pensar en César Vallejo, el bardo de Santiago de Chuco, en el norte de su patria, que vagó por ella y por tantos lugares del mundo para, al final, irse a morir a París.
Pero, aparte del gran Vallejo, hay en la nación inca otros baluartes de la palabra hermosa, adelantada, revolucionaria.
Pensemos en José Santos Chocano, en José María Eguren, en Juan Gonzalo Rose, en tantos otros.
Hoy quiero hablar de un enorme poeta que murió muy joven. Se llamaba Carlos Oquendo de Amat. Sus huesos quedaron en la España fratricida de 1936, año de inicio de la Guerra Civil Española. Había nacido en Puno en 1905. Puno está cerca del lago Titicaca, a una altura de 3.900 metros sobre el nivel del mar.
La historia de este gran poeta es extraordinaria. Era nada menos que descendiente del virrey del Perú Manuel de Amat y su madre era una de las mujeres más bellas de la zona puneña. Su padre –a su vez- era un médico importante que había estudiado en Francia, además de periodista y político que vivió la persecución de los sátrapas militares que, muchas veces, gobernaron la patria del incario.
Ello lo obligó a viajar a Lima. Allí, perseguido, todo le fue igual de difícil. Entonces la familia se empezó a hundir en la miseria y su bella esposa terminó alcoholizada y enferma.
Sin embargo, cuando aún la mano persecutoria militar no les había alcanzado, entregaron a su hijo una educación importantísima.
En Lima es, entonces, cuando Carlos Oquendo de Amat sufre desventuras económicas “bravas” las que lo llevan a ser ayudado por el escritor Manuel Beingolea, quien se hace cargo en parte de evitar las penurias alimentarias de Carlos.
Pero el apoyo económico de Beingolea debía disminuir algún día y así se lo hizo saber al poeta mostrándole una libretita que decía: “Apuntes de mis gastos mensuales. Te los voy a leer: gasto de casa 300 soles, lavado 25 soles, ropa 100 soles, putas 80 soles, Oquendo 195 soles, lo que hace un total de 700 soles, yo gano 650, de modo que tengo que robar 50 para cubrir mi presupuesto…”.
Y así Beingolea terminó su discurso: “Tu lunch en adelante habrá de ser una franciscana frugalidad…”.
La exposición, casi teatral de Beingolea, sacó una de las mejores frases de Oquendo de Amat: “Eres injusto, Manuel, pero no me dejas otra alternativa y no tengo más remedio que aceptar”.
Así continuó la vida de Carlos Oquendo de Amat en la capital peruana.
Al igual que su padre, el poeta optó por oponerse a las dictaduras de su país. Ello le cuesta el exilio. Va a Panamá, Costa Rica, México. Luego a Europa. Francia y España serán sus nuevos parajes. Allá en España –lo dijimos- muere a los ¡30 AÑOS!
¡Qué poeta perdía el Perú, qué gran poeta perdía América!
He aquí uno de los textos más novedosos de este sustentador de la poesía de vanguardia que estaba influido por el surrealismo y el dadaísmo. Éluard y Tzara, serían sus maestros.



POEMA
Para ti
tengo impresa una sonrisa en papel japón
mírame
que haces crecer la yerba de los prados
mujer
mapa de música claro de río fiesta de fruta
en tu ventana
cuelgan enredaderas de los volantes de los automóviles
y los expendedores disminuyen el precio de sus mercancías
déjame que bese tu voz
tu voz
que canta en todas las ramas de la mañana.

¡Cúanta belleza en el texto, cuánta grandeza en la unión de uno con otro verso! Para, al final, mostrar que la buena poesía es lo que la inteligencia y sensibilidad del creador lleva en su sentimiento y en un su cerebro, es decir: un solo todo.
Cuando el poeta escribe -papel japón- no comete un error…Embellece el poema con ese cambio de palabra como lo hace con otras.
Carlos Oquendo de Amat era de aquellos bardos gigantes que escribían más por amor al arte y que ese arte fuera lo más distinto posible a lo que otros creadores hacían.
Es tan grande la importancia poética y el mito que se ha creado de este poeta que, en 1967, en Caracas, al recibir el Premio Rómulo Gallegos, Mario Vargas Llosa dijo:

"Hace aproximadamente treinta años, un joven que había leído con fervor los primeros escritos de Breton, moría en las sierras de Castilla, en un hospital de caridad, enloquecido de furor. Dejaba en el mundo una camisa colorada y "Cinco metros de poemas" de una delicadeza visionaria singular. Tenía un nombre sonoro y cortesano, de virrey, pero su vida había sido tenazmente oscura, tercamente infeliz. En Lima fue un provinciano hambriento y soñador que vivía en el barrio del Cercado, en una cueva sin luz, y cuando viajaba a Europa, en Centro América, nadie sabe por qué, había sido desembarcado, encarcelado, torturado, convertido en una ruina febril. Luego de muerto, su infortunio pertinaz, en lugar de cesar, alcanzaría una apoteosis: los cañones de la guerra civil española borraron su tumba de la tierra, y en todos estos años, el tiempo ha ido borrando su recuerdo en la memoria de las gentes que tuvieron la suerte de conocerlo y de leerlo. No me extrañaría que las alimañas hayan dado cuenta de los ejemplares de su único libro, enterrado en bibliotecas que nadie visita, y que sus poemas que ya nadie lee, terminen muy pronto trasmutados en "humo, en viento, en nada", como la insolente camisa colorada que compró para morir. Y, sin embargo, este compatriota mío había sido un hechicero consumado, un brujo de la palabra, un osado arquitecto de imágenes, un fulgurante explorador del sueño, un creador cabal y empecinado que tuvo la lucidez, la locura necesaria para asumir su vocación de escritor como hay que hacerlo: como diaria y furiosa inmolación" .

Su libro ÚNICO se llama CINCO METROS DE POEMAS y se publicó en 1929. Es una sola hoja de aproximadamente cinco metros que hay que desplegar para encontrar toda la grandeza y la belleza de su contenido verbal.
Los poemas que en esa única hoja están, han sido sacados de ella para ser exhibidos en innumerables antologías, en innumerables revistas, en varios textos escolares y en muchos espacios más.
De esa manera Carlos Oquendo de Amat persiste, con justicia, en seguir viviendo.

José G. Martínez Fernández.

martes, 1 de mayo de 2012

JAVIER SOLÍS VIVE EN SU CANTO

Por José G. Martínez Fernández.
Javier Solís, mexicano, una de las voces mayores de la música popular en el siglo veinte, nació como Gabriel Siria Levario el 1 de septiembre de 1931 y se fue de este mundo el 19 de abril de 1966.
Es decir...Por estos días se cumple un nuevo aniversario de su muerte física, muerte que no alcanza su totalidad toda vez que Solís sigue vivo en sus interpretaciones marcadas por esa potente voz que surgía de su ser.
No es difícil encontrar aún en el mercado oficial -y en el del "pirateo"- temas interpretados por el Rey del Bolero Ranchero. En muchas partes aún se le toca. Véase bares y restaurantes sencillos, en casas, en radioemisoras, en centros diversos...
SOMBRAS, el tema del argentino José María Contursi, aún es la carta de presentación de Solís; aunque muchas de sus otras interpretaciones se escuchan con devoción. Claro de Luna, Te amaré toda la vida, Amigo organillero, etc.
La voz de Solís es una marca muy propia.
Desde su infancia dolorosa a su juventud llena de trabajos pesados y mal pagados, Solís saltó a la fama, gracias a que artistas como LOS PANCHOS y otros le descubrieron.
A la hora de su muerte era éxito completo en América con SOMBRAS y en medio de esas sombras Javier Solís murió.
Tenía sólo 34 años.
México vistió luto por ese artista mayor.
Por esa voz dolorosa y bella.
Hoy reposan sus restos en el denominado Jardín de la Ciudad de México, lugar destinado a los grandes artistas de la tierra azteca, tan ensuciada hoy por las mafias de las drogas.
Pero Javier Solís era un gran cantante. Un gran mexicano. Como lo fueron Negrete y Aceves Mejía en lo mismo; como lo fueron Agustín Lara y José Alfredo Jiménez en la composición musical; como lo fueron Angelines Fernández y Cantinflas en la comedia; como lo fueron Amado Nervo y Octavio Paz en la poesía; como lo fueron tantos grandes hombres y mujeres que dieron gloria artística a México.
Imposible citar a tantos grandes artistas que ha producido ese país.
Hoy, en un nuevo aniversario de su muerte, nos es totalmente imposible no recordarlo.
Seguramente las radioemisoras de muchos países pondrán de nuevo sus temas principales, en especial SOMBRAS, canción que marcó -junto a AMIGO ORGANILLERO- la etapa final de su vida.
En nuestro corazón, siendo púberes, nos emocionaba escuchar a Javier Solís, convertido hoy en leyenda.
Y lo seguimos escuchando con esa emoción.
Hay nostalgia en la voz de Solís, hay oscuros y claros en los textos que eligió para grabar.
Nosotros le admiramos y por ello no hemos querido pasar por alto un nuevo aniversario de la muerte del niño triste que, convertido en hombre, se convirtió en un cantante importantísimo.
En muchos países se le han rendido homenajes.
¡Salud Javier Solís!

jueves, 12 de abril de 2012

AGUAS ANDINAS COBRA POR NADA A DAMNIFICADOS DEL TERREMOTO EN CHILE

(José G. Martínez Fernández, autor de este artículo)
(Si Stella Díaz Varín estuviera viva reclamaría por sus derechos)
Un verdadero abuso está cometiendo la empresa sanitaria AGUAS ANDINAS con propietarios de departamentos afectados por el terremoto de febrero de 2010.
Son centenares de personas de la Villa Olímpica, el sector más dañado de la capital de Chile tras el sismo señalado.
El mismo lugar en que vivía Stella Díaz Varín, la famosa poeta que hace muchos años, fue considerada la sucesora de Gabriela Mistral. Hoy Stella no puede reclamar. La muerte se llevó sus denuncias, pero ella vive en su poesía.
Allí, en su departamento de la Villa Olímpica, destrozado por el terremoto, compartió palabras, comidas y bebidas con Sergio Vergara Arteaga, Francisco Medina Cárdenas, Liber Tamayo, yo y otros poetas.
Resulta que desde febrero de este 2012 los departamentos de dicha Villa dejaron de ser habitados por solicitud del Ministerio de la Vivienda para su reconstrucción.
Desde entonces en la Villa Olímpica no hay consumo de luz, de gas y de agua.
Sin embargo se siguen cobrando algunos servicios.
Chilectra cobra el mínimo.
AGUAS ANDINAS un consumo total. Prorratea como lo hacía cuando había agua y ahora, SIN CONSUMO ALGUNO, cobra un promedio de $ 13.000 por departamento al MES.
Súmense los cientos de departamentos y véase cómo AGUAS ANDINAS se echa al bolsillo cientos de millones de pesos por NINGUNA GOTA DE AGUA.
Los habitantes que habían en los edificios, ahora en reconstrucción, deben seguir pagando.
¿Qué hace la Superintendencia de Servicios Sanitarios?
¿Qué hace el Ministerio respectivo para parar este abuso?
¿Qué hacen los señores David Castillo, Alfredo Salazar, Miguel Ferrer y las señoras Paulina Olmedo y Karen Silva?
¿Qué hace la empresa constructora ISLA GRANDE?
¿Qué hace el Sr. José Manuel Tagle, arquitecto de dicha empresa?
Nosotros denunciamos estos cobros indebidos de AGUAS ANDINAS y lo hacemos llegar a los entes fiscalizadores y a los citados en este texto y a la prensa.
Este artículo aparecerá en varios medios en que escribimos. En medios locales y dos extranjeros: Estados Unidos y Argentina y es reproducido por otros más.
Acepto que lo publiquen todos quienes lo deseen. A mayor cantidad de lectores, podemos parar este abuso de AGUAS ANDINAS.
La Televisión y los diarios de Chile, que han estado informando de la tragedia ocurrida con la Villa Olímpica y su actual reconstrucción, y que para ello, han concurrido hasta dicho lugar, deben saber lo que ahora está haciendo AGUAS ANDINAS.
¡Cobrando por NINGÚN CONSUMO DE AGUA en los departamentos siniestrados de la Villa Olímpica!
Por lo mismo a ellos también le hacemos llegar este artículo que es una denuncia.
¡Qué triste que Stella Díaz Varín ya no viva! Su sola vez alcanzaba hasta los más duros y grandes medios de comunicación. Con su voz, ahora, los aprovechadores sentirían un escozor en sus estómagos.
J.G.M.F.

martes, 10 de abril de 2012

Tres décadas de Malvinas: Cuando la dictadura se suicidó


 (Raúl Isman)Docente. Escritor.
Columnista del Noticiero
Televisivo Señal Oeste.
Colaborador habitual de la
revista socialista El Ideal.
Director de la revista
Electrónica Redacción popular.
raulisman@yahoo.com.ar

Bajo un manto de neblina
No las henos de olvidar…
De la marcha oficial
que se escuchaba en los medios
durante el conflicto


Los aniversarios terminados en 0 o en 5 resultan más propicios para recordar- con tristeza o fastuosamente- los acontecimientos que dejaron una impronta significativa en la historia de los pueblos. Es el caso del que se recuerda hoy, trigésimo aniversario del desembarco argentino en el archipiélago de Las Malvinas, mentado Falkalnd por los británicos. En las siguientes líneas, escritas originalmente en el año 2001 y actualizadas cada tanto, dejaremos sentada nuestra opinión; a contrapelo de las muchas posiciones predominantes. Siempre es bueno recordar como el 2 de abril de 1982, los sufridos habitantes de nuestro país nos desayunamos con una noticia sorprendente: la dictadura militar más entreguista que conoció el país en toda su historia había recuperado las Islas Malvinas, territorio argentino usurpado por los ingleses desde 1833. La noticia- que provocó alegría en los ingenuos y desconfianza en los ciudadanos más críticos- soslayó y sirvió para silenciar muchas cuestiones decisivas: una de ellas fue la feroz represión descargada sobre la marcha que- contra la política económica neoliberal del gobierno procesista y sus secuelas terribles sobre el cuerpo social de la nación- la Confederación General del Trabajo (C.G.T) había realizado dos días antes. Otra, el deterioro de las condiciones de vida del pueblo, enorme por aquellos días. Por otra parte, a menudo ni siquiera se menciona que la “sorprendente” novedad había sido sugerida y anticipada de modo críptico por algunos diarios desde meses antes. Esta por escribirse una historia pormenorizada acerca de la influencia y el obrar de los medios en los tiempos previos, durante el conflicto (en descarada complicidad con los objetivos de los dictadores para ocultar la marcha de la guerra al pueblo) y en los acontecimientos posteriores.
Para poder comprender adecuadamente lo que ocurría en 1982, es necesario reflexionar sobre las causas de la aventura militar, aventura que costaría gran cantidad de vidas y el abandono de los militares del poder como respuesta necesaria a la derrota humillante frente a las tropas imperialistas, superiores en tecnologías de todo tipo, armamento y preparación para el combate. Esta reflexión resulta absolutamente necesaria dado que la debilidad y raquitismo que exhibió la democracia argentina durante parte de su trayectoria hunde sus raíces en los tiempos finales de la dictadura genocida y la mordedura del polvo por parte de los genocidas se halla más causada en la (auto)humillación que se confirieron, que en un proceso de lucha popular masiva que los arrojase fuera del poder político. .
En distintas circunstancias, como clases y conferencias, interpelados los auditorios con la pregunta de quien comprende mejor el fenómeno de la guerra, si un filósofo o un guerrero, las respuestas se dividen entre la primera o la segunda de las opciones. En realidad, la mayor claridad la aportó el alemán Carl von Clausewitz (1780-1831), quien fue al mismo tiempo militar y filósofo. En su célebre tratado De la guerra afirma que...
“La guerra no es otra cosa que una prolongación de la política”. Para decirlo con otras palabras, es la continuación de la política por otros medios. Por ello, comprender la guerra de las Malvinas implica necesariamente captar cuales fueron las direccionalidades políticas que se continuaron por medio de las armas, en la guerra iniciada en el Atlántico Sur.
La dictadura argentina había asumido el poder en 1976, favorecida por la situación de crisis absoluta que se vivía en el país. Esto le dio el consenso necesario para legitimarse. Nunca está de más sostener que ningún gobierno puede sustentarse sin contar con la aceptación- activa o pasiva- de una franja sustancial de la sociedad. Estos sectores- que prestaron su apoyo a los genocidas- no fueron toda la sociedad, ya que alcanzó con reprimir, silenciar y aterrorizar a los más férreamente opositores. Entre quienes alentaron el golpe se destacaban sus principales beneficiarios: los grandes empresarios, el poder económico. Pero también le prestaron aceptación pasiva sectores populares paralizados por la inflación imperante en la época, por la crisis política-institucional y por la violencia irracional de las organizaciones guerrilleras. El imperativo de orden que los militares encarnaban fue lo que les dio la legitimidad, a despecho que tal orden era conquistado por medio de terribles violaciones a los derechos humanos. Por otra parte, ni puede ni debe omitirse que semejantes tropelías no eran un secreto para nadie y que eran aceptadas (aún con poco oculto entusiasmo) por parte de franjas significativas de nuestra sociedad.
Debido a la continua aplicación de una política económica que empobrecía a gran parte del pueblo, desindustrializaba al país y desestructurada los mecanismos estatales para favorecer a los sectores más débiles, el primitivo apoyo con que contaban los militares se había desgastado a lo largo de los ya seis años transcurridos desde el veinticuatro de marzo de 1976. La deuda externa y la desindustrialización habían descapitalizado al país; el desempleo y la pobreza iban en constante aumento con sus inevitables secuelas de marginalidad y achicamiento del mercado interno, la especulación financiera (popularmente llamada la plata dulce) era una práctica constante que socavaba las reservas morales- además de las económicas- de la nación, por citar sólo algunas circunstancias que avalan lo que afirmamos. Por lo tanto, los militares- debilitados también ellos por las diversas crisis que desgarraban a la sociedad y por sus disensos internos- deseaban relegitimarse.
Para ello inventan la ridícula aventura de Malvinas, que comenzó con la acción de unos “operarios” en las vecinas Islas Orcadas. Entre los “trabajadores” (que fueron detenidos al poco tiempo por tropas británicas) se hallaba nada menos que un paradigma de la represión procesista el infame Capitán Alfredo Astiz. El conjunto de la logomaquía pergeñada por los cerebros dictatoriales constituía una extraña idea que parecía más adecuada para la imaginación afiebrada de algún novelista influenciado por el realismo fantástico o mágico que para. la frialdad que debe guiar el pensar de verdaderos estrategas. Es así que una exótica nación del fin del mundo, dirigida por un general borracho (ebrio le habló a una multitud en vísperas de la conflagración), el inefable Leopoldo F. Galtieri que había reemplazado a su colega Viola a fines de 1981, pretendía desafiar al complejo militar más sofisticado del orbe: la O.T.A.N., preparado a su vez para lidiar con la que entonces era la otra superpotencia, la Unión Soviética. La inevitable derrota significó el fin de la dictadura, en una escena que parece calcada de cuando un boxeador tonto se noquea a si mismo haciendo sombra en el gimnasio. Pero en esta derrota, originada en su propia estupidez e incapacidad y no en la movilización popular, se origina gran parte de la debilidad e inconsecuencia de la democracia argentina durante gran parte de sus casi tres décadas de existencia. Sintetizando, la política que lleva a la guerra de las Malvinas- desde el bando de los militares argentinos- consistía en la necesidad de relegitimar a un régimen criminal y saqueador desgastado por la continua aplicación de un modelo de características neoliberales que causaba pobreza y exclusión en lo político, lo económico y lo social. El objetivo de los genocidas era que la recuperación de un territorio nacional irredento hiciera olvidar a la sociedad las gruesas dificultades que atravesaba por culpa precisamente de las políticas aplicadas por la dictadura.
Por el lado británico, la situación no era muy distinta. Gobernaba desde 1979 la primer ministro conservadora Margaret Thatcher, la dama de hierro, quien no pasaba su mejor momento debido a la resistencia de los sindicatos de trabajadores contra su política económica neoliberal. En rigor, fue el primer gobierno en un país central que impuso su orientación nefasta para los sectores subalternos. Poco después la seguiría Ronald Reagan en E.E.U.U. y previamente la había precedido la infame dictadura de Pinochet en el sufrido Chile. No es muy frecuente que se resalte el hecho que la imposición del liberalismo económico en nuestra América tuviera por condición previa despotismos sangrientos. Mariano Grondona, crítico pertinaz contra el actual gobierno nacional supuestamente por su acendrado “autoritarismo”, se preguntaba frente a la debacle política del criminal Pinochet como poner a salvo su política económica. Es decir que el neoliberalismo es antitético con la democracia, como demuestra la situación contemporánea en la Unión Europea (ver por ejemplohttp://www.redaccionpopular.com/articulo/el-ocaso-de-la-democracia-europea). Para Thatcher, la ocasión de ”liberar” territorio “británico” caído en poder de la junta militar argentina- que ella a partir de la invasión pasó a denominar “fascista”- resultaba fundamental para fortalecer su cuestionada acción de gobierno, exaltando el sentimiento nacionalista de su pueblo, en gran parte nostálgico de la época de apogeo del imperio. En síntesis, se trataba de relegitimar también a un gobierno débil y desgastado en este caso por una oposición social muy activa, durante aquella época (fines de 1981 y principios de 1982).
Los observadores de ambos lados- a partir del desencadenamiento del conflicto- pudieron observar, curiosos, extrañas mutaciones. El gobierno militar argentino, en especial Galtieri- que hacia fines de 1981 había asumido con la explícita vocación de que la Argentina volviera al mundo occidental- debió arrojarse en brazos de una rara alianza con el movimiento de países del tercer mundo. En una recordada conferencia de países tercermundistas celebrada en La Habana, el ya fallecido canciller de dos dictaduras, Nicanor Costa Méndez, se abrazaba (por cierto, más que azorado) con el mismísimo Fidel Castro, en una extraña parábola de la alineación occidental. En Inglaterra, las cosas no eran muy distintas. Margaret Thatcher denunciaba a la “sangrienta dictadura” que ella misma había avalado poco antes.
Mientras tanto, la prensa lamebotas del proceso la presentaba como un enemigo de la nacionalidad; cuando en ocasión de su triunfo electoral, se había deslumbrado con “la simpatía y el coraje” de la “Dama de hierro”. Un año antes del conflicto, la televisión argentina- absolutamente controlada por el estado genocida- había transmitido (en vivo y en directo y con insoportable tono de boberías) el casamiento del príncipe Carlos y la fallecida princesa Lady Di. Como se ve- hoy como ayer- recopilar las groseras deformaciones, arbitrariedades y censuras de la prensa autodenominada independiente ameritan ya no un libro: si no una colección en varios tomos.
Pero no todo era cuestiones banales o vacías. En ocasión del conflicto se comenzaba a descubrir tardíamente las distintas manifestaciones de la cultura nacional, silenciadas hasta entonces por los medios y ámbitos dirigidos por la dictadura. Los medios de difusión- tanto la T.V. como la radio- redescubrían a artistas hasta entonces reducidos al silencio por la cruel y oprobiosa censura de los genocidas.
Relatar la derrota argentina es redundante, porqué no podía ser otro el resultado. El ejército argentino era una fuerza preparada para la represión interna y no para la guerra exterior. Además, los militares vieron uno a uno como fracasaban todos sus cálculos políticos. Es preciso recordar que La guerra no es otra cosa que una prolongación de la política. Haremos un somero listado de ellos:
1) No van a venir, les queda muy lejos afirmaba un ridículo comodoro de la fuerza aérea por televisión. El oficial de marras, Juan José Güiraldes, era descendiente del autor de una célebre novela gauchesca.. ¿habrá confundido la guerra inminente con una payada o con una trifulca de cuchilleros ebrios en una pulpería? Mientras tanto, el gobierno de Margaret Thatcher preparaba una impresionante flota.
2) La conducción militar pensaba que E.E.U.U. iba a ser neutral durante el conflicto, en reconocimiento del “trabajo sucio” realizado por comandos argentinos en Centro América y de otras tareas; como las que la dictadura realizó durante el golpe de estado dado en Bolivia, por el general García Meza en 1980. Entre los años 1977 y 1981 gobernó en Estados Unidos el presidente demócrata James Carter, quién afirmó una política de defensa de los derechos humanos que lo llevó a abandonar el apoyo previo de su país a las dictaduras sangrientas de centro y Sudamérica. En este contexto, los militares argentinos se postularon para reemplazar el histórico papel de supergendarme, que tradicionalmente había sido propio del “gran país del norte”. Desde 1981, los republicanos tornaron al gobierno y los militares argentinos esperaban recibir la gratitud por haber reemplazado a la “madre patria”. En cambio, el gobierno de Reagan privilegió la alianza estratégica con Gran Bretaña y no le concedió absolutamente nada a los militares, que ya resultaban a sus ojos un puñado de coloridos pero trágicos aventureros: una suerte de wagnerianos ridículos, desprovistos del hálito grandioso de las operas tan al gusto de Adolfo Hitler y más cercanos a personajes del sub-género bufo. Es que un imperio tiene intereses y se sirve de ssu lacayos sin molestarse en brindarles gratitud. La llegada de la flota británica- y la eficaz acción que desplegó, como el hundimiento del Crucero Belgrano- hubiera sido imposible e impensable sin el aporte de información satelital brindada por el coloso del norte.
3) Cuando ya estaba la flota en las cercanías de las islas, el gobierno argentino quiso negociar, pero se encontró con que la primer ministro británica torpedeó la posibilidad de evitar la guerra con el citado hundimiento del crucero General Belgrano.
La desigual batalla es por demás conocida. Poco pudieron hacer los esforzados conscriptos y algunos oficiales valientes y abnegados frente a un ejército profesional, altamente entrenado y equipado con la más moderna tecnología bélica. En realidad, además de las fuerzas británicas, los soldados argentinos debieron enfrentarse con el hambre, el frío y- por sobre todo- contra la brutalidad de gran parte de la oficialidad que se mostró cruel e insensible; convirtiéndose de hecho en enemigos desleales y permanentes. Es sabido que varios soldados fueron estaqueados por la noche, por protestar a causa de la deficiente alimentación. Algunos de los oficiales que realizaron estas deplorables tareas- nunca está demás recordarlo- se postularon o postulan para recibir el voto popular, como Aldo Rico y el ya occiso Mohamed Ali Seineldin. Mientras tanto, la población donaba dinero, joyas, vestidos y comida para las tropas. Varios de estos artículos fueron comercializados en distintos negocios de todo el país. La guerra no se pudo ganar, pero sirvió para que algunos oficiales lucraran con la solidaridad popular. También existió un Fondo Patriótico Malvinas, cuyo rendimiento nunca se realizó públicamente. La causa por este desfalco quedó perdida en algún rincón del kafkiano Palacio de Tribunales.
Finalizado el conflicto, el informe Rattenbach- una investigación jurídica realizada dentro de los propios sectores militares- dictaminó acerca de las gruesas fallas de conducción que pudieron observarse en las fuerzas armadas argentinas. El informe- publicado muy recientemente por decisión de Cristina Fernández- fue lapidario y recomendó severísimas penas que fueron dictadas por tribunales civiles, cuando ya en democracia, los culpables del desastre fueron juzgados. Posteriormente, el indulto dictado por Menem consagró – una vez más- la atávica impunidad que los ciudadanos amantes de la justicia pretenden superar en el país; para estos crímenes y para muchos otros. Impunidad o castigo para los crímenes es un nudo ético que divide algo más que aguas en nuestra sociedad.
La cuestión Malvinas hoy
y la política pasada y presente
Existen desvergonzados escribas al servicio de la reacción que no vacilan en vomitar sandeces de diversos pelajes, pero siempre las pilosidades asumen contornos simiescos de la variedad gorila. Así un periodista se permitió decir con impostura doctoral que no había diferencias entre Galtieri y la presidente Kristina Fernández. Un análisis medianamente racional muestra lo absurdo de ciertas asimilaciones muy claramente contra natura. Galtieri y sus cofrades en la hermandad genocida utilizaron una justa causa nacional para ocultar y embellecer su proyecto de saqueo, represión sanguinaria y postración de la patria. La primer mandataria actual encabeza una coalición que le ha devuelto a la Argentina la condición de nación, la ha reinsertado con un rol muy definido en el contexto latinoamericano y mundial y preside un ciclo de mejoría popular, casi sin precedentes en la historia. Por otra parte, en Galtieri, la guerra fue la prolongación de sus maniobras y tramoyas por otros (aventureros) medios. Por el contrario, en Kristina, la guerra de las Malvinas sólo puede concluir con el triunfo de nuestro pueblo si sabemos desplegar por medios pacíficos el conjunto de medidas políticas y acciones diplomáticas que aislaren a los imperialistas y fortalezcan las posiciones nacionales. El modo en que nuestra causa fue tomada por el Mercosur, la Unasur, la Celac y provocó una modesta grieta en el bloque imperialista (E.E.U.U. instó a Gran Bretaña a negociar) demuestra que el gobierno nacional marcha por el buen camino en esta, sin dudas, muy larga conflagración por la recuperación de un territorio nacional amputado por la agresión colonialista.
La guerra sirvió también para mensurar la miseria ética e intelectual de gran parte de la dirigencia política argentina. La inmensa mayoría de los políticos se alineó en la aventura militar, concurriendo a izar banderas junto al ejército y avalando prácticamente todo lo actuado por la Junta Militar con relación al conflicto. También los partidos de izquierda quedaron pegados en la “defensa de la patria”, equívoco nombre que recibía la defensa objetiva de la dictadura, independientemente de la voluntad de quienes adherían a estos discursos. Ni siquiera en la inminencia de la trágica carnicería que sufrirían los conscriptos pudieron despojarse del tono festivo e irresponsable característico de su accionar. Así, un volante del M.A.S. advertía “que los militares no pretendan apropiarse del justo sentimiento popular por las Malvinas”. Sólo hay que cerrar los ojos e imaginar a Galtieri o alimañas semejantes diciendo “nosotros lo íbamos a utilizar, pero ahora que el M.A.S. no está de acuerdo desistimos”. Si algún ingenuo cree que han cambiado debería verlos en la actualidad con su célebre consigna “que la crisis la paguen los capitalistas” para ver que la formulación de enunciados grandilocuentes jamás va acompañada por la construcción de la fuerza social y política que eventualmente garantizare la realización de tan loables propósitos.
Estos partidos no habían digerido adecuadamente una afirmación que antes del conflicto ellos mismos realizaban: “Un territorio no vale más que la vida de las personas que lo habitan”. El colmo del ridículo lo protagonizó nada extrañamente el Partido Obrero, que desde su periódico llamaba a los trabajadores a dirigirse a los cuarteles y pedirles armas a las fuerzas armadas para enfrentar a los ingleses. Afortunadamente, los obreros ni leían estas imbecilidades, y si las leían, les hacían caso omiso. De haber puesto en prácticas estas sugerencias, hubieran comprobado hacia que lado apuntaban los fusiles del ejército. Ni el décimo aniversario, ni el vigésimo, ni ninguno sirvieron para que intentasen alguna vez algo parecido a una autocrítica: Su máximo dirigente Jorge Altamira: declaró “Rechazamos la unidad nacional sobre Malvinas”. Si no es galvanizando la unidad de la nación ¿Cómo pueden recuperarse Las Malvinas? ¿Con soviets se obreros, soldados y campesinos? Y remata: “El planteo de 'negociemos' es simplemente entreguista”. Si el deseo de Altamira y sus seguidores excluye la negociación sería muy loable que se inscriban en primera línea del fuego.
Las posiciones pacifistas sólo fueron defendidas por un puñado de integrantes de diversos organismos defensores de los derechos humanos y por individualidades que poco eco lograban, en el marco de la férrea censura impuesta por la dictadura, contrastada con el ruidoso coro de defensores de la absurda aventura.
Párrafo aparte merece el tratamiento recibido por los combatientes luego de la guerra. Los soldados fueron despedidos hacia las batallas en medio de una sonora parafernalia triunfalista. Producida la derrota, fueron recibidos en silencio, casi con vergüenza. Desde entonces, la sociedad y los sucesivos gobiernos se hacen los tontos frente al problema del reconocimiento y la reinserción de los soldados ex-combatientes en Malvinas. Sólo los gobiernos presididos por Néstor Carlos Kircher y su sucesora asumieron el compromiso de dotar a los veteranos con las merecidas pensiones y otros beneficios; que no dejan de ser tímidas medidas paliativas. Por cierto también hubo planes de reinserción laboral, acceso preferencial a prestaciones de salud, por citar algunos aspectos necesarios y urgentes; que siempre resultarán escasos frente al daño sufrido por los combatientes, víctimas dilectas de la dictadura genocida, de sus ejecutores uniformados y de los empresarios con sus capitales tintos de sangre.
Pero aún así estaban en mejor situación que quienes quedaron en las islas a los que nadie podía devolverle la vida. Estos conscriptos, los que fallecieron y los que sobrevivieron, en su mayoría eran provenientes de las franjas más bajas de la población y merecen el reconocimiento de toda la sociedad. Como en E.E.U.U., durante la guerra de Vietnam, sólo los pobres dieron sus hijos al ejército. Los sectores acomodados pagaban para que sus vástagos zafasen de la peligrosa milicia.
Lo único positivo que arrojó el conflicto es que la dictadura criminal debió irse, abriendo paso a la democracia- independientemente de la valoración que hagamos de ella- que hoy goza el pueblo argentino. Pero en la medida que los genocidas debieron irse en estas condiciones, sin sufrir una derrota contundente por parte del pueblo; se gestaron las condiciones de una democracia débil, superficial y procedimental. El poder económico- verdadero causante y beneficiario del criminal plan de gobierno implementado desde 1976- observaba todo el proceso desde bambalinas y sacó las conclusiones del caso: los militares dejaban de ser confiables, era necesario pasar a otra etapa: las democracias restringidas y condicionadas que vivimos en las dos primeras décadas de la restauración institucional. Recién se rompió con los severos límites descriptos gracias al proceso comenzado en el 2003.
La guerra de Malvinas fue una radiografía de la sociedad argentina, de sus miedos, sus inconsecuencias, sus límites, sus terrores y de las dificultades- muchas de las cuales aún hoy siguen vigentes- para que el pueblo argentino decida su destino y pueda gozar de la paz, el bienestar y la prosperidad que desea. Un gobierno que alentó la disolución nacional y el empobrecimiento popular- como fue la gavilla de criminales que presidió el país entre 1976 y 1983- no puede ser portaestandarte de ninguna causa justa.
En nuestra impresión, las tareas centrales que tenemos como sociedad son recrear la ciudadanía social para el pueblo y la máxima autonomía para el estado nacional. En este marco, el pueblo argentino debatirá el mejor modo de que las Falkalnd pasen a llamarse Malvinas. La vía diplomática encarada por el gobierno nacional le ha deparado algunos éxitos, como la declaración de apoyo por parte de todos los países de nuestra América, incluyendo los anglo-parlantes. Lógicamente no están los E.E.U.U. y, como no podía ser de otra manera, los grandes medios de comunicación han silenciado el logro de la diplomacia cristinista, prolongando la censura dictatorial; pero por otros medios.
Tales nos parecen las conclusiones más significativas hacia las tres décadas del desembarco.

VÍCTOR HUGO: LITERATO MAYOR Y LIBERTARIO

Por José G. Martínez Fernández.

Víctor Hugo es un gran escritor de la Francia del siglo XIX, aquella conmovida por grandes eventos sociales, hitos enormes en la historia de la humanidad.
Ese gran escritor participó de ellos.
Aunque alguna vez fue un gran admirador de Napoleón Bonaparte, a sus sucesores los denunció con su pluma talentosa.
Ello comenzó a hacerlo en 1843, no dejando su labor de escritor de lado.
Perseguido por sus ideas y sus luchas, se exilió tras el golpe de Estado de Napoleón III contra quien escribió su opúsculo NAPOLEÓN EL PEQUEÑO en 1852.
Conocido universalmente por su novela LOS MISERABLES (1862), Víctor Hugo también fue un gran poeta.

Vìctor Hugo es considerado el padre de la escuela romántica.
Nació en 1802 y murió en 1885.
Hombre terriblemente consecuente legó a la humanidad su cariño por los desvalidos.
Su poesía es diversa.
El poema que publicamos es -obviamente- romántico y de línea intimista:

MAÑANA, AL ALBA

Mañana, cuando al alba el campo haya aclarado,
yo partiré. ¿Ves tú? Yo sé que tú me esperas;
cruzaré las forestas, cruzaré las praderas;
no podré por más tiempo estar de ti alejado.

Yo marcharé encorvado, sin oír ningún ruido,
dirigiendo hacia adentro mi mirada sombría,
sin ver nada, en silencio, solo, desconocido,
triste, y como la noche será para mí el día.

No me pondré a mirar la tarde de oro y rosa,
ni las nubes lejanas que flotan sobre Harflor;
cuando llegue por fin podré sobre tu fosa
un ramo de boj verde y de hierbas en flor.


La belleza del texto es similar a la mayoría de los poemas escritos por los románticos y muchísimos poetas posteriores. El ente mayúsculo radica en el juego de palabras y en la economía, doce versos, mostrada en este trabajo.
La obra literaria de Víctor Hugo es numerosa; por ello sólo citaremos algunos de sus libros, aparte de los ya nombrados: HERNANI (teatro, 1830); NUESTRA SEÑORA DE PARÍS (novela, 1831); LAS HOJAS DE OTOÑO (poesía, 1831); LOS RAYOS Y LAS SOMBRAS (poesía, 1840); EL HOMBRE QUE RÍE (novela, 1869).

Víctor Hugo es inmensamente admirable por sus obras literarias y por sus escritos críticos contra la corrupción y cobardía políticas.
Su grandeza, como escritor y como hombre de lucha, emociona.

lunes, 26 de marzo de 2012

Barça, ¿evolución o revolución?

¿Es el Barcelona un hito en la evolución del fútbol?

MICHAEL ROBINSON / JOHN CARLIN 23 MAR 201

Del Diario El Pais de España

Este relato-crónica abarca del siglo XIX al XXI. De la torpeza se ha pasado al refinamiento, de la fuerza a la técnica, del espíritu del guerrero a la inteligencia del espadachín.
El exfutbolista Michael Robinson y el periodista John Carlin dan su personal visión de una máquina irrepetible llamada fútbol

Mucho se discute, en España y fuera, sobre si el Barcelona de Pep Guardiola es el mejor equipo de fútbol de todos los tiempos. Por más entretenido que nos resulte, es un debate imposible de resolver. Es incluso estéril. Existen demasiadas variantes y nos falta información. El juego es más rápido hoy, los jugadores recorren más kilómetros por partido, los balones y las botas son diferentes a cuando jugaban Alfredo di Stéfano en el Real Madrid, Pelé en la selección brasileña o Puskas e Hidegkuti en la Hungría de los cincuenta. En cuanto a grandes campeones de Europa como el Ajax de Johan Cruyff, o el Milan de Van Basten y Baresi, o el Liverpool de Sou¬¬ness y Dalglish, los juicios son por necesidad subjetivos. Si alguien da la impresión alguna vez de ganar el debate, nunca va a ser porque exista una verdad científicamente demostrable sobre la cuestión, sino porque, como un buen abogado, argumenta mejor o quizá, sencillamente, porque grita más.
Además, cuando hacemos comparaciones de este tipo nos limitamos a hablar de equipos que aparecieron tras el invento de la televisión, como por ejemplo de aquel Real Madrid de las cinco Copas de Europa consecutivas, el que venció 7 a 3 al Eintracht de Fráncfort –para deleite de la primera generación de telespectadores– en 1960. Pero ¿qué sabemos de antes de aquella época? Las borrosas imágenes cinematográficas que nos dejaron, por ejemplo, el Mundial que ganó Uruguay contra Brasil en 1950 –el famoso “Maracanazo”– no tiene la más mínima utilidad como material comparativo. Entonces, ¿quién está en condiciones de refutar la noción de que el mejor equipo nunca visto fue aquel Uruguay, o la Italia campeona del mundo en 1934 y 1938, o el Arsenal que arrasó en la Liga inglesa en aquella misma época, o incluso una de las dos selecciones, In¬¬glaterra o Escocia, que disputaron el primer partido internacional de la historia en 1872?
Lo que sí podemos decir, en cambio, es que el actual Barcelona representa un hito en la evolución del fútbol. Existe un antes y un después con este equipo. Ha redefinido el juego, ha hecho que la totalidad del mundo del fútbol –desde los entrenadores de niños pequeños hasta los cuerpos técnicos de los clubes más grandes del mundo– vuelva a la pizarra y reconsidere sus premisas más elementales. Empezando con el sagrado concepto de la posición táctica: que si el que mejor funciona es el 2-3-5, o el 4-3-3, o el 4-2-4 o el 4-4-2. El Barça ha condenado la rigidez matemática en el fútbol a la irrelevancia. Lo mismo ha hecho con la anciana y venerable noción de que los centrales, o los delanteros centros, tienen que ser altos y fornidos. O con aquel artículo de fe que reza que todos los equipos necesitan un stopper, un especialista en destrucción, en el centro del campo. El Barça ha representado una revolución democrática en el deporte. Ha demostrado, con sus éxitos, que la única condición necesaria para que un jugador de fútbol prospere es que sea hábil y listo con el balón. El tamaño no importa, y la posición de cada uno en el campo, tampoco.
El germen fue “el fútbol total” del Ajax de Ámsterdam, patentado por aquel filósofo del deporte Rinus Michels. Su discípulo predilecto, Johan Cruyff, lo trajo al Barcelona, primero como jugador y después como entrenador. Y de ahí salió el dream team barcelonés. Lo que vemos hoy es la versión perfeccionada de ese modelo, una destilación purificada de la ideología de Michels. Lo que practica el Pepteam es más que fútbol total; es fútbol absoluto.
Volvamos más atrás en el tiempo, antes del Ajax de Michels, cuyos principios él mismo transportó a la maravillosa selección holandesa de los años setenta (como el Bar¬ça ha hecho hoy con la española campeona del mundo). Volvamos a las primeras raíces del deporte cuyas reglas se escribieron en un pub londinense en 1863 e intentemos trazar su evolución como en cualquier evolución de la naturaleza, como en el de la propia especie humana, que a lo largo de los milenios ha dejado atrás lo que no funciona y se ha adaptado a lo que se necesita, potenciando la eficacia.
Aquel primer partido internacional en 1872 entre Escocia e Inglaterra se disputó en un campo de críquet (el deporte nacional de las islas desde hacía más de cien años) ante 4.000 espectadores. Los cronistas de la época plantearon el posicionamiento sobre el campo en términos numéricos, señalando que Inglaterra había jugado con una formación 2-8, y Escocia, con un 3-7. Pese al predominio de delanteros en ambos equipos, el partido acabó 0-0, lo que demostró una gran verdad no del todo digerida hoy día: que llenar la delantera de efectivos no siempre es el método más eficaz para marcar goles; que la congestión no conduce a la creatividad. La otra moraleja del partido, relacionada con la primera, fue que dejar más espacios permite un juego más fluido. El 3-7 de los escoceses resultó un estilo de juego definido más por la posesión del balón y el pase que por los pelotazos y los poco eficientes intentos de dribbling de los ingleses.
El salto cualitativo se dio seis años después, en 1888, cuando el Wrexham ganó la Copa de Gales luciendo un novedoso 2-3-5, el llamado “sistema pirámide”, que se impondría como inflexible ortodoxia durante los siguientes 40 años. Hasta que en 1930, Herbert Chapman, el entrenador del Arsenal, patentó la formación WM. Y hasta que el seleccionador italiano Vittorio Pozzo inventó el 4-3-3, conocido como “el método”. Este consistía en colocar a los jugadores con el fin de brindarles mayor espacio de maniobra. Significaba darle al pastor un prado. Y así fue como tanto el Arsenal como Italia pillaron desprevenidos a sus rivales. Estos, desorientados, no sabían descifrar los planteamientos de Chapman y Pozzo y, como consecuencia, el Arsenal fue el equipo dominante de Inglaterra en los años treinta e Italia ganó dos Mundiales seguidos: 1934 y 1938.
Después de la II Guerra Mundial, la revolución, cuyo impacto se siente aún hoy, vino de Hungría. Un partido disputado en el estadio de Wembley en 1953 entre los húngaros, campeones olímpicos el año anterior, e Inglaterra sacudió el mundo del fútbol. A los ingleses no les cabía en la cabeza la posibilidad de perder. Nunca habían sido derrotados por un equipo de fuera de las islas y se les consideraba los mejores del mundo de facto, del mismo modo que los equipos que ganan los torneos de béisbol o fútbol americano en Estados Unidos se llaman a sí mismos “campeones mundiales”. Pero la selección húngara dio un baño de humildad devastador a los ingleses. Los comentaristas no tuvieron más remedio que reconocer que Hungría había dado una lección de fútbol a los inventores del deporte. Empleando una filosofía basada en la posesión del balón y la exquisita técnica individual de sus jugadores, los húngaros –cuyo jugador estrella fue el futuro madridista Ferenc Puskas– utilizaron un arma secreta cuyo impacto los ingleses fueron incapaces de contrarrestar. El supuesto delantero centro Nándor Hidegkuti no jugó como tal; ocupó una posición más retrasada, en el centro del campo. Fue lo que hoy llamaríamos “un falso nueve”. Hidegkuti no era ni una cosa ni otra, ni delantero ni centrocampista, y los robustos defensas ingleses no supieron qué hacer con él. Les mareó. Marcó dos goles y generó los espacios para que Puskas marcara otros dos. El resultado final fue 3-6. Cuando se volvieron a ver las caras las dos selecciones, un año después en Budapest, los ingleses siguieron igual de perplejos. O más. Perdieron 7 a 1. El Real Madrid tomó el relevo fichando a Puskas y utilizando a Alfredo di Stéfano como una versión incluso más imprevisible, dinámica y todoterreno que Hidegkuti. Fue un equipo imparable. Imitó el modelo húngaro, y en cuanto a victorias sobre el campo, lo superó.
Italia, concretamente el entrenador Helenio Herrera, dio con el antídoto a principios de los sesenta. No solo contra el estilo húngaro-madridista, sino contra la fortaleza física de otra nación en ascenso, Alemania. Partiendo de la premisa de que el balón era prescindible, el catenaccio consistía en esperar y esperar atrás, enredar al rival en una telaraña, aprovecharse de su fijación ofensiva y estar atento al agotamiento del rival y a la oportunidad de un contraataque que resultara en gol. Con un tanto era más que suficiente. Herrera inventó también el fenómeno del “líbero”, un defensa que jugaba por detrás de la última línea en caso de emergencia; un seguro de vida. No fue, ni pretendió ser, una obra de arte; Herrera no fue ningún Miguel Ángel ni el estadio de San Siro la Capilla Sixtina. Pero funcionó. El Inter de Herrera ganó la Copa de Europa en 1964 y 1965.
A los alemanes les intrigó la idea del líbero, pero desde una perspectiva más osada. Entendieron que si el jugador que ocupaba ese puesto no tenía que marcar a ningún jugador específico, entonces nadie le marcaría a él. En vez de limitarse a operaciones de bombero, podría infiltrarse en el medio campo e incorporarse al ataque creando superioridad numérica ante la defensa rival. Por primera vez, un jugador que por ubicación en el diagrama militaba en defensa sumaba las virtudes de un pasador. Incluso sabía disparar a puerta. Ese fue el papel que Franz Beckenbauer patentó y que casi ganó la Copa del Mundo para Alemania en 1966.
La selección que les ganó, Inglaterra, hizo la primera aportación táctica proveniente de las islas desde tiempos de Chapman. Acabó con la ortodoxia del wing, del extremo especialista cuya misión consistía en driblar por las bandas, superar al lateral por velocidad y cruzar el balón al área rival, creando ocasiones de gol para el delantero centro. Alf Ramsey, el entrenador inglés, se deshizo de los wings. Su 4-4-2 creó un bloque compacto de ocho compuesto de centrocampistas versátiles con movimientos imprevisibles. Los wings cedieron su lugar a jugadores menos técnicos, menos especialistas, pero mejor colocados para asociarse con el balón.
La selección dominante de aquella época, sin embargo, fue Brasil, ganadora del Mundial en 1958, 1962 y 1970. Eran los Harlem Globetrotters del fútbol. Un fenómeno sui generis y, por definición, irrepetible, fundamentado en una técnica nunca vista y en una filosofía de ataque sin cuartel. Jugaban 4-2-4 y su plan era sencillo: si el otro marca uno, nosotros marcamos dos; si el otro tres, nosotros, cuatro. En los demás países, el lateral izquierdo, por ejemplo, era un jugador aplicado, rígido en sus principios defensivos; en Brasil era otro atacante más. A día de hoy, solo los brasileños producen jugadores (Carlos Alberto, Roberto Carlos, Dani Alves, Marcelo) de estas características; supuestos defensas que recorren todo el campo, marcan goles y juegan como antiguos wings.

INVENTO INGLÉS.

El fútbol, un invento inglés, ha evolucionado desde sus orígenes en el siglo XIX hasta hoy. En esa teoría darwiniana, no solo la vestimenta, sino también el juego, cambiaron y mejoraron. Un hito dentro de esta historia sucedió en 1872, cuando se empezaron a dibujar esquemas tácticos y los cronistas de la época hablaron, tras un Inglaterra contra Escocia, de que unos habían jugado con un 2-8, y los otros, con un 3 7. Sin embargo, semejante acumulación de jugadores en el ataque no se tradujo en goles: 0 0. Muchos años más tarde, en 1953, Hungría derrotó en Wembley a Inglaterra (3 6), gracias a la posesión del balón y a la exquisita técnica de jugadores como Ferenc Puskas, más tarde compañero de Alfredo di Stéfano en el Real Madrid. Aquel equipo blanco de finales de los años cincuenta ganó cinco Copas de Europa.
Tras la exhibición de los brasileños en 1970, el primer Mundial retransmitido en color, el fútbol explotó como fenómeno de masas televisado. Inmediatamente después vino otra exhibición, de un lugar menos esperado, pero hizo un ruido que sigue resonando hoy. Holanda fue la cuna de la gran revolución del fútbol moderno; el Ajax de Ámsterdam dio un paso hacia delante en la historia del fútbol. Rinus Michels, primero entrenador del Ajax y después de la selección holandesa (“la naranja mecánica”), fue el inventor del famoso “fútbol total”. Y dejó un legado que incluyó tres Copas de Europa consecutivas para el Ajax –en 1971, 1972 y 1973– y llevó a Holanda, con Johan Cruyff como estandarte en el campo, a la final de la Copa del Mundo en 1974 y -ya sin Cruyff- en 1978. La inspiración de Michels fue aquel equipo húngaro que puso a Inglaterra en su sitio en los años cincuenta. Pero los holandeses llevaron aquel modelo a otro nivel.
La idea no era cómo distribuir a los jugadores –dividirlos claramente entre defensas, centrocampistas y atacantes–, sino cambiar su actitud, lograr que se comportasen –que pensasen– de otra manera. El defensa ya no era un mero bloqueador, un stopper, sino que tenía que saber distribuir el balón igual de bien que un mediocentro. El dominio del balón era el requisito indispensable. El jugador de Michels tenía que sentirse cómodo con el balón en los pies, jugase donde jugase. Cuando recuperaba el balón levantaba la cabeza, buscaba un compañero y se la pasaba, iniciando una jugada de ataque. El ritmo del juego se incrementó. El Ajax y Holanda daban la sensación de jugar con más velocidad que cualquier otro equipo en la historia. Daban esa sensación porque era verdad. Uno veía las imágenes de cómo jugaba el Real Madrid apenas diez años antes, o incluso Brasil, recién, y parecía que el Ajax se movía a cámara rápida, como en las primeras películas de Hollywood.


FÚTBOL TOTAL.

La ideología del Ajax de Ámsterdam entrenado por Rinus Michels y en el que jugaba Johan Cruyff era la del fútbol total. Lo único importante: que los jugadores se mostraran hábiles con el balón. La estatura no importaba, y la posición en el campo, tampoco. El Ajax ganó tres Copas de Europa, y Holanda fue dos veces subcampeón mundial.
Michels llevó la antorcha naranja al Barcelona, donde ejerció de entrenador durante seis años en los setenta, sin poder acabar de implantar su modelo con el éxito deseado. Pero dejó su huella, y especialmente con el fichaje de Cruyff como jugador. El Barcelona, eternamente indignado por cómo el Real Madrid supuestamente le había “robado” a Alfredo di Stéfano en 1953, había intentado compensar su sensación de inferioridad respecto al gran club de la capital española pagando cantidades descomunales por reputados cracks. Pero ni Ladislao Kubala, ni Diego Maradona, ni Bernd Schuster, ni el propio Cruyff acabaron con la histórica hegemonía blanca. Conquistar el santo grial de la Copa de Europa siguió siendo la gran asignatura pendiente culé. Maradona pasó por el club sin pena ni gloria.
El giro decisivo vino con la llegada de Cruyff al banquillo en 1988. De la noche a la mañana, el entrenador se coronó rey, suplantando al jugador; la filosofía de juego sería ahora la llave del éxito. La primera temporada de Cruyff en el Barcelona, sin embargo, fue un desastre y si no hubiera sido por su legendario apellido, y si él mismo no hubiera creído tan inflexiblemente en sí mismo, lo normal hubiera sido que el Barcelona lo echase. Cruyff convenció al presidente del Barcelona, Josep Lluís Núñez, que dejara a un lado el mero resultadismo, que mirara a largo plazo y le dejase apostar por el concepto de fútbol total que había encandilado al mundo 15 años antes y que algunos habían intentado –con mínimo éxito– imitar. Ese era el camino a seguir, esa era la causa por la que merecía la pena luchar o morir.
"Cruyff dijo: "Cambiaré el mundo del fútbol, jugaré sin delantero centro"
En una conversación privada en aquellos tiempos, durante una noche en la que se consumieron muchas Heinekens, Cruyff declaró a un compañero de copas: “Voy a cambiar el mundo del fútbol”. ¿Cómo? “Mis defensas serán centrocampistas; jugaré con dos extremos y ningún delantero centro”. Su interlocutor pensaba que estaba borracho. No lo estaba. Sin un delantero centro en contra, los centrales rivales se quedarían en el desempleo; con dos extremos, el espacio en el campo se ampliaría enormemente, y ahí podría jugar a gusto un equipo donde sus jugadores serían unos maestros con el balón.
Un ejemplo de su filosofía se vio con el fichaje de Miguel Ángel Nadal. En el Mallorca, Nadal había sido el creador del centro del campo. Goleador también. Cruyff sorprendió al fútbol español colocándolo en el centro de la defensa. Y ahí triunfó Nadal, de¬¬fendiendo cuando tenía que defender, pero ante todo, y como misión prioritaria, iniciando jugadas de ataque. Un año después del fichaje de Nadal, el Barcelona ganó su primera Copa de Europa, en Wembley, con un gol marcado por un holandés, Ronald Koeman, el fútbol total hecho carne. Sobre el papel jugaba en el centro del campo; sobre el terreno jugaba en todos lados.
Pero el Barça de Cruyff no logró afianzar su modelo con victorias en la competición más gran¬¬de, la Copa de Europa; no fue un equipo que marcó época en cuan¬¬to a trofeos continentales acumulados, como el Real Madrid o el propio Ajax, o el equipo que le usurpó la gloria, el Milan de Arrigo Sacchi, un híbrido tremendamente eficaz entre la astucia y dureza tradicional de los italianos en defensa desde tiempos del catenaccio y la clase de los tres holandeses que eran la columna vertebral del equipo: Marco van Basten, delantero; Frank Rijkaard, centrocampista, y Ruud Gullit, a veces defensa, a veces delantero. Los resultados de Cruyff no fueron nada desdeñables. Cuatro ligas españolas consecutivas, la Copa del Rey, la Recopa de Europa, supercopas tanto nacionales como europeas y, ante todo, la ansiada Copa de Europa. Pero solo logró conquistar una. No lo suficiente para que un equipo leyenda en Cataluña (“el dream team”) traspasara fronteras, pero sí para que la teoría Cruyff siguiera viva. Su juego seducía por su elegancia y belleza. En vez de la camiseta blaugrana, podrían haber jugado con esmoquin. El encanto del estilo de juego cruyffista cautivó al club, a sus seguidores, a la prensa catalana y a los jóvenes jugadores que tuvo bajo su mando, principalmente al más inteligente y receptivo de ellos, Pep Guardiola. Cruyff se fue, pero los equipos que heredó pasaron al mando de otros holandeses, Louis van Gaal y Frank Rijkaard, mientras que en las cate¬¬gorías inferiores se insistió en predicar el modelo cruyffista, en generar automatismos diseñados con el propósito de recrear y perfeccionar el prototipo.
La llegada de Guardiola, el discípulo predilecto de Cruyff, al banquillo coincidió con la entrada en escena de una camada de jugadores que habían digerido la filosofía de la casa desde la temprana adolescencia. Entre ellos, Xavi Hernández, Víctor Valdés, Gerard Piqué, Andrés Iniesta, Cesc Fàbregas y Leo Messi. Lo que les enseñaron, ante todo, fue que el balón era soberano; la posesión, la máxima –prácticamente la única– prioridad. Era el polo opuesto al catenaccio, cuyo punto de partida era que el otro debía controlar la posesión del balón. Y estaba en las antípodas del robusto atleticismo que se sigue premiando hoy en el fútbol inglés, cuyo estereotipo (y capitán de la selección) es el central John Terry. Este es un gran defensor, un gran stopper, porque tiene que serlo. Por falta de técnica cede el balón con tanta frecuencia al rival que se ve obligado a estar todo el tiempo al límite de sus posibilidades, en estado de permanente emergencia. Lo mismo, o más, se puede decir del defensa del Liverpool Jamie Carragher, tan admirado por sus fans y por la totalidad del fútbol inglés por sus indudables virtudes marciales, por su espíritu ancestral de sargento, defendiendo las barricadas contra ejércitos alemanes, afganos o zulúes. Uno observa a Terry y Carra¬gher en el terreno de juego y entiende cómo se convirtió Gran Bretaña en un imperio sobre el que el sol nunca se puso, pero entiende también por qué la selección inglesa de fútbol no ha brillado, ni ha ganado nada, en medio siglo.

LA PICARDÍA DE DIOS.

El partido de cuartos del Mundial de 1986 resume la carrera de Diego Maradona, trampa y genialidad a partes iguales. Marcó dos goles, uno con la mano y otro tras escaparse de media selección inglesa desde el centro del campo. Su Argentina ganó el título. Como jugador de club, a Maradona se le recuerda en Boca Juniors, pero por encima de todo por su etapa en el Nápoles, un equipo que no era nadie en Italia hasta su llegada. Con el argentino lograron sus dos únicos ‘scudettos’, una Copa y su único título europeo, la UEFA en 1989.
El Barcelona, en cambio, tiene de centrales a Piqué, que fue atacante en la adolescencia, y a Mascherano, que jugó en el medio del campo para el Liverpool. Mascherano rompe también el viejo molde del central grandote; es uno de los jugadores más pequeños de un conjunto que, según cuentan, es conocido en el vestuario del Real Madrid como “los enanitos”. Y aquí vemos una faceta importante de lo que aporta de nuevo el Barcelona: aunque la disciplina en el campo es total, no se sabe muy bien en qué posición juegan muchos de los jugadores. Se ve la alineación del once inicial en televisión antes de empezar un partido, pero una vez que suena el pitido inicial empiezan a aparecer en los lugares más inesperados. Dani Alves sale en las listas como lateral derecho, pero ejerce más de centrocampista ofensivo, o wing; Iniesta no se entiende muy bien si es un extremo derecho o izquierdo, o si su lugar es el centro del campo; Alexis Sánchez es un delantero centro –el target man más bajito de la historia–, pero se disfraza de extremo; Messi es un falso nueve y mucho más, el heredero directo de Hidegkuti pasando por el todoterreno goleador de Di Stéfano; Fàbregas, ni él mismo sabe cuál debe ser, según los antiguos criterios, su colocación en el campo. Los que marcaron los dos goles del Barcelona en el primer partido de la Copa del Rey el mes pasado fueron el defensa central Carles Puyol (que había sido centrocampista en su juventud) y Eric Abidal, que ejerce de lateral y central al mismo tiempo y metió su gol con el aplomo de un delantero centro y la explosividad de un extremo.

EL ÚLTIMO ESLABÓN.

 Pep Guardiola, en el centro con la Copa de Europa ganada como jugador del Barça en 1992, aprendió la filosofía del fútbol total holandés de su entrenador, Johan Cruyff. Aquel equipo, el llamado ‘dream team’, fue el origen de lo que hoy es el Barcelona del Guardiola entrenador, el equipo del fútbol absoluto. El último escalón evolutivo de este deporte.
En cuanto a Xavi, es, claramente, el director de orquesta en el centro del campo, pero recupera balones como Mascherano cuando jugaba en Inglaterra. Messi también recupera, y con la fuerza y el timing de un lateral de toda la vida. El propio portero, Víctor Valdés, se ve más cómodo en el pase –es a lo que se dedica cuando no está parando balones– que Terry o Carragher. Además, Guardiola –el extremista radical de la filosofía Cruyff, el que impone el orden en el aparente desorden– le obliga a pasar el balón, porque el peor pecado es lanzarlo y permitir que se convierta en balón dividido, que el fútbol se reduzca al azar. La cuestión es minimizar el factor suerte haciendo que todos hagan de todo. Que todos sean jugadores híbridos. Como proponía Cruyff, pero quizá no se atrevía ni él a soñar que en el mundo real se podía. La posesión de balón es el principio sagrado, tanto en defensa como en ataque. Porque si el otro equipo no lo tiene, no hay necesidad de defender. La jugada es como una ola que crece hasta que rompe en las orillas de la portería contraria. Si no acaba en gol, el balón perdido queda lo suficientemente lejos como para no causar desconcierto defensivo.
Cuando los que juegan más atrás saben distribuir el balón, lo que ocurre es que cuando el balón se pierde, se pierde arriba, cerca del área rival. Con lo cual, el otro equipo tiene que recorrer todo el campo, superar todos los obstáculos de un conjunto bajo las órdenes de perseguir el balón como una jauría de perros de presa, para tener posibilidades de generar una ocasión de gol. Es un lenguaje nuevo el del Barcelona; un lenguaje que se aprende en los equipos inferiores del club, motivo por el cual grandes estrellas mundiales como Zlatan Ibrahimovic o Thierry Henry nunca acabaron de cuajar en el grupo e interpretaron el papel del patito feo.

O REI PELÉ.

El jugador del Santos y de la selección brasileña campeona del mundo en tres ocasiones (1958, 1962 y 1970) era la estrella de aquellos equipos, todavía hoy máximo goleador histórico de ambos conjuntos. El fútbol que representa Pelé es el del juego de ataque por encima de todo. La estrategia, aparentemente sencilla. Si el rival te marca dos goles, nosotros marcamos tres. Si son tres, logramos cuatro… Y siempre mediante una técnica nunca vista hasta entonces, maravillosa, como si de los Harlem Globetrotters del fútbol se tratara.
Todo esto no lo entendió Alex Ferguson, el entrenador más veterano de Europa, tras la derrota de su equipo, el Manchester United, la primera vez que se enfrentó a este Barcelona, en Roma, en la final de la Liga de Campeones de 2009. Pensó que su equipo perdió porque tuvo una mala noche. Cuando se repitió la paliza en la final del mismo torneo en Wembley el año pasado, ahí Ferguson se rindió. Entendió que se había enfrentado no sólo al mejor equipo del mundo, sino a uno que representaba un cambio de rumbo en la historia del deporte al que se había dedicado toda la vida. Otra leyenda, Pelé, pensó antes de la final del Mundial de Clubes en diciembre que su Santos tenía posibilidades de ganar al Barcelona. Se equivocó. La estrella del Santos, Neymar (al que Pelé había clasificado como mejor que Messi), también lo vio. Después de perder 4-0 reconoció que el Barcelona le había dado una lección de fútbol.
Lo mismo dijeron los ingleses tras caer derrotados en 1953 contra Hungría. Y son los propios ingleses los que han estado enviando emisarios de sus equipos técnicos a la Ciudad Deportiva del Barcelona esta temporada para aprender el lenguaje (Cesc Fàbregas lo llama el software) de los de Guardiola. Se ha visto a representantes del Manchester City, del Arsenal, del Chelsea y de muchos más equipos europeos observando atentos los entrenamientos del Barça, libreta en mano.

LA DUREZA.

El alemán Franz Beckenbauer representó al primer jugador que siendo defensa sumaba las virtudes de un pasador. El Milan de Arrigo Sacchi, en la imagen junto con Van Basten, triunfó en los noventa mezclando la dureza italiana y la clase holandesa. En aquel equipo también militaban Rijkaard y Gullit.
La influencia de este Barcelona se extiende a los seis continentes. Hoy día, uno va a Liverpool –por poner un ejemplo, ya que sucede igual en Guatemala o Madagascar– y ve jugar a los niños en un enorme terreno en las afueras de la ciudad donde hay 12 campos de fútbol. Algunos niños llevan camisetas del Liverpool o del vecino Ever¬¬ton; pero más aún llevan las camisetas blaugrana del Barcelona. Los entrenadores de los niños, que antes se limitaban a gritar –al clásico estilo inglés– “entra duro”, “pégale con ganas a la pelota”, ahora repiten una y otra vez: “pasa, pasa, pasa el balón”. Bobby Charlton, mito del fútbol inglés y estrella de la selección que ganó el Mundial en 1966, dijo en una entrevista con el diario As este mes que “todos los clubes deberían querer aprender de lo que hace el Barcelona”, cuya filosofía consiste en que “si tienes la posesión del balón y mantienes esa posesión, entonces tienes muchas posibilidades de ganar”.
Los elogios de Charlton, que en su día fue un fanático admirador del Real Madrid de Di Stéfano, demuestran el impacto que está teniendo hoy el ejemplo barcelonés en el país que inventó el fútbol. De la torpeza se ha pasado al refinamiento; de la fuerza, a la técnica; del espíritu del guerrero, a la inteligencia del espadachín. Y a la comprensión de que da igual si el jugador es alto o bajo, fuerte o menudo, con tal de que sepa tratar bien el balón. No se necesita un vehículo cuatro por cuatro, un sedán, un tractor y un fórmula 1. Se puede triunfar jugando con Minis. Los bajitos se defienden ante una mayor envergadura (como mandan los cánones de la naturaleza) siendo esquivos. Se defienden con su destreza, como un torero con su trapo. El tamaño, repetimos, ya no importa.
El Barcelona alimenta el sueño de cada niño que desea ser jugador de fútbol. La totalidad del mundo del fútbol se ha rendido ante la nueva visión del conjunto de Pep Guardiola. La palabra “Barça” ya es una referencia, en boca de todos los columnistas, de los entrenadores, de los jugadores del planeta. Uno dice “el estilo de juego del Barça” y todos saben exactamente de qué se está hablando; la imagen está sellada en el imaginario colectivo global. El Barcelona ha logrado algo más difícil de ganar que cualquier trofeo; ha ganado la admiración universal, incluso, si son honestos y serios, la de una buena parte de los aficionados del Real Madrid. Y la revolución en el campo de juego está dando lugar a una revolución en todos los rincones del planeta donde el fútbol se sigue, señal inequívoca de que estamos, precisamente, ante una nueva etapa en la evolución del fútbol.
El Barça se encuentra en lo alto de esa línea ascendente de la historia del fútbol: desde los inicios primitivos del deporte en el siglo XIX, vía las innovaciones –el nuevo concepto del espacio como clave del triunfo– de Chapman y Pozzo, el 2-3-5, el 4-3-3 y el 4-4-2, el catenaccio, los primeros indicios de fútbol total de los húngaros, luego patentado por los holandeses, al modelo de Ámsterdam perfeccionado que despliega el Barcelona de hoy, y a través del Barcelona a la selección española, campeona del mundo. Se puede trazar una línea directa, incluso, con aquella selección escocesa que empató 0-0 con Inglaterra en 1872. Ese equipo pasador jugó con una formación de 3-7. En una vuelta sorprendente a los orígenes del deporte, lo mismo hace hoy el Barcelona. Pero con una fluidez y variedad y efectividad y belleza de las que jamás podrían haber soñado aquellos honorables pioneros. Siguiendo una lógica darwiniana, se probó de todo. Lo que no funcionó se descartó, y lo que sí, se incorporó. Así se hizo la especie más fuerte. Hay, como dijimos al principio, equipos que llamamos grandes, muy grandes. En tiempos modernos, tras la llegada de la televisión, tenemos al Real Madrid, a Brasil, al Milan, al Liverpool, entre otros. Quizá este Barcelona nunca gane tantas Copas de Europa como el Madrid de Di Stéfano. Quizá por eso algunos puedan llegar a afirmar de manera convincente, pero nunca definitiva, que aquel pentacampeón europeo fue el equipo de clubes más grande de todos. Pero aunque el Barcelona de Guardiola no vuelva a ganar ningún trofeo más –aunque no sume ni uno más a los 13 de 16 ganados en las últimas tres temporadas– ha dejado su sello de manera irrevocable en la historia del fútbol. Nunca nada volverá a ser igual.

Diario El País
Michael Robinson y John Carlin

jueves, 22 de marzo de 2012

VÍCTOR JARA: POETA MÁRTIR DEL PUEBLO CHILENO

Por José G. Martínez Fernández.

Víctor Jara Martínez vivió lo que sólo los criminales fascistas le permitieron: Poco más de cuarenta años.
Tomado prisionero por las hordas de Pinochet fue acribillado apenas a escasos días del funesto 11 de septiembre de 1973, luego de ser torturado en una forma que sólo poseen los más incivilizados.
Había nacido en 1932.
Su canto, su poesía, era fundamentalmente de denuncia, pero también solía mantener un lenguaje alegre en muchos de sus temas.
Él hacía las letras de sus canciones, porque era un poeta.
Un gran poeta que hacía de la lírica una función singular, simple, pensando quizás en todos los que escuchaban sus versos.
Su vida era alegre y la gente le quería en Chile y fuera de Chile.
Muchos no saben de esa alegría que Jara imponía en sus actuaciones.
En esa sonrisa y esos movimientos propios del poeta cantor.
Así como sus asesinos no saben que al matarlo mataban la paz, la lucha por la justicia.
Los fascistas no aman el arte.
Los fascistas aman el poder y la muerte.
El tema más célebre de Víctor Jara es, sin duda, TE RECUERDO AMANDA.
Aquel texto que habla del hombre pobre que al buscar un medio de sobrevivencia se enfrenta a la muerte.
La muerte de Manuel es el símbolo de la injusticia que impone un sistema inhumano.
Amanda es la figura fiel de aquel hombre y de su existencia golpeada.

TE RECUERDO AMANDA

Te recuerdo Amanda,
la calle mojada,
corriendo a la fábrica
donde trabajaba Manuel.
La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo,
no importaba nada, ibas a encontrarte con él,
con él, con él, con él, con él.

Son cinco minutos.
La vida es eterna en cinco minutos.
Suena la sirena de vuelta al trabajo,
y tú caminando, lo iluminas todo.
Los cinco minutos te hacen florecer.

La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo,
no importaba nada, ibas a encontrarte con él,
con él, con él, con él, con él.

Que partió a la sierra.
Que nunca hizo daño. Que partió a la sierra,
y en cinco minutos quedó destrozado.
Suena la sirena, de vuelta al trabajo.
Muchos no volvieron, tampoco Manuel.

He allí cómo Víctor Jara refleja a todo un sector aplastado por el poder del dinero. He allí como él contempla y denuncia las aberraciones de un sistema corrupto.
La poesía de Víctor Jara, el gran poeta y gran cantante, perdurará en el tiempo, mientras sus verdugos van cayendo a la fosa con la única cosa que tuvieron en las manos: la sangre de sus víctimas.
Tras su muerte su nombre se universalizó.
José G. Martínez Fernández