miércoles, 1 de junio de 2011
CHILE: EL CIRCO GUBERNAMENTAL Y EL CIRCO OPOSITOR
Mi país es un país muy inconsciente de su realidad. Vivimos como en una galaxia.
Decimos Alianza y Concertación, para hablar de los dos ejes de mala calidad que mueven el teatro de Chile, pero no comprendemos mucho de que personajes están o estuvieron en escena.
Unos de allá, otros de acá. No hay más. Parece.
Posesionada la Derecha del olor fascistoide en el gobierno, es responsable en gran parte de mucho de lo malo que le ocurre a nuestro país.
¡Qué cierto es ello!
Pero malo sería olvidar que Chile viene sufriendo sus dolores desde hace muchísimos años, desde que el siniestro Pinochet bombardeó la Moneda, causó la muerte del Presidente Allende, mató e hizo desaparecer a más de tres mil chilenos y encarceló a cientos de miles de otros compatriotas, mientras otros partían al exilio.
Pero muchos de esos exiliados volvieron y con la camisa más larga y más lustrada y con las ideas muy cambiadas. ¡Perfectos socialdemócratas! Pero ello no habría sido malo si al menos -por decencia- hubieran estado al margen de intervenir en los asuntos de los chilenos tal como lo hicieron afectando a MILLONES de otros nacionales.
Como la dictadura hizo "mal uso de las platas públicas" lo mismo realizó la Concertación, con la venia de tanto ex-exiliado que ocuparon Ministerios, Subsecretarías, Seremías, Intendencias y cuánto cargo público hay...
Allí están Enrique Correa, José Viera-Gallo, Garretón, y tantos otros que hoy son grandes empresarios o los asesoran.
En esos puestos también cupieron hombres que "gozaron la dictadura" como Edmundo Pérez Yoma, latifundista, que mientras robaba el agua a los pequeños agricultores, en la Quinta Región, hacía la vista gorda a lo que hacía su hermano Francisco: construir las famosas casas COPEVA que, a la primera lluvia de invierno, se inundaron todas. Eso en plena Concertación.
Esa Concertación fue la misma que tuvo en diversos Ministerios a Soledad Alvear, quien hizo la vista gorda mientras un pariente suyo se enriquecía en Ferrocarriles.
Lo mismo ocurrió en CORFO, la que en vez de ayudar a los pequeños empresarios, dilapidó CIEN MILLONES DE DÓLARES, mientras ocupaba un puesto central en ella Gonzalo Rivas, yerno de Ricardo Lagos.
No ha existido gobierno en Chile que, desde Pinochet a Piñera, haya dejado de lado la corrupción.
Y bajo este gobierno basta con mirar a la Intendencia del Bío-Bío, al Ministerio de la Vivienda, Ministerio de Obras Públicas, Ministerio de Cultura, para saber que la gran rueda del "robarás" es real.
Este país mío, tan hermoso en naturaleza y tan espoleado.
Y para rematar en Chile no hay justicia real, aclaratoria de esos y otros hechos. La justicia no es una dama ciega. Es una burra preocupada de mamar y mucho... como los malos políticos que echan todo los días estiércol a la verdad.
Mi patria, mi dulce patria, está marcada por una nube llena de políticos oscuros, mediocres y farsantes...Si se salva alguno que levante la mano. Y si un juez o un Supremo trabaja honestamente que también levante la mano.
José G. Martínez Fernández
miércoles, 20 de octubre de 2010
Premio de Periodismo Embotelladora Andina 2010:
Con cada palabra que leía Nibaldo Mosciatti, el rostro de la ministra de la Secretaría General de Gobierno, Ena von Baer, se descomponía cada vez más. Lo mismo le pasó a Juan Claro, presidente del directorio de Embotelladora Andina que la acompañaba en la testera, y a los militares, empresarios y autoridades invitados. Era la 31ª versión de una ceremonia formal y protocolar, la entrega del Premio de Periodismo Embotelladora Andina 2010, donde el periodista de Radio Bío Bío era el invitado de honor, el galardonado por su trayectoria. Pero el protocolo se esfumó apenas comenzó su discurso. Desde un comienzo, Mosciatti disparó contra la Universidad Católica, la Iglesia, la dictadura, los militares y los periodistas al servicio de las relaciones públicas y el poder. A éstos últimos los retrató desde “un rincón un poco humillante, como esas casuchas para los perros guardianes, que te guarece de la lluvia pero que incuba pulgas y garrapatas, pero allí nunca falta el tacho con comida”. El calibre de sus palabras provocó que la ministra Von Baer, quien habló a continuación, se saliera de libreto para replicarlo. Lea aquí el discurso completo de Nibaldo Mosciatti.
Como el orden de los factores SÍ altera el producto, este discurso comienza así: ¡Familia!, Constanza y retoños, amigas y amigos, queridos auditores, añorados lectores, circunstanciales televidentes, jurado del premio, embotelladora del premio (siempre hay que ser bien educado), autoridades varias y vagas; autoridades en la vaguedad. O sea, en la distancia. Amablemente.
Este texto consta de tres partes. A saber: agradecimientos, reflexiones sobre el oficio y, finalmente, piloto para un espacio de radio de trasnoche. Vamos, pues…
1.- Agradecimientos:
Quiero agradecer a mis maestros. A los que, primero, me enseñaron. Quiero agradecer a mis padres. El rigor de la Loli y la fantasía de Pocho. La perseverancia y pasión de ambos. El aprendizaje de ver pasar el río, de plantar algunos árboles. El vivir la vida sin ambición por el dinero, ni ínfulas sociales.
En este oficio de periodista quisiera haber heredado una pizca del talento, la sensibilidad y la rebeldía de mi padre. Sin esas cualidades, el periodismo se convierte en otra cosa: en una simple reproducción de discursos, en un engranaje más de las máquinas de los poderes y los poderosos, en esa cosa amorfa, triste, gelatinosa, y, a veces, ruin y malvada, que son las relaciones públicas o todo tipo de comunicación que está al servicio de unos pocos en detrimento de la mayoría anónima.
Quiero agradecer, andando ya el camino, a algunos profesores. De mi colegio: Lamiral, Varela, Tolosa, Fierro, Boutigieg, Pilon, Biancard. La añoranza de ese espacio de libertad cuando la libertad escaseaba.
Y de la Universidad… allí, en verdad, gracias a pocos. Es más, si hablo largo terminaría a los garabatos y repudiando a muchos de esa Universidad Católica, la UC de aquella época, puta prístina de la dictadura, con sus sapos, sus silencios cómplices, sus injusticias mofletudamente bendecidas, bendecidas por sus monseñores y sus autoridades venenosas que no se arrugaban en tolerar, avalar y alentar la brutalidad para preservar el orden, que era un orden chiquitito, orden sólo de ellos.
Doble mérito entonces para mis profesores de la Universidad a los que agradezco: Juan Domingo Marinello, Cacho Ortiz, Gustavo Martínez y los Óscares: Saavedra y el RIP González, lo que no es maldad, porque todos nos vamos a morir. Así es que RIP nomás.
Y, en el oficio, más gracias. Gracias a algunos que me apuntalaron, mostrándome matices de dignidad: Salvador Schwartzmann, Jaime Moreno Laval, Mario Gómez López, Gabriela Tesmer.
Los otros, los amigos que me enseñaron y que, por sobre todo, quiero: Andrés Braithwaite, el mejor editor de prensa escrita que haya conocido nunca; Pancho Mouat; los laberintos del pensamiento de Ajens; Pablo Azócar y el filo de su pluma; Rafael Otano y su erudición que te obliga a ubicarte donde siempre debe ubicarse un periodista, que es en la ignorancia; y Patricio Bañados, que me ha mostrado el valor de las convicciones y la decencia que debería imperar en este medio. Pero ustedes lo saben: NO impera.
En cuanto al premio mismo, gracias al premio, que permite esta convocatoria. Así veo a gente que quiero. Premio gracioso y gaseoso. Tan gracioso que creí que era pitanza. Premio de fantasía y bebestible, para mí, que me ufano de haberme criado bebiendo agua de un pozo alimentado por una napa subterránea que desciende al río Bío Bío desde la cordillera de Nahuelbuta. Agua pura.
Gracias, entonces, al jurado que me eligió. Gracias sinceras porque, por lo demás, no he postulado a premio alguno, lo que me indica que mi nombre les salió del corazón. O de la razón, lo que no sé si es mejor o peor, todavía.
Y gracias a la empresa que da el premio. Premiar periodistas es labor samaritana. Mejor que el Hogar de Cristo o la Teletón, en la medida en que no se convoque, paradójicamente, a la prensa.
Sugiero a la embotelladora que también se incluya, en galardones paralelos, a zapateros remendones, desmontadores de neumáticos en vulcanizaciones, panaderos, imprenteros, empastadores de libros, ebanistas y expertos en injertos de árboles frutales, para que se consolide la idea de que lo que se premia es el ejercicio de un oficio, el día a día de las letras, y no la ruma de certificados, con sus timbres y estampillas, ni la galería de cargos, ni, menos todavía, la trenza de contactos, pitutos, militancias, genuflexiones (para no usar imágenes obscenas) favores y deudas. Así debiera ser.
En suma, muchas gracias. Gracias por mí, pero también gracias por La Radio. Este premio es, en gran parte, mayoritaria parte -seamos sinceros-, un premio a Radio Bío Bío. Un premio a un proyecto que nació en 1958, en Lota, con radio El Carbón. Un proyecto que mi padre no sólo ideó, parió, construyó, afianzó y encauzó, sino que es un proyecto que sigue siendo fiel –y esperamos no tropezar nunca en ello– a lo que mi padre quiso. Eso es lo que más se merece un premio: la idea de un medio de comunicación al servicio de la gente, sin cálculos, sin ideas de trampolín para lanzarse a otra piscina. Señoras y señoras, muchas gracias.
2.- Reflexiones sobre el oficio:
Lo primero es que trataré de evitar, probablemente, sin éxito, el peligro de todo discurso, que es terminar pontificando. Imagínense: yo de pontífice. Pondría mis condiciones eso sí: fin al celibato y, por supuesto, me negaría a usar esas polleras que usan los pontífices. Báculo sí usaría: más de alguno con que me cruzo merece un garrotazo, y los báculos papales y obispales, a veces pesados con tanto oro, deben ser buenísimos para tal efecto.
Bien, no nos desviemos, aunque el tema provoque curiosidad malsana.
Entonces: evitar pontificar. Porque el periodismo debiera estar lo más lejos posible de los pontífices: los de las religiones, la política, los negocios, la banca, el capital, la revolución, la involución, las dietas, las verdades reveladas, las ideologías, la numerología y tantos etcéteras. O sea, lejos de las certezas. El periodismo sólo se sostiene en su falta de certidumbres, en la duda permanente, en el escepticismo, en la incredulidad.
Vivir poniendo en duda todo puede, es cierto, generar angustia. Pero si no se busca el poder, la certeza mayor que te da el poder y, por consiguiente, la posibilidad del abuso –porque eso es el poder: la posibilidad de abusar–; si no se busca esa certeza, se puede vivir de lo más bien.
¿Cómo vivir en el ejercicio de la duda? Aventuro una respuesta: haciéndolo desde la sensibilidad. Sensibilidad para entender al otro. Hacer el ejercicio de despojarse de lo propio –las ideas, los odios, las fijaciones– para intentar reconocer, conocer, entender lo ajeno.
Hay, al menos, dos periodismos. Voy a dejar fuera a esa manga de serviles que, por opción (libero de culpa a los que no tuvieron alternativa), fueron útiles plumíferos de la dictadura. Siempre he sostenido que en dictadura, hacer periodismo es hacer oposición. Si yo pretendiera hacer periodismo en China, hoy, sería agente opositor (y qué bueno que el Premio Nobel de la Paz se haya otorgado a un disidente chino).
Bueno, dejando de lado esto, repito que hay, al menos, dos periodismos: Uno, el que le habla a la gente, porque piensa en la gente y siente que está al servicio de ella. Otro, el periodismo que le habla a los poderes, porque vive en ese rincón restringido y cálido –pero nunca gratis– que los poderes guardan a ese periodismo. Es un rincón un poco humillante, como esas casuchas para los perros guardianes, que te guarece de la lluvia pero que incuba pulgas y garrapatas, pero allí nunca falta el tacho con comida. Sabe mal, pero alimenta. Y, en general, engorda.
Lo que entiendo por periodismo es lo primero: el periodismo es un ejercicio de antipoder. Repartir, difundir, democratizar la información que, si es tenida en reserva por unos pocos, constituye poder. ¿No les suena acaso la figura de “uso de información privilegiada”?
Mi convicción, entonces: lejos de los poderes, que el poder corrompe. Y a más poder o más dinero, más corrupción.
De lo mucho que le debo a mis lecturas –en rigor no he hecho más que repetir cosas que he considerado inteligentes y por otros dichas–, le debo a Albert Camus la mejor definición de patriotismo. Si la bandada de sujetos vociferantes que se dicen patriotas se aproximara a esa definición, algo de eso que se sueña como humanismo sería factible. Escribió Camus, a propósito de la resistencia francesa a la ocupación nazi:
“Fue asombroso que muchos hombres que entraron en la resistencia no fueran patriotas de profesión. Pero el patriotismo, en primer lugar, no es una profesión. Es una manera de amar a la patria que consiste en no quererla injusta y en decírselo”.
Uno podría cambiar el término patria por humanidad y patriotismo por humanismo. Y uno podría considerar que ese ejercicio de humanismo es el buen periodismo.
Para no subirse por el chorro, una advertencia: muchos periodistas estaban o están convencidos que el periodismo es la palanca o instrumento para generar un cambio social. Nica. O sea, no. Quienes piensan así exhiben, quizás sin darse cuenta, una arrogancia y un mesianismo temible. Allí no hay duda, ni cuestionamiento. Los cambios los hacen los pueblos, no el periodismo. Tratemos –termino igual como empecé–, tratemos de no pontificar.
3.- Piloto para un espacio radial en el trasnoche. ¡Invito a que me acompañe (en saxo) Nano González!
¿Por qué te premian? ¿Porque ya eres suficientemente viejo? ¿Por qué ya lo que dices son puras boludeces y tus dichos perdieron filo, agudeza, desparpajo, y te repites como un viejo gagá que no dice nada nuevo ni nada que escandalice? ¿Por eso te premian, porque la lengua te la comieron los ratones? O, mejor dicho, ¿porque tu lengua se pudrió, de desprendió, añeja, agria, inútil?
Sobrevuelas un pedazo de tierra, hermoso por lo demás (bueno, hermoso en lo que va quedando de hermoso, porque lo otro ya lo arrasaron) y te dicen: mira, esa es tu Patria. ¿Qué es eso? ¿Una Patria, La Patria, tu Patria? ¿Para despedazarla y repartirla? ¿Para prohibirla, censurarla, amordazarla? Será mejor, entonces, no tener Patria, y ahorrarnos uniformes, paradas militares, desfiles, aniversarios, profesionales ociosos de la guerra. No, no, no; mejor así: que los militares sigan siendo ociosos y que no ejerzan su trabajo. Digo: no a la guerra. Y agrego: mar para Bolivia, y con soberanía.
En cada uno de nosotros habita ese lobo que ve a los otros como ovejas, y quiere devorárselas. Pero no nos engañemos, los lobos son los lobos de siempre. Se les reconoce por el hedor que van dejando sus meados. No trates de domesticar al lobo. Sácale lustre, aliméntalo con carne cruda y no lo retengas cuando llegue la hora de las dentelladas. ¿Se acuerdan de ese coro, auténtico, maravilloso, porque ponía en duda el orden que es, como todo orden, en el fondo, una prisión? El coro decía: ¡va a quedar la cagada, va a quedar la cagada, va a quedar la cagada…!
Nosotros, asesinos. Esa cualidad última es la que se promueve. No veas al otro como un socio, olvídate del concepto de prójimo (salvo cuando vayas a ese teatro vacío que se llama iglesia). Gánate un espacio, desplazando a otro. Es una lógica asesina. Bienvenidos al carrusel de los depredadores. Nuestro futuro está escrito: feliz regreso al canibalismo.
¿Dónde están los que no están? Bueno, yo lo sé, porque así lo siento: en ningún lado, por algo no están. Chau, listo, se acabó… Pero están. En nuestros recuerdos, en la memoria. Me gustaría que estuviera aquí Galo Gómez. Galo Gómez hijo. Romántico y pendenciero, pero tan buen tipo que sus peleas eran pura bondad. Galito, ¿te mataste o te mataron? No, parece que fue la borrachera y el exceso de velocidad. Te mataste, entonces. Te echo de menos.
Luciérnagas en la noche. Bajo los boldos, vuelan encantadas las luciérnagas de mi niñez y juventud. No las vi por años, casi décadas, hasta que una noche reaparecieron. Allí, en la orilla del Bío Bío. ¡Luciérnagas en la noche de nuevo! Como un mensaje que dijera: no todo está perdido, no todo es derrumbe. La sobrevivencia de las luciérnagas como metáfora de la supervivencia de lo hermoso, de los sueños, de que sigan existiendo luciérnagas para los futuros niños.
Y sí… Quisiera volver a ser un niño. Vivir, aunque sin saber, que todas las posibilidades del mundo están abiertas y disponibles para mí. Eso es la niñez: la infinitud de rumbos, la ausencia, por el momento, de condicionamientos, directrices, guías. El primer día de colegio es el primer navajazo a esa infinitud. Quisiera volver a ser un niño, antes del colegio. Niño, niño. Puro horizonte, posibilidades infinitas. Quisiera ser niño. ¡Y sin premio!
Muchas gracias.
martes, 8 de diciembre de 2009
La bacteria asesina que mató a Frei Montalva:
Por Sergio Campos, periodista
Columna de opinión publicada en el sitio Internet de Radio Cooperativa, de Chile.
El miércoles 27 de agosto de 1980 se me apareció en la mente cuando supe la noticia del procesamiento de 6 sujetos vinculados al régimen militar, por el asesinato del Presidente constitucional de Chile (1964-1970) Eduardo Frei Montalva. El líder democratacristiano sería protagonista de una protesta de grandes proporciones en el Teatro Caupolicán de Santiago. Contra un plebiscito que pretendía otorgarle legitimidad a la dictadura, mediante la aprobación por secretaría de una Constitución fabricada entre gallos y medianoche.
Esa tarde desde temprano el recinto de calle San Diego fue rodeado por policías uniformados y de la policía secreta, para intimidar a los chilenos que se atrevieran a desafiar las pretensiones autoritarias, de una consulta ciudadana al más puro estilo de las dictaduras más oprobiosas: no habría registros electorales.
Frei había dicho desde Sao Paulo, antes de regresar a Chile, que semejante plebiscito no era más que una maniobra del régimen de facto para perpetuarse en el poder.
Su discurso en el Caupolicán, repleto de chilenos que querían recuperar la democracia, marcó un antes y un después y al mismo tiempo, sin saberlo, Frei Montalva, marcó su sentencia de muerte con la bacteria asesina, que sería diseminada en su cuerpo con una red de complicidad para cometer un crimen “casi perfecto”.
Después de 27 años se nos viene a la memoria la figura del hombre que desafió al dictador a debatir la legitimidad de la convocatoria, en una noche de fervor ciudadano. Ese día trasmitiríamos el discurso a todo el país a través de una red voluntaria de emisoras, ya que el Pro Gran Canciller de la Universidad Católica Jorge Medina negó semejante posibilidad a través de Canal 13.
La Cooperativa tomó sus recaudos y contrató dos líneas telefónicas a la Compañía de Teléfonos de Chile.
Comenzó la transmisión y al poco rato se interrumpió la comunicación por la “línea 1″, pero quedó en al aire la “línea 2″. Rápidamente los agentes de la dictadura detectaron el canal de transmisión y también “lo cortaron”. La radio siguió en el aire, para sorpresa de los censores del régimen que operaban en la impunidad. Eran dos gentiles vecinos que habían puesto sus teléfonos a disposición de la radio, pero al correr de la noche, también fueron detectados y los cortaron uno por uno. Y la radio siguió en el aire.
Lo que no sabían los agentes de seguridad era que la Radio Cooperativa había contactado a otra empresa para transmitir vía microondas, que recién operaba en forma experimental. La transmisión llegó al final sin contratiempos y los chilenos entre el miedo y la esperanza, pudieron escuchar el discurso íntegro, desde el primer acto público masivo, que marcaría una senda para recuperar los valores republicanos, pero que al mismo tiempo, terminaría con la vida del ciudadano Frei Montalva, que se atrevió a desafiar al dictador y los civiles que le acompañaron en la aventura.
El magnicidio ordenado por los dictadores se sumaría a los crímenes contra Orlando Letelier, el Gral. Carlos Prats, Tucapel Jiménez, Bernardo Leighton y su esposa Anita Fresno -quedaron graves en Italia- y tantos otros chilenos, degollados, fusilados sumariamente, lanzados al mar…en fin, en la más grande embestida contra los derechos humanos, que Chile, conoció en su historia.
A Eduardo Frei Montalva le quitó la vida una bacteria asesina, la del terrorismo de Estado. La justicia está diciendo su verdad, después de muchos años. Pero una verdad necesaria.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Implicado en Caso de Detenido Desaparecido italiano
ROMA.- La segunda audiencia del primer juicio por la desaparición del ex sacerdote chileno-italiano Omar Venturelli, detenido el 25 de septiembre de 1973, finalizó hoy en Roma con la negación de la custodia fuera de la cárcel para el ex fiscal militar de Temuco Alfonso Podlech, (75) quien está imputado en el caso.
Ante las peticiones de los abogados defensores, los jueces debatieron hoy si Podlech podría obtener el arresto domiciliario o vivir en una casa tutelada, a lo que la acusación replicó que el ex fiscal podría huir.
La abogada de la acusación, Marta Vignola, afirmó que si el tribunal le otorgaba el arresto domiciliario "existía el peligro de huida a Chile" -donde Podlech no está perseguido por la Justicia-, con el agravante "de la posibilidad de modificación de pruebas".
El caso contra Podlech se remonta a julio de 2006, cuando la familia de Omar Venturelli presentó una querella contra Augusto Pinochet -fallecido en diciembre del mismo año- y el ex fiscal militar.
Previamente, en 1998, la Fiscalía italiana había abierto una investigación para esclarecer la desaparición de cuatro ciudadanos italo-chilenos durante el gobierno militar, entre ellos la del ex sacerdote.
Venturelli se presentó voluntariamente en el regimiento "Tucapel", de Temuco, tras enterarse por una emisora de radio local de que era requerido por las autoridades castrenses.
El ex sacerdote -que entonces tenía 31 años, estaba casado y era padre de una niña- fue trasladado posteriormente hasta la cárcel de Temuco, donde fue visto por otros presos hasta el 4 de octubre de ese mismo año, fecha en que se perdió su rastro.
Un documento firmado por Alfonso Podlech señaló que Venturelli había sido liberado, pero nunca más se supo de él.
El ex fiscal militar fue detenido el 27 de julio de 2008 en el aeropuerto madrileño de Barajas, en cumplimiento de una orden europea de detención y entrega emitida por las autoridades italianas, y el 13 de agosto fue extraditado a Italia desde España y encarcelado en la prisión de Rebibbia (Roma).
La mujer y la hija de Venturelli asistieron hoy al juicio, cuya próxima audiencia se celebrará el 9 de diciembre.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
EL SUCESO JAMÁS DICHO SOBRE EL CRIMEN DE CALAMA
por José G. Martínez Fernández.
¿Quién mandó a matar al cajero Yáñez? En Antofagasta ha existido siempre una mafia que ha protegido a los hampones estatales, especialmente a los de la dictadura…pero lo singular es que los que les sucedieron: siguen igual juego. La justicia de la Segunda Región fue responsable de la muerte de Yáñez y del Agente Martínez.
En Antofagasta han de estar los tribunales más corruptos de Chile. A ellos se debió que el cajero Sergio Yánez fuera una víctima más de la dictadura.
En diciembre de 1980 un asaltante solitario se hizo presente en el Banco del Estado de Chuquicamata y a punta de revólver asaltó la sucursal.
El hombre huyó…y nunca fue ubicado.
Ese hombre se llamaba Fernando Villanueva Márquez y está muerto. Es el hermano de Eduardo Villanueva, fusilado en octubre de 1982, y de Saniel, quien ahora está en libertad.
Cuando se produjo el asalto al Banco, Yáñez reconoció al delincuente…Expuso su situación en Antofagasta, porque no se atrevió a hacerlo en Calama, por el alto riesgo que significaba que allí operaba la CNI que encabezaba Gabriel Hernández Anderson, quien urdiría –junto a Juan Delmas Ramírez- el gran robo al Banco (poco más de un millón de dólares para la época).
Sergio Yánez vio al asaltante y desde un principio supo que se trataba de uno de los hermanos Villanueva. Pero decir eso a la policía de la época equivalía entregarse él, al ser denunciado por Eduardo y Saniel Villanueva, hermanos del asaltante y miembros de la CNI.
El miedo que acorraló a Sergio Yáñez es obvio. Estaba contra muchos muros: las policías y la CNI de Calama.
En un acto desesperado Sergio Yánez se presentó, como dijimos, en Antofagasta días después del robo de diciembre de 1980. Allí trató de entrevistarse con los magistrados de los Juzgados del Crimen y Civiles…Su temor lo hizo recurrir a todo…pero nadie escuchó su voz…
Poco después el asaltante solitario –Fernando Villanueva- desapareció. Su hermano Eduardo juró venganza. Decía que los asesinos de Fernando eran detectives.
Los nombres de ellos han permanecido casi en la impunidad, aunque en mi libro CALAMA, EL CRIMEN DEL SIGLO, yo señalo sus apellidos.
Esta noticia de la búsqueda de amparo o asilo me llega de golpe por dos amigos periodistas de la zona que realizan una investigación importante para mí.
Sergio Yáñez –y con él el cajero Martínez- se habrían salvado, ya que si los aparatos judiciales de la época hubiesen actuado, los criminales de la CNI no podrían haber cometido tan horrendo doble crimen.
Los compromisos POLICÍA CIVIL-POLICÍA POLÍTICA y JUSTICIA de la época son responsables de este grave hecho. ¿Acaso no fueron también ellos los que no aceptaron las declaraciones de una joven comunista que fue violada por los CNI, basándose los aparatos señalados, que eso no tenía nada que ver con el caso de los bancarios?
Hoy en día todavía hay elementos en los tribunales de Antofagasta que son responsables de no haber permitido a Sergio Yáñez haber denunciado a Fernando Villanueva y que, por lo mismo, son responsables de su muerte y la del Agente Martínez.
¿Cuándo se investigará esta unión POLICÍA CIVIL-JUSTICIA ocurrida en Antofagasta? Muchos de sus autores están vivos. Y todavía opera la POLICÍA POLÍTICA , aunque nos cuenten otra historia.
José G. Martínez Fernández.
lunes, 29 de junio de 2009
VICTIMARIO DE CALAMA: “ANIMITA”
Gabriel Hernández Anderson fue fusilado en 1982. Está sepultado en Arica. Primero permaneció en un nicho de un cuartel colectivo, hoy está en el mausoleo familiar.
Allí hay varias inscripciones que lo catapultan como “animita”.
En 1983 investigué bastante para mi libro “Calama: el crimen del siglo”, el que sólo pude publicar ocho años más tarde, debido a diversos hostigamientos de los aparatos de seguridad de la dictadura.
En efecto el original “Calama: el crimen del siglo” fue un rehén más en manos de agentes de los aparatos de inteligencia, sufriendo sustracciones de fotografías, cartas y otros documentos importantes; algunos de los cuales, por suerte, tenían copias, que se integraron al libro.
Entre quienes entrevisté para el mismo estuvo el padre de Hernández, abogado de igual nombre que su hijo. Él fue quien luchó en tribunales por Gabriel y sus cómplices. Lucha inútil porque, perdido el caso, Hernández y su mano derecha, Villanueva, fueron fusilados en Calama el 22 de octubre de 1982.
¿Razones de la condena? Secuestro y asesinato de dos bancarios, luego de sustraer una cantidad de dinero que superaba el millón de dólares de Banco del Estado de Chuquicamata, hechos ocurridos a comienzos de 1981.
Hoy, cuando recorro el Cementerio Municipal de Arica, encuentro allí el mausoleo de los Hernández Anderson y en el mismo placas pequeñas que agradecen a Gabriel algún hecho milagroso.
Antes Gabriel Hernández Anderson estuvo sepultado en un nicho de un cuartel del mismo cementerio, al igual como su cómplice Villanueva.
Muchos favores ha concedido el brutal victimario de los bancarios, según el mito popular.
“Gracias Gabrielito por favor concedido”, “Gracias por salvar a mi hijo Manuel” son inscripciones de dos de varias placas, algunas que ya son ilegibles.
Peculiar comportamiento de nuestro pueblo –y de todos los pueblos- el victimizar al victimario…Un comportamiento, obviamente, que no es genérico.
También las víctimas –Martínez y Yáñez- son “animitas” para mucha gente.
Contrapuntos de personas que buscan el propio o cercano bien a través de ciertas solicitudes, razones que este articulista no entiende, pero que mucho respeta.
José G. Martínez Fernández.
sábado, 16 de mayo de 2009
James Bond y Pinochet eran "hermanos de sangre"
Por Felipe Berríos
Publicada en el diario El Mercurio de Santiago de Chile
Los días pasan con una calma nocturna hasta veinte minutos después de la puesta de sol. Entonces comienza el intenso ritmo de la rutina científica de los astrónomos que miran y estudian el universo en el observatorio Paranal, en el norte de Chile. Pero esa calma diurna se vio interrumpida por el ajetreo de gente extraña al quehacer científico y a los habituales pequeños grupos de visitantes. Previo a los permisos correspondientes, una horda de gente ligada al cine irrumpió para realizar el rodaje de una película. Se trataba de la filmación de Quantum of solace, cinta de la famosa saga de James Bond. Algunas de las tomas de este filme tenían como escenario el norte de Chile. Los parajes del desierto chileno en la ficción de la película correspondían a Bolivia, donde se planeaba un golpe de Estado. El actor que encarna a Bond justificó que parte de la filmación se situara en nuestro país argumentando: “Esto de verdad no existe en ningún otro lugar del planeta”. Tenía razón: nuestro país ofrece lugares únicos para recrear todo tipo de ambientes especiales para una película de ese tipo.
Pero podría haber otra razón para escoger a Chile como contexto para una película de un agente secreto. Más allá de los paisajes sugerentes, nuestro país fue por años el triste escenario donde no en ficción, sino que de verdad, actuaron agentes secretos. Estos funcionarios, al igual que James Bond, eran agentes encubiertos del Estado y que también poseían “licencia para matar”. La denominación “007” del agente británico es el cruel código secreto que otorga licencia para matar al amparo del Estado, pero con “discreción”. Semejantes a Bond, los agentes chilenos usaban códigos, nombres falsos, tenían tecnología y recursos para sus misiones, así como también se les advertía que si por alguna razón eran descubiertos sus jefes negarían toda vinculación con ellos. Tal vez destaca la diferencia que nuestros agentes no tenían el glamur que distingue a Bond y no seducían a las mujeres para sacarle información, sino que las torturaban y violaban. Pero los agentes criollos eran macabramente más completos que el agente británico, pues, junto a la licencia para matar, también se les permitía hacer desaparecer.
Todos quisiéramos dejar atrás esta sórdida y escalofriante etapa de nuestra historia que no fue la ficción de una película, sino una realidad tristemente amparada por el Estado y los tribunales de justicia. Como país nunca podremos superar estos hechos si no enfrentamos la verdad. Por eso duele que todavía haya chilenos que, basados en casos puntuales de sinvergüenzas que inventaron desaparecidos, pongan en duda la magnitud y la verdad de estos hechos, cuyos responsables han entorpecido la búsqueda de la verdad.
Que una película de James Bond se ambientara en Chile nos puede ayudar a recordar que en el país hubo muchos Bond con macabras licencias. No olvidar permitirá que esto no vuelva a pasar en nuestra patria, hará posible hacer justicia, como también perdonar, y podrá ser para los familiares de las víctimas “Un poquito de consuelo”, como se pudo haber traducido el título Quantum of solace.
Felipe Berríos
Nota de la Redacción:
Paradojalmente esta columna de opinión (escrita por el sacerdote jesuíta Felipe Berríos) fue publicada por el diario "El Mercurio", quizás en su afán de mostrar cierto grado de "pluralismo". Llama la atención, pues dicho medio de comunicación colaboró en el derrocamiento de un gobierno elegido por la ciudadanía y con la instauración de la dictadura militar, con todas sus secuelas de terror y muerte. Prensa-Abierta, al más puro espíritu de Drake, la ha "pirateado", pues vale la pena. Dicha columna demuestra que Pinochet y sus agentes, eran "hermanos de sangre" con el mítico James Bond, aunque éste -se supone- lucha contra "los malos". En cambio, la dictadura persiguió a quienes defendieron un gobierno democrático, a los desposeídos y explotados y a quienes denunciaban el crimen, la tortura y la alta corrupción.
miércoles, 4 de febrero de 2009
Réplica a columnista Gonzalo Rojas

indemnización al MIR
(Cartas a "El Mercurio")
(Martes 27 de Enero de 2009)
Indemnización a miristas
Señor Director:
No causa extrañeza que Gonzalo Rojas, reconocido apologista de Augusto Pinochet, dedique su columna -en la página editorial de "El Mercurio" del pasado 21 de enero- a burlarse de nuestro reclamo para que les sea otorgada una modesta pensión a los exonerados políticos del MIR. Chilenas y chilenos que, desde jóvenes, entregaron gran parte de su vida a la resistencia contra la dictadura militar y a la recuperación de la democracia en nuestro país. Por si el señor Rojas no lo sabe o no lo quiere recordar, más de mil miristas fueron asesinados por los agentes de la dictadura, y muchos miles más fueron torturados y expulsados del país junto a sus familiares.
Hay una auténtica ironía en la que sí podemos coincidir con Gonzalo Rojas. El hecho de que para reparar a socialistas, comunistas, miristas, y a muchos otros chilenos que sufrieron el rigor de la dictadura y se sacrificaron en la lucha contra un gobierno inconstitucional y opresor, haya que inventar la figura de "empresas" (aunque a los defensores del neoliberalismo no debería molestarles). En cambio, quienes violaron la Constitución, ensangrentaron sus manos aniquilando y persiguiendo a otros chilenos, asaltaron las arcas fiscales para apropiarse de grandes industrias privatizadas a huevo e inventaron las voraces isapres para profitar de las imposiciones de millones de conciudadanos, se jubilan con el pago generoso de ese mismo Estado con los impuestos que pagamos todos. Ésta es la verdadera ironía de la historia reciente de nuestra patria: que al cabo de 20 años de "democracia" siga siendo castigada la víctima y se premie al victimario. Para ser justo, le concedo a Gonzalo Rojas que en esto también tienen responsabilidad los políticos opositores que traicionaron la gesta democrática de los de abajo y se concertaron con los militares y la derecha para co-gobernar civilmente esta desigual y egoísta sociedad. Y eso no tiene novedad alguna, pues se ha repetido muchas veces en estos casi doscientos años de la República de Chile. Es verdad.
Andrés Pascal Allende
La dictadura aún está viva


LA DERECHA Y SUS SOMBRAS
Por Carlos Peña (*)
(Este artículo fue publicado en el diario "El Mercurio" a raíz de las denuncias de la diputada Rubilar en torno a la supuesta existencia de falsos detenidos desaparecidos, acusación que se basó en falsa información entregada por Manuel Contreras, ex director de la DINA, actualmente en prisión condenado por innumerables crímenes durante la dictadura de Pinochet).
Las violaciones a los derechos humanos están rodeadas de mentiras y cobardías, y no precisamente de las víctimas. En medio de ese panorama, lanzar, como lo hizo una diputada, denuncias negligentes -basadas en alguien tan confiable como el ex general Contreras- es simplemente inaceptable. Especialmente si el sector que las formula nunca puso un empeño similar en condenar esos hechos y al régimen que los amparó.
Las denuncias de la diputada Rubilar -ni siquiera alcanzan la estatura de la maldad: apenas son torpes- permiten revisar uno de los temas más incómodos de la democracia chilena.Como todos sabemos, en Chile se hizo desaparecer personas, se ejecutó a otras y se torturó. Y todo ello por motivos políticos. Durante años la afiliación ideológica -al margen de lo que usted hiciera o dejara de hacer- hizo peligrar la vida.De todo ello -además de las víctimas de violencia política- hay amplia constancia.Primero fue la Comisión Rettig, luego la Comisión Valech. En momentos muy distintos -la primera en plena transición, la segunda una vez que la democracia se había consolidado- arribaron a lo mismo: los derechos humanos más básicos se maltrataron por motivos políticos. Y aunque en esta materia los números no son decisivos, son igualmente espeluznantes: la Comisión Rettig recogió evidencia de 2115 víctimas de violación de derechos humanos (desaparecimientos, ejecuciones, torturas con resultado de muerte); la Comisión Valech recogió 30.000 testimonios de torturas.No hay, a lo largo de todo el país, un abismo más grande que esa herida.Al mirarla -según consta en el Informe Rettig- casi nadie tiene motivos para el orgullo: ni los medios de comunicación, ni el Poder Judicial, ni las Fuerzas Armadas, ni las fuerzas políticas. Por cobardía, complicidad o simple flojera moral, cuando ocurrieron esos hechos nadie dijo nada.Cuando algo se dijo fue para encubrirlos o cohonestarlos.Todo lo que ha sido posible averiguar de los desaparecidos -entre ellos Luis Emilio Recabarren, cuyos familiares, esta semana, sintieron que se les acusaba de un dolor fingido- ha sido en medio de tropiezos y negaciones de quienes saben qué ocurrió. Y los mecanismos para averiguar la verdad han reposado sobre la simple persuasión. La Comisión Rettig debió actuar con la sola fuerza de su prestigio a fin de recabar antecedentes. Y la Comisión Valech lo mismo.Así y todo, ambas lograron lo que las instituciones (jueces, fuerzas armadas, medios) no fueron capaces de hacer.En todos esos casos se alcanzaron verdades más o menos globales; pero el destino de muchos y la justicia debida a sus deudos y sus familiares sigue todavía pendiente.En medio de ese panorama de mentiras, trampas, zancadillas, coartadas, excusas de diversa índole y encubrimientos mantenidos por décadas (y que no provienen precisamente de las víctimas) lanzar denuncias vistosas, obtenidas con negligencia, prestar fe a criminales y sacar conclusiones absurdas y ni siquiera plausibles, no alcanza a ser malo: es simplemente estúpido. Si Hanna Arendt habló alguna vez de la banalidad del mal, ahora podríamos hablar de la estulticia que, tarde o temprano, suele acompañarlo.Especialmente si el sector que formuló esas denuncias falaces (es fácil imaginar cuánto transpiraron para obtener esos antecedentes) nunca puso el mismo empeño en condenar las violaciones a los derechos humanos, ni al gobierno que los practicó, ni a los funcionarios que los cohonestaron, ni a los intelectuales que tejieron excusas para justificarlos, ni a los jueces que echando mano a pretextos formularios evitaron investigar, ni a los medios que decidieron comulgar con ruedas de carreta, ni a los agentes del estado que guardan todavía un silencio porfiado.La forma en que se presentaron, y comentaron, esos casos de falsos desaparecidos o víctimas es absolutamente inaceptable. Desmedra injustamente la posición de las víctimas y deteriora la cuestión moral que le subyace y que nos interesa a todos preservar. Por eso quien ha participado de ella -entre otras la diputada Rubilar: víctima de la seducción de las cámaras- no debe presidir una Comisión de Derechos Humanos. No por un asunto de posición política. Es por la incompetencia que mostró -superficialidad sería una palabra piadosa- en el manejo y la comprensión del asunto.Y desde luego Piñera -que aspira a la Presidencia de la República, nada menos- debiera mostrar una visión más global y exigir a los partidos, y a los dirigentes que lo apoyan, mayor circunspección intelectual y moral en este asunto.Después de todo, incluso si esas denuncias hubieran resultado ciertas, ellas no habrían dicho nada de cuán eficiente o no ha sido la política de derechos humanos (son otros los motivos para quejarse de ella), sino cuán torcida y cobarde ha sido la actitud de quienes, con múltiples pretextos, todos pueriles, se han negado a entregar información y a investigar la suerte de las víctimas.Por eso, más que la diputada Rubilar -cuyo pecado no fue la maldad, sino la torpeza- es la derecha y sus dirigentes la que debiera adoptar una actitud más contenida y más racional. Es demasiado obvio que al hacer escándalo con estos casos de falsificaciones la derecha está mostrando cuánta culpa le subyace.Y es que cuando se siente culpa por el pasado no hay más que dos caminos: sentir el deseo de ser castigado por la transgresión o relativizar poco a poco lo que ocurrió hasta el extremo de negarlo.
(*) Carlos Peña es un destacado intelectual chileno y actualmente se desempeña como rector de la Universidad Diego Portales, de Santiago, Chile.
viernes, 24 de octubre de 2008
McCain y Pinochet...
John McCain, quien ha criticado duramente la idea de sentarse a dialogar con dictadores sin precondiciones, hizo precisamente eso, en 1985, cuando viajó a Chile para reunirse con Augusto Pinochet.
El encuentro privado entre ambos había pasado inadvertido. Hasta ahora.
McCain describió el encuentro como "amistoso" e incluso "cálido", notando además que Pinochet "parecía obsesionado con la amenaza del comunismo". McCain era miembro del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara y no hizo declaraciones públicas criticando el régimen así como tampoco se reunió con miembros de la oposición chilena.
El viaje fue organizado por el entonces Embajador de Chile en los Estados Unidos, Hernán Felipe Errázuriz. De acuerdo con documentos obtenidos en Chile, Errázuriz organizó los detalles para que el viaje de McCain resultara 'estrictamente privado' y lo describió como "un congresista conservador muy cercano a nuestra Embajada".
Artículo completo en inglés aquí
Versión en español en: ciperchile.cl