domingo, 18 de marzo de 2018

El amor en la huelga del carbón


 Por Freddys Pradena, desde Zaragoza, España

En Octubre de 1947, bajo el infausto gobierno de Gabriel González Videla, se produjo en Chile una de las huelgas más trascendentales de la lucha obrera. En pleno auge de las máquinas a vapor, las compañías de explotación del carbón pagaban a sus trabajadores en fichas que servían para comprar víveres en la pulpería que era propiedad de la misma empresa. Aquél era uno de muchos abusos en contra de los obreros.
 Los mineros, exhortados por el Partido Comunista, comenzaron a organizarse.
 Iniciaron entonces una larga huelga reclamando, además de un sueldo en dinero, reivindicaciones elementales. Entre otras cosas, exigían el “derecho a ducha”, es decir permitirse un baño antes de irse a casa. El gobierno calificó  la huelga de ilegal, sediciosa y criminal. Encarceló a dirigentes sindicales, y desaforo a parlamentarios, entre ellos al diputado del Partido Comunista Pablo Neruda.
Al no ser atendidas, las demandas comenzaron a ser violentas, ante tal amenaza González Videla decretó la Ley de Seguridad Interior del Estado. Eso significaba militarizar la zona y llevar las fuerzas armadas al lugar del litigio.
La Marina no fue la excepción. Parte de la flota que se encontraba de maniobras en el sur, se fue a la bahía de Lota. En uno de esos buques estaba el cabo primero Luis Armando Pradena.
María Matilde de Pradena escuchó por la radio la noticia y ajena a la gravedad del conflicto vio la posibilidad de encontrase con su marido que no veía en meses. Sin avisar ni consultarlo con nadie, de madrugada se dirigió en tren al pueblo minero.
Las peripecias por llegar al muelle fueron muchas, porque todo estaba colapsado. Un par de veces la pararon los militares y otras los piquetes huelguistas. Para ambos bandos les resultaría insólito ver una muchacha sola en ese ambiente prebélico. Tuvo suerte, el buque que buscaba estaba atracado al largo muelle. Y más suerte todavía, que la guardia militar a la entrada la dejara pasar, aunque tuvo que dar muchas explicaciones de tan inoportuna visita.
Ver caminar a una muchacha esbelta a la que la brisa marina movía su vestido y dejaba ver unas bonitas piernas, fue rápidamente un aviso para los marineros de los buques mercantes y de guerra, quienes asomados a la borda, le gritaban los más encendidos piropos.
En el portalón del destructor repitió por enésima vez su petición.
El cabo primero Luis Armando Pradena estaba en su hamaca cuando le avisaron que tenía visita. Su asombro no tuvo límites cuando la vio a su joven esposa. El capitán del buque con tanto alboroto ya se había enterado de la situación. 
-Pido permiso mi capitán para conversar con mi esposa.
-Tiene permiso una hora, marinero. Pero llévesela lejos de aquí. Le bramó.
Un beso de prisa entre aplausos y silbidos fue el saludo, dejando pendiente la pregunta:
-¿Qué diablos haces aquí?
Salir fue otra odisea. Pero lograron llegar a la estación. El único tren a Concepción salía al atardecer. Podrían ir a conocer el hermoso parque de la ciudad, palacio y jardín herencia del magnate del carbón,  pero no era el día apropiado y el amor apremiaba.  
Enfrente de la estación, un letrero que fue como una aparición milagrosa.
La aventura ya no les parecía tan disparatada. No hubo más reproches.
Mientras el amor en la habitación del modesto hotel era un canto a la vida, a la entrada de una mina comenzaba un enfrentamiento de mineros con militares que dejaría varios muertos.
Ella en un mar de lágrimas se quedó en la estación en espera del último tren y el marinero regresó a su buque.
-Preséntese de inmediato al capitán-, le ordenaron.
-Marinero, tiene usted una esposa muy bonita.
-Gracia, mi capitán.
-¡Y tiene un arresto de un mes, porque sólo tenía una hora de permiso!
-Gracias, mi capitán-, contestó sonriente el cabo primero torpedista Luis Armando Pradena.

“Aprovecha ahora que eres joven para sufrir todo lo que puedas, que estas cosas no duran toda la vida”
                                                      (El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez)

sábado, 20 de enero de 2018

La Muchacha de la Maleta

 (Por Fredys Pradena, desde Zaragoza, España)

            Con 20 años de edad, a pocos meses de casarse y sin experiencia, María Matilde tuvo que hacer su primer largo viaje sola. Debía trasladarse desde el puerto de Talcahuano hasta Valparaíso. Allí se encontraría con su futuro su marido a quien no veía hacía varios meses.
A principio de los años 40, el único medio era el ferrocarril. El “nocturno” salía de Concepción a última hora de la noche y llegaba a Santiago al día siguiente, a media mañana. Una vez en la capital, debía trasladarse en taxi desde la Estación Central hasta Mapocho, desde donde iniciaría el viaje a Valparaíso. Aunque esa noche la pasaría en la gran ciudad.
               Me imagino una hermosa muchacha rubia, grácil, de lindas piernas, tal como aparece en las fotos de entonces, corriendo por los andenes con su maleta, nerviosa y apurada. El destino la había conducido a casarse con un marinero y éste podía parar por períodos de algunos meses en cualquier puerto del país. El amor no podía esperar tanto, así que había que sacrificarse e ir al ansiado encuentro.
Unos tíos que vivían en la capital, sabían de su paso y la fueron a recoger. Era un matrimonio algo mayor.Él, un hombre bonachón  era hermano del tío Carlos, rico empresario casado con una hermana del marinero. Pernoctó esa noche en su casa y al otro día él la fue a dejar a la Estación Mapocho.
En ese entonces, por lo menos en clase turista, no había reservas de asientos. Por lo tanto había que esperar en el andén a que el tren se pusiera en el sitio y abordarlo con rapidez. Quienes subían primero podían elegir sus asientos, es decir ese privilegio estaba reservado para los más fuertes.
Apenas entró el tren retrocediendo en la estación, los pasajeros en el andén lógicamente nerviosos empezaron a mover sus cosas. Don Julián, - así se llamaba el tío santiaguinos-, experimentado en esas lides, comenzó a gritar:
-¡Suelta la maleta vieja concha tu madre!
Había cogido una maleta y  estaba peleando con una señora que también la reclamaba como suya.

Con el alboroto, María Matilde había tomado su maleta que había estado llevando solícito el tío Julian.
-Tío le dijo, mi maleta es ésta.
Sin disculparse siquiera, soltó la maleta de la señora y se dispuso a la proeza de subir dando todos los codazos y empujones que hicieran falta y encontrarle un buen asiento a su hermosa sobrina.
Efectivamente así sucedió. Cuando la joven logró subir, el tío Julián, triunfante, le gritó en donde la había colocado.
Ya instalados  el hombre, todavía  sudoroso y excitado, le empezó a contar a viva voz lo sucedido:
-¡Vaya vieja de mierda, no quería soltar la maleta!.
-¡Vieja concha de su madre con qué fuerza tiraba….!
María Matilde, con sus preciosos ojos azules, le indicó con un gesto que mirara al asiento de enfrente. Ahí, por esas casualidades de la vida,  se había sentado la mujer, que le miraban con algo más que odio.
(F.P.)



 

lunes, 5 de diciembre de 2016

Sausalito:


Cuando el progreso
nos rompe el alma

(Primer capítulo)


-La construcción del nuevo estadio del Everton era inevitable y necesaria. Nadie se puede negar al devenir del progreso. Generalmente se trata de un camino hacia el desarrollo. Pero la demolición del ex El Tranque no destruyó los atesorados recuerdos de la infancia, adolescencia y de la temprana adultez. Sus graderías se constituyeron en mi segunda casa y desde ellas se afianzó mi genética devoción por el “oro y cielo”.


Conocí de los títulos de 1950 y de 1952 a través de viejas publicaciones -especialmente de la revista Estadio- y por los relatos de mi padre, quien se jactaba de ser “socio accionista” del club. Entre el desorden de mi archivo se encuentra un viejo carnet que lo acreditaba como tal. El campeonato de 1976 lo viví desde la tribuna imparcial del periodismo deportivo que le puso frustrante atajo a los festejos haciéndome poner los pies sobre la Tierra y la neutralidad. El 2008 me sorprendió lejos de la Patria, específicamente en Estados Unidos, siguiendo en soledad el partido final ante Colo Colo por Internet a través del “minuto a minuto” de Radio Cooperativa.

Nunca pude disfrutar y festejar la obtención de un título a corazón abierto.

Sin embargo mi mejor época de hincha activoy seguidor fervientede los colores del Eforé, paradojalmente, fueron aquellos años en que el equipo no encandilaba y siempre andaba en la medianía de la tabla, eso sí, sin abandonar su tradición de buen fútbol y devoto apego al espectáculo. Había tácitamente un compromiso de jugar bonito, como para seguirle los pasos floridos a la Ciudad-Jardín. Me refiero a los últimos años de los cincuenta, a los sesentas y principios de los 70, coincidiendo con las etapas de infante, adolescente y adulto joven, estados de la vida en que el corazón late más fuerte.

Y el Sausalito, entonces, era mi segundo hogar.

Mis primeros recuerdos corresponden a vagas imágenes del triunfo sobre Colo Colo (me parece que fue 3-0) y que le permitió a Wanderers, gracias también a su empate en Rancagua, obtener el título de 1957-58. Eran aquellos años en que la rivalidad con los vecinos verdes era sólo deportiva y no llegaba a la ridícula e inexplicable violencia entre hinchas que se da actualmente.
Llegan a mi memoria las imágenes de muchos jugadores, quienes quizás no eran los mejores del medio futbolístico nacional, pero eran los nuestros y como tales, estaban por sobre los demás.

Al legendario René Orlando Meléndez Brito lo vi en un par de partidos defendiendo a Unión La Calera en el ocaso de su carrera. Obviamente no era el mismo de los años cincuenta, pero demostraba de alguna manera su talento. Hay una historia que quizás haya sido exagerada con el correr de los años y fue aquella en la que Meléndez le arrebató la pelota al meta Juan Olivares (en ese tiempo el golero defendía a Wandereres) y anotó. Entones los arqueros le daban botes a la pelota antes de rechazar y Olivares se las dio de canchero ante el experimentado delantero que fue más despierto. El error de Olivares generó después las reprimendas del zaguero internacional wanderino Raúl Sánchez y las malas lenguas aseguran que hasta hubo golpes.
La última vez que pude apreciar el todavía presente talento de Meléndez fue en partidos preliminares defendiendo al equipo reserva a mediados de los sesentas. El ídolo había sido contratado para transmitir su experiencia a las figuras jóvenes emergentes del Oro y Cielo. 
Al emigrar, Meléndez tuvo buenos reemplazantes que, sin estar a su altura, no destiñeron. Recuerdo a dos: Carlos Verdejo y el paraguayo Máximo Rolón, Éste, me parece, llegó con un compatriota: Víctor Figueredo, un recio y elegante defensa central que demostraba siempre su pachorra, tanto en sus aciertos, como en sus errores. Rolón se avecindó en Viña del Mar y tenía una paquetería en la calle Quinta, al lado de la tienda de Jeans “Rumel” (Pecos Bill les llamábamos en aquellos días a ese tipo de vestimenta). Entiendo que después de algunos años regresó a su natal Paraguay.
Otro delantero que viene a mi memoria es el argentino José Giarrizo. Llegó de San Lorenzo de Almagro y convirtió muchos goles. Durante años mantuvo el record de anotaciones en un partido (seis al Audax Italiano) junto a otros dos jugadores, hasta que el 93 Lukas Tudor anotara siete en el 8-3 sobre Antofagasta. La víctima fue el portero Marco Cornez.
Recuerdo otros centrodelanteros de esos años que intentaron seguir la huella de Meléndez. Uno fue Héctor “Chiche” Molina. Me parece que era argentino. Marcelo Espina, cuando jugaba por Colo Colo, me contó que tuvo un profesor con ese nombre en las divisiones menores de su club, en Argentina. Otro fue Adolfo “Cuchi-Cuchi” Olivares, quien más tarde emigró a Universidad de Chile como uno de los intentos azules para reemplazar a Carlos Campos. Le vi convertir muchos goles, especialmente en aquellos inolvidables torneos internacionales de verano que se disputaban en el Estadio Nacional.

Pero quien me marcó y se ganó la etiqueta de ídolo, fue el artillero Daniel Escudero, goleador del torneo 67. No era un cabeceador; no pasaba el metro 73, pero aniquilaba a las defensas rivales con disparos con ambas piernas y aprovechaba con talento y oportunismo las asistencias de dos de los mejores punteros que he visto: Pedro Arancibia, por la derecha, y Leonardo Véliz, por la izquierda.

E.O.P.
(Continuará) (Próximo capítulo: Hablando de porteros)

jueves, 20 de octubre de 2016

La Estupidez, la Ignorancia y la Maldad

Por José G. Martínez Fernández.



¿Ha leído usted los libros, crónicas o entrevistas de Pedro Lemebel, Luis Sepúlveda, Antonio Gil, Rafael Gumucio, Gonzalo Garcés, Fernando Vallejo e Isabella Santo Domingo, entre otros muchos autores de actualidad?
¿Le han parecido a usted que son "insolentes" algunas palabras que están en sus textos? ¿Pensó que ellos desconocían lo que dicta el rico idioma castellano?
Alguien ha dicho por allí eso. Que estos autores no se acercarían a los diccionarios.
Tienen razón. Ninguno de ellos se aproxima al diccionario, salvo escasísimas ocasiones, porque saben el significado de cada término, porque son personas muy cultas.
Lo que sucede no es que ellos no sepan usar ciertas palabras, sino que el objeto de su lenguaje es atacar lo que podríamos llamar "un ente odioso, ofensivo o dañino". Obviamente esta libertad sólo es aplicable cuando se dan factores como los señalados o símiles.
Veamos algunas de las frases que usan tres de los autores citados y, ojalá no se le frunza el ceño a un caballero cano o a una dama cubierta de hipocresía.
1.- "El vibrador es el mejor regalo después de los 30". Isabella Santo Domingo. Isabella es escritora colombiana de enorme éxito en América Latina. Es autora de "Los caballeros las prefieren brutas".
2.- "Las damas (se decía) no usaban nada debajo. Y es verdad, no usaban nada. Se caían del caballo y quedaban culo al aire". Gonzalo Garcés, argentino, Premio Planeta de Novela.
3.- "Viejas de collar con cara de zorra fina, caballeros elegantes y estudiantes de university privé con sus pelos dorados y ese olor, lo peor de la burguesía es olor a ranciedad pitucona..."; "Casi me caí de la silla ante la insolencia de la vieja..."; "Salí de ahí medio mareado con ese olor a poto con perfume francés...". Pedro Lemebel. Lemebel es autor de varias novelas y libros de crónicas de gran éxito en Chile y en el mundo de lengua hispana. Varios de ellos están traducidos a otros idiomas.
Y fuera del mundo literario, tanto en el político como en otros espacios, incluso el eclesial existe ese lenguaje que hace tiritar a los que piden ir al diccionario.
Adolfo Zaldívar, frente a las críticas de personeros concertacionistas, llamó a tres de ellos: "lobos disfrazados de borregos democráticos".
Pero si AÚN se dice que los términos de los tres escritores y del político son incorrectos, vayamos a escuchar a un cura; cura que "no pasa" a ninguno de los escritores citados. Es el señor Jorge Medina: A las mujeres que se casaban de blanco, aunque habían tenido ya sexo, les pidió que podrían casarse vestidas de "perro dálmata".
¡Qué lenguaje, qué ordinariez, qué ausencia de buen castellano!, dirán los escandalizados; que, por suerte, son pocos; ya que también hay mucha gente que no se molesta por esto.
Pero como los primeros son tan escasos de cabeza, dirán: son sólo tres escritores de valor intermedio y un político y un curita ¡ay tan bueno, pero que se equivocó...sólo ahora!.
¿Saben que dijo Pablo Neruda cuando los escritores cubanos lo criticaron por ir a los Estados Unidos, luego de aceptar una invitación del PEN Club de Nueva York, en 1966?. Lo que señaló Neruda, molesto, meses después, en carta a Jorge Edwards, fue lo siguiente: "esos escritores se portaron como cabrones".
El enorme poeta que es Pablo Neruda llama CABRONES a quienes lo criticaron por esa visita a Estados Unidos. ¿No tenía derecho nuestro poeta a decir esa palabra? ¿Y las que lanzó contra su archirival, Pablo de Rokha, después que éste lo bombardeara de términos análogos?. Igual cosa hizo Vicente Huidobro en su guerra verbal contra ambos. LOS TRES GRANDES POETAS CHILENOS diciendo "palabrotas" o palabras no correspondientes a lo que significarían los términos, dirían los amantes del lenguaje "cursi" o "correcto".
Los conservadores cavernícolas no entienden el derecho a expresar ciertos términos que le parecen fuera de contexto, por el sólo hecho de ser "duros" (para decirlo en forma sencilla).
Neruda usó muchos términos "duros" (digámoslo así) contra sus detractores y sus inquisidores. Estaba en su derecho.
Hace muy pocos años el novelista y cronista Kurt Vonnegut anunció en una de sus crónicas que iba a demandar a la fábrica de cigarrillos Pall Mall, cigarrillos que ha fumado casi toda su vida.
Su demanda se iba a basar en la publicidad engañosa de la industria. Dijo: "Hace muchos años que, en el mismo paquete, la firma Brown and Williamson, promete que me va a matar. Pero llegué a los 82 años. Muchas gracias, ratas de alcantarilla. Lo último que quería era seguir con vida cuando las tres personas más poderosas del planeta se llaman Bush, Dick y Condi". Obviamente al primero que se refiere es al presidente de los Estados Unidos, a quien desprecia. RATAS DE ALCANTARILLA es aplicado a los ejecutivos de la fábrica Pall Mall.
La literatura chilena y universal está llena de vocablos de esa índole y ellos no hacen otra cosa que evocar realidades y plantear diferencias.
En el clasicismo griego y latino nos encontramos con varias palabras similares surgidas de ilustrísimos literatos. En los siglos de oro español podemos ver términos de esa índole en Francisco de Quevedo. Y en la Inglaterra del siglo catorce comprobamos lo mismo en el poeta Godofredo Chaucer, autor de los famosos "Cuentos de Cantorbery".
¿Falta de respeto?
Sí, obviamente, para los que comulgan con ruedas de carreta, es así. Pero ellos deberían saber que el lenguaje es un material que se maneja de acuerdo a situaciones y hechos planteados, que todo es dialéctico y por ende no se puede poner una metralla al pecho a quien dice "términos duros" cuando corresponde. De otra manera estaríamos actuando como nazis.
Las palabras que encabezan esta crónica no son mías: se pronunciaron en el funeral de Emilio Zola.
¿Quién era Emilio Zola? 
Comparado con León Tolstoi y discípulo de Balzac, Emilio Zola es el autor de "La confesión de Claudio", de "Los misterios de Marsella", de "Nana", de "Germinal" y de otros importantes libros. Es considerado el padre del naturalismo en literatura. Nació en 1840, murió en 1902.
En su célebre "Yo acuso" puso al desnudo el aparataje político-judicial que degradó y envió a la cárcel al capitán Dreyfus, acusándosele de espía por el sólo hecho de ser judío. Suceso ocurrido a fines del siglo XIX. Gracias a la denuncia de Zola el militar fue liberado y, lo que es mejor, reivindicado.
Por su "Yo acuso" Zola debió sufrir un injusto proceso. Cuando iba a los tribunales la gente enardecida lo insultaba tratándolo de apátrida y otros términos vejatorios, pero Zola no cedió. Esos cobardes callaron, no se rectrataron cuando el escritor fue liberado de sus cargos. De allí que los escasos defensores de Zola, principalmente los intelectuales, hayan señalado que él "se distinguió por su honradez y afán de justicia". Muy pocos años después de este proceso Zola falleció.
Las palabras pronunciadas en el funeral de Emilio Zola son, entre otras, las siguientes:
"No lo compadezcamos por lo que soportó y sufrió. Envidiémosle. Levantada sobre el más prodigioso montón de ultrajes que hayan producido jamás la estupidez, la ignorancia y la maldad, su gloria alcanza a una altura inaccesible".
LA ESTUPIDEZ, LA IGNORANCIA Y LA MALDAD, palabras del homenajeador destinadas a los que, durante el proceso, insultaron a Emilio Zola por defender a un hombre -Dreyfus- cuya inocencia, al final, se probó.
Son esas palabras las que hemos usado como título del texto para demostrar el hecho obvio de juzgar como corresponde a los ultrajadores.
Las palabras son de Anatole France, uno de los más grandes escritores galos de todos los tiempos. Anatole France ganó el Premio Nobel de Literatura en 1921.
Sólo la ignorancia o la hipocresía no pueden entender que el lenguaje "descarnado" (para llamarlo en forma silvestre), es usable cuando tiene la misión de desenmascarar a los que, envueltos en la muchedumbre y, por ende, en el anonimato, destilan su cobardía con insultos gratuitos.

FUENTES:


"Yo acuso". Denuncia. Emilio Zola. Elmer Editor, Buenos Aires, Argentina, 1977.
"Vonnegut en pie de guerra". Crónica sin firma. EL MERCURIO, 18 de noviembre de 2005.
"El vibrador es el mejor regalo después de los 30". Entrevista de Carmen Sepúlveda a Isabella Santo Domingo. LA NACIÓN, 28 de octubre de 2007.
"Piedad con la burguesía, María". Crónica. Pedro Lemebel. LA NACIÓN, 28 de octubre de 2007.
"Palabras a favor del miriñaque". Crónica. Gonzalo Garcés. LA NACIÓN.
"La reveladora correspondencia entre Pablo Neruda y Jorge Edwards". Crónica de Pedro Pablo Guerrero. EL MERCURIO, 18 de noviembre de 2007.
"Las definiciones de Adolfo Zaldívar". Entrevista. EL MERCURIO, 25 de noviembre de 2007.
"El blanco de la discordia". Crónica de C. Recasens y M.E. Roblero. EL MERCURIO, 25 de noviembre de 2007.
José G. Martínez Fernández
(Este artículo fue publicado, por primera vez, en medios de la Red de Diarios Ciudadanos y en otros medios virtuales, en diciembre de 2007).

martes, 18 de octubre de 2016

La caja de pino


Por Fredys Pradenas
De mi infancia, lo máximo que puedo retroceder en el tiempo y recordar consciente de que así fue -sin que me lo hayan contado- son retazos de imágenes de la habitación donde jugaba. 
En el cuarto que hacía de comedor de la casita diminuta y oscura que habitábamos había un rincón donde mi madre me dejaba jugar, porque me podía controlar desde la mátodavía diminuta cocina. 

Probablemente ahí aprendí a caminar. 

El recuerdo nítido que guardo es que había una enorme caja de madera. Tan grande, que gateando me costaba mucho encaramarme a ella. Caja que mucho más adelante supe que era donde mi padre guardaba sus herramientas. 

Ese rincón con esa caja de pino era todo mi mundo.

Probablemente tendría unos cinco o seis años cuando supe que el mundo era un poco más grande y que habían más cosas. Fue cuando permitieron que junto a mi hermano menor Nelson descubriéramos por nuestra cuenta la naturaleza en el huerto jardín de mi abuela Rosita. 

Ahí por primera vez vi una flor, un pájaro, una araña, una lagartija.

Pero el gran descubrimiento vendría el día en que mi prima adolescente Yoly nos llevó de mañana a varios niños del barrio, enfermos de tos convulsiva, a la playa mas cercana. Se trataba de hacernos beber un poco de agua de mar con un zumo de limón, remedio que nos quitaría la odiosa tos. Recuerdo que en esa primera aventura cruzamos un pequeño bosque donde en medio había una casa abandonada y que mi prima dijo que la habitaba una vieja muy mala.
Mi impresión al ver el mar por primera vez tiene que haber sido igual a la de un pollo saliendo del cascarón.
A los siete años fui al colegio y comprobé amargamente que habían más niños que me parecieron muy desagradables Y no estaba mi madre para protegerme. Fue mi inicio a un mundo hostil. Estuve a punto de llorar, bueno quizás estaba llorando cuando vi en la fila a Raúl, el hijo de la dueña de nuestra casita. Y ya no me sentí tan abandonado.
Dos episodios marcaron esos días. Uno: Por primera vez me subieron a un autobús para ir al centro del puerto. Fue muy emocionante.
Y dos: Desde el colegio nos llevaron al cine. No me podía ni imaginar con lo que me iba a encontrar. Recuerdo perfectamente que el cine se llamaba Esmeralda y la película en colores era “La lampara de Aladino”. Fue un acontecimiento maravilloso que explosionó mi imaginación. Imposible de olvidar.
Mi mundo se ensanchó y lo mismo mi mentalidad cuando a los nueve años, producto de una dolencia al estómago, mi madre decidió que me vieran los médicos del Hospital Naval de Valparaiso. El viaje en tren y luego ver el puerto de Valparaiso, tan diferente al de Talcahuano, me hicieron intuir que todavía había mucho mas que ver.
En Valparaiso, en la casa de mis tíos, llamé por primera vez desde un teléfono y me bañe en una bañera de porcelana con patas de león.
Con ese viaje comenzó mi inconformismo. Vi las diferencias.
Un objeto mecánico en mi adolescencia me dio mi primera sensación de libertad: Mi bicicleta.
Y el primer amor, un universo paralelo.
El cambio de Talcahuano a Limache de toda la familia fue muy traumático para mí, pero sólo cambió mi percepción de mi mundo interior.
Lo mismo cuando fui a la capital con intención de ampliar mis estudios. Sólo acumulé experiencias.
La vida laboral después y la formación de mi propia familia fortalecieron lo que creía mi papel en este mundo. Creía alegremente sin cuestionarme mucho que era lo que había que hacer.
Un gran acontecimiento político en el país en el que me involucré me hizo pensar que era protagonista de un cambio histórico. Llegué a creer que construíamos un mundo más justo. Fueron días felices e ilusionantes sólo por estar ahí. Luego, todo se vino abajo, todo había sido un sueño y vino la oscuridad, la incertidumbre y el obligado distanciamiento. Me vine a España donde siguió creciendo mi espacio.
En la vieja Europa cumplí mi sueño de niño, ver castillos medievales y hermosas ciudades antiguas. Nuevos sentimientos. Parecía que traspasaba horizontes y creí llegar a la plenitud del discernimiento.
Pero pasado los años compruebo, como lo dice magistralmente el escritor Manuel Vicent a quien admiro mucho: “La curva de bajada se hace evidente cuando crees que lo has visto todo y dejas de sorprenderte. Primero renuncias a viajar en avión , luego te dará pereza salir de noche, las fiestas te parecerán aburridas, empezaras a soñar con la casa de campo...” 
“El espacio se comienza a contraer. De pronto descubrirás que apenas necesitas para vivir las cuatro paredes de la habitación donde aprendiste a gatear. Finalmente el tiempo, como una boa, dará el último espasmo y el espacio retrocederá hasta convertir aquella lejana cuna de madera en una caja de pino de dos metros por uno. ¿Para qué más?”
¿Habrá llegado mi tiempo donde el espacio se comienza a contraer?

Fredys- Zaragoza Octubre 2016