lunes, 11 de enero de 2010

LAS CUATRO GRANDES DE LA POESÍA LATINOAMERICANA DEL SIGLO VEINTE

por José G. Martínez Fernández.

El siglo veinte fue muy rico para la poesía universal, en general y en particular, para la latinoamericana. En este lado del mundo destacaron varias damas. Las más grandes: Mistral, Storni, Ibarbourou y Agustini.
Siempre he dicho que Gabriela Mistral es el mayor personaje femenino de la historia de Chile. La tierna maestra, nacida entre los parajes del Valle del Elqui, “voló” a los países más distantes del planeta gracias a su insobornable talento e inteligencia expresados en su poética. Una mujer como ella, con sus amores y sus dolores, con sus luces y sus sombras, fue capaz de hacer una poesía sencilla y riquísima; fue capaz de estructurar desde un ladrillo –una palabra- hasta llegar a armar un edificio de calidad: un poema.
Gabriela tiene muchos poemas de altísimo valor. El siguiente es uno de los poemas menos conocido de Mistral:

Atardecer

Siento mi corazón en la dulzura
fundirse como ceras:
son un óleo tardo
y no un vino mis venas,
y siento que mi vida se va huyendo
callada y dulce como la gacela.

En el espacio geográfico y temporal en que vivió Mistral, convivían en nuestro continente otras tres grandes poetas.
Las cuatro aedas habían nacido en años muy cercanos entre si.
Agustini en 1886, Mistral en 1889, Ibarbourou y Storni, ambas en 1892.
La uruguaya Delmira Agustini, una mujer que –dicen- era de una belleza mayúscula. Atrapada en las redes del amor único, cuando ella decidió abandonar al que la hacía sufrir, su esposo, éste le cobró caro el “abandono”. La asesinó.
Delmira tenía 27 años.
El siguiente soneto da cuenta de la validez poética de Agustini:

El intruso

Amor, la noche estaba trágica y sollozante
cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,
tu forma fue una mancha de luz y de blancura.

Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante;
bebieron en mi copa tus labios de frescura,
y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
me encantó tu descaro y adoré tu locura.

¡Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas;
y si tú duermes, duermo como un perro a tus plantas!
¡Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;

Y tiemblo si tu mano toca la cerradura,
y bendigo la noche sollozante y oscura
que floreció en mi vida tu boca tempranera!


Delmira Agustini dejó una obra breve, tal como fue su vida, pero en ella se inscriben poemas de alta calidad.
La tragedia que marcó a Agustini también lo hizo con Alfonsina Storni, argentina.
Ella puso fin a sus días en Mar del Plata. Esas aguas recibieron el cuerpo de una de las líricas más peculiares de nuestra lengua. Dolorosa, tierna, vestía como las princesas y lucía su figura tanto como su calidad creativa. Al suicidio la invitaron la noticia de la muerte –por el mismo método- de su amigo Horacio Quiroga, pero principalmente un cáncer que se la comía a diario.
Argentina no ha tenido una reina mejor en toda la historia de su verbo poético.
INDOLENCIA es uno de sus mejores poemas:

Indolencia

A pesar de mí misma te amo; eres tan vano
como hermoso, y me dice, vigilante, el orgullo:
«¿Para esto elegías? Gusto bajo es el tuyo;
no te vendas a nada, ni a un perfil de romano»

Y me dicta el deseo, tenebroso y pagano,
de abrirte un ancho tajo por donde tu murmullo
vital fuera colado... Sólo muerto mi arrullo
más dulce te envolviera, buscando boca y mano.

¿Salomé rediviva? Son más pobres mis gestos.
Ya para cosas trágicas malos tiempos son éstos.
Yo soy la que incompleta vive siempre su vida.

Pues no pierde su línea por una fiesta griega
y al acaso indeciso, ondulante, se pliega
con los ojos lejanos y el alma distraída.

Juana Fernández de Ibarbourou se firmó sólo como Juana de Ibarbourou, llamada Juana de América por su grandeza verbal-poética. Era de la misma tierra de Agustini: Uruguay.
Ibarbourou, al igual que Mistral, que falleció en 1957, vivió muchos años: hasta 1979.
El siguiente poema de Juana de América es bastante conocido:

La higuera

Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos:
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se visten...

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
-Es la higuera el más bello
de los árboles en el huerto.

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo, le cuente:
-Hoy a mí me dijeron hermosa.


Vida más que suficiente para hacer una obra que la dejó instalada en la memoria colectiva como una señora de escribir claro, casi influida de un romanticismo tardío, emulador de Rosalía de Castro.
En 1938 se realizó en Uruguay un encuentro de las más altas figuras del verbo poético latinoamericano de entonces. Fueron invitadas sólo las tres grandes poetas de entonces: Mistral, Ibarbourou y Storni, quien, ese mismo año, se quitaría la vida.
Ellas son las cuatro reinas de América. Fueron contemporáneas una de otra. La gran poética hecha por esas mujeres ha tenido un segmento de seguidoras importantes: ayer y hoy.
José Martínez Fernández
FUENTES:
1.- Wikipedia, enciclopedia virtual.
2.- grandespoemasuniversales.blogspot.com
3.- Palabra Escrita, revista de poesía, número 24, mayo de 1992.


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